Perros tele dirigidos

por Fer Población

Mis paseos en dirección al trabajo por las mañanas me dan para pensar en muchas cosas. Quizá sea que me aburro, que el camino me lo sé de memoria. Quizá sea que mi cerebro trata de evadirse ante la idea de pasar otra jornada en la oficina. Quizá simplemente sea que tengo algún problema mental. No lo sé.

Hoy según iba andando me he fijado en algo curioso. El proceso de avistamiento de un perro al doblar la esquina se divide en tres fases. Primero observas el perro a su aire todo contento andando por la calle. Tras eso, como segunda fase puedes ver una fina línea de color azul, verde, negra o roja. Y al final, unos metros más lejos, una persona con el brazo estirada y con un objeto redondo en la mano.

Esto lo conseguimos los que aún tenemos buena vista (algo me tendría que quedar bien). Los que tienen sus facultades ópticas lejos de su mejor momento, es decir los que tienen menos vista que los inversores de Bankia, se limitan a ver a un perro paseando a su aire por la calle y unos metros detrás un extraño hombre que anda con el brazo estirado como si estuviera pulsando el mando del garaje. Por cierto… ¿por qué cuando pulsamos el mando del garaje estiramos el brazo? ¿pensamos que el brazo sirve de antena? ¿pensamos que esos centímetros que ganamos son la clave para que la señal llegue?

El caso es que los perros van a su aire. Que esas correas de kilómetros tan de modo hoy en día lo único que consiguen es que el dueño (que no amo, como veremos luego) del perro vaya medio loco de aquí para allá persiguiendo a su canino amigo. Eso si hay suerte. Si no la hay, que es habitual, vienen los enredos. No me refiero al juego que todos queríamos jugar con nuestras amigas, no. Me refiero a que muchas veces el perrito se empeña en hacerte en saltar a la comba. Vale que no estoy en forma, vale que tengo tripita, vale que debería hacer más ejercicio, pero ¡no porque me obligue un perro!

También puede darse el caso de que los que se enreden sean los cables a distancia de dos cuadrúpedos, con lo cual el proceso que se produce es aún más divertido. Los dueños (insisto, que no amos) comienzan un extraño baile siguiendo la estela de las correas olvidando que, dado que el movimiento de los perros no cesa, el baile puede durar horas. A veces he pensado que podría suceder que dos de estos portadores de correa terminaran abrazados tratando de desenmarañar los hilos al más puro estilo dama y vagabundo con el espagueti… cosas que le da por pensar a uno, ya ves.

Y es que sólo con ver la imagen del perro paseando orgulloso, y el perseguidos agobiado correteando detrás, está muy claro quién manda, quién es el amo. No nos engañemos, alguien que te obliga a levantarte todos los días antes para sacarlo bajo amenaza de cruel y sucia (mucho) venganza, alguien que condiciona tus vacaciones, alguien que ha conseguido que al hablar lo mentemos como elemento a valorar (guau qué tía) y sobre todo alguien que te obliga a recoger sus deposiciones (por no decir limpiar su mierda)… ese alguien está claro que es el que manda, que es el amo.

Los perros se han convertido en la raza dominante en menos que canta un gallo (antiguo dictador que ha perdido poder), son los reyes de la casa, del parque, del campo, y lo malo… lo malo es que me encantan los perros.

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