Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: mayo, 2012

Prometo estarte agradecido

Hoy debo reconocer que no tengo un buen día. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Hay días que somos víctimas de nosotros mismos y tenemos tendencia a enterrar la cabeza en el suelo como un avestruz por lo que hicimos (o pensamos que hicimos) el día anterior. Y estos días vas por la calle con los hombros caídos, mirando al suelo, con el ceño fruncido y ganas de encerrarte en casa.

Pero siempre después de la tormenta llega la calma. Cuando peor pintan las cosas la vida te da un respiro, o un regalo, o una sorpresa. Hoy para mí ha sido una rubia. Que entre insulto e insulto destila cariño y personalidad. Que se mete conmigo, me canta las cuarenta y me suelta de todo menos bonito (de hecho hoy me ha llamado feo). Una rubia con nombre peculiar, Pía.

Hoy sólo puedo decir que esta rubia vale mucho y que me la quedo en mi vida. Un beso rubia tonta.

el dolorómetro

Partamos de una base, todos somos diferentes. Y los que ya habéis leído alguna cosa mía, o me conocéis, sabéis que no lo digo como algo negativo, sino todo lo contrario. Por eso no a todos los afectan las mismas cosas y, por supuesto, no del mismo modo. Algo que a ti puede hundirte a otro apenas le importa. Y al revés. Pongo un ejemplo. Estuve en la eliminación del Madrid contra el Bayern este año en el Bernabéu (amigos catalanes os estoy viendo esa sonrisilla malvada). Perdimos sí ¿hubiera preferido ganar? pues también, pero no deja de ser fútbol. Me fui a casa, cené y me acosté. Y ya está. Pero cuando iba saliendo del estadio pasé por delante de una chica de unos 25 años. Estaba desolada, la mano temblorosa, las lágrimas cayendo y el rimmel corrido. Y el partido era el mismo. Y los dos somos personas. ¿Cuál es la opción correcta? Pues las dos. O ninguna. No existe un dolorómetro, no hay una máquina que nos indique el nivel de dolor, de pena o de angustia. Es un sentimiento, es algo personal.

Insisto todos somos diferentes. Por eso creo que cuando ves a alguien que tiene un problema no se trata de juzgar cómo o lo mucho o poco que le ha afectado, sino de apoyar para que pueda superarlo. Algunos se encierran, otros no quieren estar solos, otros les da por irse de fiesta, otros quieren tranquilidad, otros llaman a amigos… un fin hay mil opciones.

Una de las cosas que me molestan es la gente que tiende a criticar las reacciones de los demás. Si hiciéramos caso a estas críticas perderíamos espontaneidad, perderíamos autenticidad, seríamos menos nosotros. Más grises.

Todo esto viene porque tengo una amiga que ayer pasó un trago duro. Quizá mucha gente no pueda entenderla, quizá piensen que lo que le pasa no es para tanto, y puede que tengan razón, pero si a ella le duele, le afecta y le hace sentir mal ¿no es mejor que en vez de criticarla simplemente nos dediquemos a darle ánimo?

Siesta cerebral

Ayer cometí un error de principiante. Partamos de algo básico para que me entendáis, vivo solo. El caso es que ayer estaba viendo un ratito la tele después de cenar (sí, la tele, esa cosa que está en el salón y que muchos dicen no ver, pero todos conocen lo que ponen) y me enganché con un capítulo de Castle. Para los que no conozcáis la serie os comento que es una pareja que resuelve crímenes en clave de humor. Este capítulo iba de unos locos que se disfrazaban de zombies. Sé que era una serie, sé que era de humor, sé que los zombies no existen… pero al apagar la luz… oye que tenía yo mi miedito.

Que no lo entiendo, no entiendo la gente que les gusta ir al cine a pasarlo mal… si yo sólo con la música de tensión estoy que muerdo la silla. Y claro cuando dan el susto puedo pegar un bote que mejor no tener una bebida en la mano o hay ducha de coca cola para los de delante mío (la idea de la dicha de coca cola me sigue pareciendo poco agradable Cris).

Y no, no me las voy a dar de cinéfilo, ni mucho menos. Me gustan las pelis tontas, cuanto más tontas mejor. Me gusta “Princesa por sorpresa”, me gustan las pelis de Adam Sandler (sí, habéis leído bien). En este sentido me resulta curioso que los mismos que me miran raro cuando digo que me gustan esas pelis, están de acuerdo conmigo cuando les digo que les gustan las de animación. ¿Una peli sólo puede ser simplemente divertida si está generada por ordenador?

Y a veces me vienen con el tema del humor inteligente. No mezclemos, el humor tiene que ser divertido. El objetivo del humor no es hacer pensar, sino entretener. ¿Hay algo menos inteligente que una caída? Pues poca gente (yo incluído) puede resistirse a una risita al ver una.

Nos pasamos la vida afrontando problemas. En el trabajo, en la familia, con los amigos. Buscamos formas y fórmulas para ir solucionando cada prueba que nos va poniendo la vida. A veces lo conseguimos, a veces no. Si lo conseguimos tendremos que pensar en cómo afrontar el próximo reto. Si fallamos tendremos que pensar el modo de volver a intentarlo. Pensar, pensar, pensar… ¿no creéis que mi cerebro merece una siesta de vez en cuando? Aunque sólo sea de dos horas.

El reto del teléfono

Ayer viendo una serie vi una imagen que me trajo muchos recuerdos. Vi a un chico joven con el teléfono en la mano marcando el número de la chica que le gustaba. Se oía una voz que respondía. Él se asustaba y colgaba. La clave del tema es que el teléfono era un fijo. Y es que antes, a tu tierna edad de 15 años, cuando lo que se asoma por debajo de la nariz no es más que una pelusilla bastante ridícula, tenía que enfrentarte al terrible reto del teléfono. Porque tú llamabas a la casa de la chica, rezando para que fuera ella la que te lo cogiera, pero podía cogerlo su padre, su madre, su hermano, el perro (vale, aquí estoy exagerando)… Vamos que tocaba conocer a sus padres mucho antes de que ella se hubiera molestado si quiera en saludarte. Qué malos ratos aquellos.

Como anécdota de algo parecido recuerdo a mis 16 años que un día llamó un amigo a mi casa.

– Hola ¿está Fernando?

– Sí soy yo

– Fer, que esta noche salimos, nos emborrachamos y he quedado con unas chicas algo ligeras de moral (cierto, no lo dijo así, pero por si me leen menores…)

– Alberto espera que te paso con mi hijo.

Imaginaos.

¿Y ahora? Ahora si te gusta alguien, las buscas en facebook, le mandas un privado y no te pones ni “colorao”. No voy a negar que es más sencillo lo de ahora, pero ¿de verdad pensamos que más sencillo significa mejor? Últimamente hecho en falta un poco más de valentía, de sinceridad, de ponerse cara a cara delante de una persona y contarle lo que quieres, lo que piensas, lo que sientes.

Y confieso que soy el primero que está cayendo en esa comodidad. Hace poco me apetecía quedar a cenar con una chica. Le mandé un whatsapp. Deberíamos plantearnos más veces si hacemos uso de estos medios (mails, sms, whatsapp, facebook…) por un tema de agilidad o por falta de “arrestos”. Confieso que en el caso mío con esta chica fue lo segundo. Cuando ya tienes el sí, cuando ella ya me había dicho que quería cenar conmigo, todos nos crecemos y vamos relajados siendo previamente  aceptados. Lo de antes, la llamada al fijo, era un salto al vacío sin red. Un acto valiente.

Creo que las personas nos forjamos a base de pequeños actos diarios. Que superar, y no esquivar, una dificultad es lo que nos va haciendo más grandes. Mejores. Lo confieso, quiero volver a cenar con esta chica, pero no sé si no volveré a mandarle un whatsapp.

Monumentos ajenos

Empecemos por una confesión, llevo más de dos años viviendo en Madrid y no he ido a ver el museo del Prado (fui hace unos diez años), no he visitado el templo de Nebot, ni me he pasado a ver la Almudena. Lo curioso del caso es que estoy seguro que si algún amigo viniera a Madrid con afán de turista, sería la excusa perfecta para hacer todas estas visitas. ¿Por qué simplemente me paso yo a ver estos monumentos/lugares de interés si los tengo a tiro de piedra? Simplemente porque lo tengo tan sencillo que siempre pienso que puedo ir mañana, y mañana, y mañana…

Lo más divertido del caso es que soy de los que cuando voy a una ciudad que no conozco me gusta patear y verlo todo. Herencia adquirida de las jornadas maratonianas a las que con ley marcial nos imponía mi madre en los viajes. Y sin embargo lo que tengo más cerca no lo aprecio. Me temo que no soy el único.

Creo que tenemos esa tendencia en general que me parece algo absurda… nos gusta, apreciamos y admiramos lo que viene de lejos ninguneando lo que tenemos al lado. Es un rasgo del carácter español que no acabo de comprender, pero que me temo comparto. En fin ¿alguien me acompaña al Prado?

No vuelvo a…

No somos muy listos. Metemos la pata una y otra vez. Lo malo es que normalmente somos conscientes y hasta estamos orgullosos de ello. A mí me pasa. Quizá el más típico de estos “no vuelvo a” es el de no vuelvo a beber. Gran mentira. Ocultar información es mentir. La frase correcta sería “no vuelvo a beber… hasta el próximo viernes”. Primo de éste es uno que dice “no vuelvo a salir entre semana”. Mentira también. Sí que es cierto que muchas veces estas salidas intersemanales nuestras van sin premeditación o alevosía (nocturnidad, evidentemente sí), pero los efectos al día siguiente no suelen ser agradables en la mayoría de los mortales.

Las mujeres en este campo tenéis un grupo enorme de estas promesas al viento en el campo de la ropa. No me vuelvo a poner estos tacones tan altos que me hacen polvo los pies. No vuelvo a llevarme este bolso que no me cabe nada (que se podría acompañar por un no vuelvo a llevarme este bolso que nunca encuentro nada). No vuelvo a ponerme estos pantalones que me hacen un tipo raro. Los tacones, bolsos y pantalones mencionados… quedan en el armario para su próximo uso.

Los hombres, más básicos, solemos arrepentirnos más de nuestros ataques a la salud propia. Somos más del estilo de no vuelvo a poner tanto picante en la salsa. No vuelvo a dormir en el sofá viendo la tele. No vuelvo a leerme el periódico sin mis gafas. A los pocos días vuelta al ardor, vuelta al dolor de espalda y revuelta (guiño a una amiga) a la miopía.

Pero qué bien se nos da mentirnos a nosotros mismos. Qué contentos y satisfechos nos quedamos cuando lo decimos. Y sobretodo, qué gracia nos hace volver a caer en el mismo error. Oops I did it again!

Lo dicho… no vuelvo a escribir en este blog.

Dibujos “animados”

Seamos sinceros, soy de una generación (o somos, depende del caso), que hemos salido un poco trastornados. Para mí que uno de los grandes culpables de mi estado mental (particular al menos), son los dibujos animados que veíamos de pequeños. Y es que empezamos acostándonos con un bicho feo y peludo que se llamaba Casimiro, que ya de remate al final te amenazaba con que si no te acostabas te volvía a cantar la canción. El bicho feo y peludo, se lavaba los dientes con una serpiente (y sin haberlo pensado me ha salido un pareado), se tapaba con un fantasma y dormía en un castillo donde se oían aullidos. Estupendo señores padres, todo eso era lo ideal para dormir tranquilo… y claro así estábamos todos con las bombillitas esas de la cara sonriente, la puerta abierta y la luz encendida… que te daban ganas de decir, pero papá seamos serios, déjate de luces ¡dame un arma por si me ataca la serpiente! Aunque lo más preocupante no era eso, sino ¿por qué narices Casimiro tenía que hablar con acento latinoamericano? ¿es que no era bastante con el castillo, la serpiente, el fantasma y el bicho feo peludo como para rematar con ese acento? Normal que muchos les tengamos manía a los argentinos, hemos tenido años pesadillas con ellos.

Pero la cosa no queda ahí… después pasamos a los dos culebrones más duros de la historia de la televisión. Ríete de Cristal, Pasión de Gavilanes o similares. ¿Nadie se ha parado a pensar en el argumento de Marco y Heidi? Pero por favor, que éramos niños… Marco un niño abandonado por su madre. Heidi una huérfana que finalmente era mandada a un hogar hostil. Vamos que si veías a tus padres salir de casa te entraba un acongojo que casi querías que llegara la serpiente a hacerte compañía.

Sigamos, sigamos, que la cosa no queda ahí. Los caballeros del zodiaco. Todos en mallas, de colores chillones, con disfraces y nombres como Pegaso, Andrómeda, Cisne o Fénix… ¿no os dais cuenta? es un grupo de Drag Queens en toda regla. Si a alguien, incauto y desprevenido, se le ocurría ir al colegio con ropa ajustada, colores chillones y haciendo bailecitos… tenía dos opciones: paliza antes o después de clase. Eh, pero si decía que estaba jugando a los caballeros del zodiaco aquí no pasaba nada… qué cosas.

Podría estar horas sacando series. Puede que algunos de vosotros (que no hayáis pasado vuestra infancia como yo en Castilla y León), echéis de menos Bola de Dragón. Fácil… ahí no se emitía. Quizás sea el motivo de que yo esté tan mal (o tan bien) ¿Qué habría pasado si yo hubiera visto esa serie? Esa es otra historia que debe ser contada en otro lugar.

Para un hermano

Ayer el viento me susurró tu nombre… y sonreí. Fue una sonrisa sincera, plana, llena. De esas que empiezan en los dedos de los pies y te llegan hasta la parte de atrás de la cabeza. Ayer me acordé de ti y volví a sonreir. Recordé cómo vas repartiendo alegría por el mundo, cómo estás preparado para cualquier batalla a favor de lo justo, cómo tomas las armas y te olvidas de ti mismo si alguien te necesita. Sonreí de nuevo.

Y pensé que en el mundo falta gente como tú. Personas que dejan huella y marcan un antes y un después de conocerlos. Personas de las que puedes presumir muy orgulloso de conocer. Pero yo sí tengo esa suerte.

No dudes, no pares, no flaquees. Me tienes a tu lado.

El mundo en el bolsillo

Tengo una amiga japonesa que conocí en África y con la que me reencontré en Nueva Zelanda. Sé que suena a chiste, pero es totalmente cierto. Si lo pensamos más a fondo veremos que en esas sencilla frase he metido así, sin darme cuenta cuatro de los cinco continentes. Una relación a escala mundial (la amistad es una relación, que nadie se emocione). Yo no sé si a vosotros os sorprende, pero a mí sí.

Lo bueno de viajar es que conoces a gente de muchos lugares, muchos países y por supuesto continentes. ¿No os impresiona poder ponerte en contacto con gente que está tan lejos? Y ya no me refiero a una llamada internacional, me refiero a un simple comentario en facebook, un mensaje de whatsapp… con algo tan sencillo, tan pequeño como un teléfono puedo saludar en menos de dos minutos a gente alrededor de todo el mundo. Pensadlo por favor.

Y lo más curioso de todo, es que ahora que vivimos en la era de las comunicaciones. Que tenemos los medios, las herramientas para ponernos en contacto, para interactuar… cada vez nos comunicamos menos. Y ojito con esto, porque no creo que hablar sea lo mismo que comunicarse. En el proceso de comunicación hay tres elementos esenciales, emisor, receptor y mensaje (esto me sé a más de uno que le sonará mucho). El mensaje, sin este elemento esencial no hay comunicación. Podemos hablar horas sin decir nada. Un mala costumbre de la que nos sentimos orgullosos y, lo reconozco, yo el primero.

Como decía antes tenemos en el bolsillo la capacidad de comunicarnos de una forma a escala mundial, con una velocidad que roza la inmediatez y sin embargo no sabemos qué decirnos. Una pena.

Somos novios

Mis paseos matutinos (que no matutanos) camino a la oficina dan para mucho. No me gusta ponerme música, ni la radio, porque es un ratito en el que aprovecho para pensar en mis cosas. O quizá a divagar sin sentido alguno, que en muchos casos, si se trata de mí, o es lo mismo o se parece.

Hoy según iba andando me he cruzado con una pareja que tenían una discusión un poco subida de tono. No es que yo quisiera escucharles (bueno, la verdad es que sí), es que ellos hablaban muy alto. La discusión era algo así como que ella protestaba por la falta de compromiso de él y él comentaba que de momento no tenían nada serio.

Me surgió una duda. ¿En qué momento pasas a tener novio/a oficialmente? ¿En el primer beso, la primera cena, el primer ejem, el día que conoces a sus padres, el momento en que deja una caja de tampones en tu casa? ¿Cuándo? Y es que antes, con tus doce añitos, lo tenías más fácil. Llegabas mirando al suelo (requisito fundamental), ejecutabas un discurso coherente y perfectamente preparado (esto… bueno… verás, es que…. vamos que eso… que si… ¿quieres ser mi novia?). Y ella, con absoluto aire de autoridad te respondía. Si decía que sí le dabas un beso en la mejilla y te ibas. Si decía que no, simplemente te ibas. ¡Pero estaba claro si tenías novia o no!

El otro día una amiga que es profesora me comentó algo. Estaba hablando de temas cupidescos con un chico como de 17 años y el chico comentó que él y su novia parecían más maduros que su madre y el suyo. Totalmente de acuerdo campeón. Cuantos más crecemos más nos complicamos la vida.

Simplemente opino que según vamos creciendo vamos acumulando más manías. Con los años he ido definiendo más quién soy yo, quizá por eso me cuesta más ser un nosotros. Y lo mismo les pasa (os pasa) a ellas, te acostumbras a tu compañía y, a veces, se te hace tan grata, que no la cambias por otra.

Insisto, era más sencillo con doce años, pero tranquilos, que no pienso pedir salir a ninguna de esa edad.