Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: mayo, 2012

La página en blanco

Hoy no me apetece escribir. Cuando me pongo delante de la página en blanco (en este caso la pantalla) dejo que quede aquí una parte de mí, de lo que llevo dentro. Para ser sinceros la mayoría de las veces que comienzo a escribir ni siquiera sé lo que voy a poner. Me dejo llevar. No releo, no corrijo, no me paro a pensar lo que quiero poner. Por eso puede haber casos en los que repita alguna palabra, meta una falta de ortografía o escriba algo sin demasiado sentido. Mis disculpas por adelantado.

Suelo imaginar que lo que pongo aquí es una conversación conmigo mismo, que no va a trascender más allá de mi vista, de otro modo no me atrevería a poner muchas de las cosas que pongo. Son mis pequeñas locuras, mis rarezas diarias, mi alegato en contra de la cordura mental. Y debo confesar que me sorprendo a diario con los comentarios que recibo, con las respuestas, vuestras respuestas. Me doy cuenta que muchos pensáis como yo, veis las cosas del mismo modo. Lo que me hace pensar que a lo mejor no estoy tan mal, ni soy tan extraño, sino simplemente alguien que a base de presionar teclas sí que saca lo que lleva dentro. Y sí, eso de no sentirme especial me jode (hala primera palabrota de mi blog, pero para eso es mío).

Lo malo son los días en que no las tengo todas conmigo, que la sonrisa que enseño no es más que fachada. Al volcar aquí lo que pienso se me suele escapar más de lo que me gusta. Soy un fraude como mentiroso. Para ser sinceros en este momento no tengo claro si subiré esta entrada o no. Lo estoy dudando, pero es que como os digo cuando entro en este que se está convirtiendo en mi pequeño espacio voy haciendo las cosas sobre la marcha. No aspiro a que esto sea perfecto, quiero que sea sincero.

Es curioso cómo la misma escena la ves de modo totalmente diferente. Pensemos, si es la misma persona, haciendo lo mismo, con la misma ropa y en el mismo sitio… y lo veo de forma diferente… igual el problema es que el que ha cambiado soy yo. Pongamos un ejemplo. Ayer por la mañana estaba el portero del portal de debajo de mi casa con su uniforme regando la acera. Y pensé, qué bien así la acera está más fresquita. Esta mañana sin embargo he pensado que si algún día me resbalo (soy un poco torpe) por que esté el suelo mojado pienso mandarle a paseo. Evidentemente el problema es mío.

Hoy no me apetecía escribir… pero ya lo he hecho.

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Nuestro euromillones particular

Ayer iba al cine. No fui. Llegué hasta el cine, hice la cola para comprar las entradas del cine, compré las entradas del cine. Pero no fui. ¿El motivo? Una película la puedo ver cualquier día, pero unas risas, una conversación agradable y poder hablar de lo divino y de lo humano con alguien que hace tiempo que no ves, gana sin duda a entrar en la sala. Ahí quedaron las entradas, huérfanas de uso.

Tras la primera media hora de conversación y terminar mi bebida (coca cola, lo juro), me dí cuenta de que una de las cosas que más rabia me da es que os valoráis muy poco. Creéis poco en vosotros mismos y no os dais cuenta del potencial que tenéis, de las cosas que sois capaces de hacer, de que el mundo es mejor porque vosotros lo pisáis.

Yo no digo que nadie sea perfecto. No lo sois. Es más precisamente son vuestras imperfecciones las que os definen, las que os hacen especiales, las que os dan ese encanto especial. Tampoco digo que seáis buenos en todo. Si alguien me pide que le cuelgue un cuadro ya puede esperar sentado a que el cuadro salte a la pared o rezar para que no se me ocurra coger un taladro a menos que queráis tener una bonita ventana del dormitorio al salón. Pero sí digo que hay algo en lo que sois buenos, donde destacáis, donde asomáis por encima de la media y dais el do de pecho. Pero… ¿por qué os escondéis? ¿por qué no alzáis la voz y aceptáis los retos incluso antes de que estos se produzcan?

Creer en vosotros. Alguien me contó un día que las personas tenemos tres partes bien definidas (no sé si es cierto, pero como la teoría me gustó la uso). Una de ellas es una parte de ti que sólo conoces tú, otra que conoces tú y los que te rodean, y una tercera que sólo conocemos los demás. Es decir que alguien inteligente, observador y que sepa “ver” a la gente (sí, hablo de mí, ole mi modestia) puede conocerte mejor que tú a ti mismo. En el euromillones de la vida a mí me ha tocado el gordo por teneros cerca.

Creer lo que os digo. Creer en vosotros. ¡Es una orden!

Teoría de los tres segundos

Algunos seguro que ya os he contado mi teoría de los tres segundos. Soy bastante pesado con ella, pero es que de verdad creo que funciona. Para los que aún no la conozcáis, y si os apetece, aquí os la dejo.

Pasamos por la vida de puntillas, corriendo, pensando más en el punto al que vamos a llegar que en el que estamos en este mismo momento. Y ese ansia por el futuro muchas veces nos desgasta, nos reconcome. Pasamos y pisamos con los ojos vendados tan centrados en lo que estamos haciendo que nos olvidamos de disfrutar todo lo que tenemos alrededor. Y eso, en muchas ocasiones, nos impide ser más felices.

Pero ¿y si le dedicáramos tres segundos a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida? Si vamos caminando por la calle y vemos un edificio que nos guste ¿por qué no parar tres segundos a disfrutarlo? Si nos ponemos por la mañana una prenda que nos gusta especialmente ¿por qué no dedicar tres segundos delante del espejo y ver lo bien que nos sienta? Si tenemos delante nuestro plato preferido de comida ¿por qué no tomarlo con calma y dedicar tres segundos a comprobar que efectivamente nos resulta agradable?

Son gestos pequeños, cotidianos, que no representan ningún esfuerzo. Pero estos pequeños gestos van a conseguir sacarnos una sonrisa. Y no olvidemos que el sonreír, el sentirnos bien hay que practicarlo.

A base de estos tres segundos, de estos pequeños momentos de felicidad vamos a ir consiguiendo descubrir aspectos positivos que antes pasábamos por alto. Vamos a ver la vida desde una perspectiva más positiva. En definitiva vamos a conseguir ser más felices.

Y es curioso, porque si nosotros somos más felices, vamos a tratar mejor a los que nos rodean. Seremos más amables, más comprensivos, estaremos más dispuestos a ayudar. Haremos que los demás también se sientan mejor.

Y son sólo tres segundos… ¿os sobran esos tres segundos para mí?

 

Se asoma el verano

Se va asomando el verano. Dejamos atrás abrigos, bufandas, guantes y nos lanzamos como locos en búsqueda de los polos y las gafas de sol. ¡Ya era hora! Y es que el sol nos cambia hasta el carácter. No pongo en duda que en unos días estaremos todos protestando todos con expresiones del estilo “hace un calor que no es normal” o ” dan ganas de no salir de casa”, qué le vamos a hacer si somos así. Pero hoy, da gusto salir a la calle y ver el día que hace.

Bueno… da gusto para los que lo vean… algunos ya me habéis oído hablar de mi oficina, a los demás os lo cuento hoy. Vivo en frente de una pared pistacho, al lado de una pared pistacho y delante de una pared pistacho. Sin ventanas. Sólo este tono pistacho hospitalario por todos lados que muchos días no sé si sentarme a trabajar o pedir que me reciten algo (aunque sean pastillas para el dolor ajeno). Ya da más rabia en días como hoy que mientras camino hacia la oficina disfruto de los rayos del sol.

Son estos días los que ando más despacito, los que me recreo más observando a mis desconocidos habituales, los que trato de empujar las agujas del reloj a ver si se mueven más rápido… pero no funciona. Os voy a hacer una confesión. Días como hoy, cuando me siento agobiado de estar aquí metido, a veces me conecto a algunas cámaras webs de playas, ciudades, museos… para ver gente. Es mi ventana al mundo, mi modo de saber que sí que hay gente fuera. Así que si pasáis por delante de alguna de estas cámaras… saludar, igual os veo.

 

Perros tele dirigidos

Mis paseos en dirección al trabajo por las mañanas me dan para pensar en muchas cosas. Quizá sea que me aburro, que el camino me lo sé de memoria. Quizá sea que mi cerebro trata de evadirse ante la idea de pasar otra jornada en la oficina. Quizá simplemente sea que tengo algún problema mental. No lo sé.

Hoy según iba andando me he fijado en algo curioso. El proceso de avistamiento de un perro al doblar la esquina se divide en tres fases. Primero observas el perro a su aire todo contento andando por la calle. Tras eso, como segunda fase puedes ver una fina línea de color azul, verde, negra o roja. Y al final, unos metros más lejos, una persona con el brazo estirada y con un objeto redondo en la mano.

Esto lo conseguimos los que aún tenemos buena vista (algo me tendría que quedar bien). Los que tienen sus facultades ópticas lejos de su mejor momento, es decir los que tienen menos vista que los inversores de Bankia, se limitan a ver a un perro paseando a su aire por la calle y unos metros detrás un extraño hombre que anda con el brazo estirado como si estuviera pulsando el mando del garaje. Por cierto… ¿por qué cuando pulsamos el mando del garaje estiramos el brazo? ¿pensamos que el brazo sirve de antena? ¿pensamos que esos centímetros que ganamos son la clave para que la señal llegue?

El caso es que los perros van a su aire. Que esas correas de kilómetros tan de modo hoy en día lo único que consiguen es que el dueño (que no amo, como veremos luego) del perro vaya medio loco de aquí para allá persiguiendo a su canino amigo. Eso si hay suerte. Si no la hay, que es habitual, vienen los enredos. No me refiero al juego que todos queríamos jugar con nuestras amigas, no. Me refiero a que muchas veces el perrito se empeña en hacerte en saltar a la comba. Vale que no estoy en forma, vale que tengo tripita, vale que debería hacer más ejercicio, pero ¡no porque me obligue un perro!

También puede darse el caso de que los que se enreden sean los cables a distancia de dos cuadrúpedos, con lo cual el proceso que se produce es aún más divertido. Los dueños (insisto, que no amos) comienzan un extraño baile siguiendo la estela de las correas olvidando que, dado que el movimiento de los perros no cesa, el baile puede durar horas. A veces he pensado que podría suceder que dos de estos portadores de correa terminaran abrazados tratando de desenmarañar los hilos al más puro estilo dama y vagabundo con el espagueti… cosas que le da por pensar a uno, ya ves.

Y es que sólo con ver la imagen del perro paseando orgulloso, y el perseguidos agobiado correteando detrás, está muy claro quién manda, quién es el amo. No nos engañemos, alguien que te obliga a levantarte todos los días antes para sacarlo bajo amenaza de cruel y sucia (mucho) venganza, alguien que condiciona tus vacaciones, alguien que ha conseguido que al hablar lo mentemos como elemento a valorar (guau qué tía) y sobre todo alguien que te obliga a recoger sus deposiciones (por no decir limpiar su mierda)… ese alguien está claro que es el que manda, que es el amo.

Los perros se han convertido en la raza dominante en menos que canta un gallo (antiguo dictador que ha perdido poder), son los reyes de la casa, del parque, del campo, y lo malo… lo malo es que me encantan los perros.

Mis desconocidos habituales

Vivo cerca del trabajo, lo que significa que todos los días hago un camino andando de 15 minutos de ida y 12 de vuelta (ya sabéis cuando se sale dirección a casa se va más rápido). Voy por las mañanas siempre por el mismo camino, que ya sabéis que el ser humano es de costumbres fijas. El caso es que durante estos más de dos años que llevo viviendo en Madrid poco a poco he ido fijándome en que hay una serie de personas con las que me cruzo con mucha frecuencia.

No soy de ir oyendo la radio, o música mientras ando, así que me dedico a ir buscando a estos falsos conocidos. Me ayudan, me hacen sentirme integrado en una rutina. A veces me dedico a tratar de adivinar cómo son, a qué se dedican… me fijo en los días que están más alegres, en los días que les veo con el ceño fruncido. Incluso se ha dado el caso de cruzarme con ellos mientras hablan por teléfono y capto pequeños retazos de información que voy coleccionando. Voy haciendo un perfil.

Puede que esté del todo confundido. Puede que realmente la persona que yo he ido creando en mi mente y que corresponde a esa cara con la que me cruzo a diario laboral no tenga nada que ver con la persona que realmente son. Pero es mi juego.

Hay días que pienso que ellos también me reconocen, que ellos también sienten la tentación de sonreírme, de saludarme con la cabeza o incluso de darme los buenos días. Pero no lo hacen. No lo hago.

Y estos desconocidos actúan como los amigos. Unos van entrando en tu vida, otros saliendo. Hay veces que me acuerdo de alguno. Me pregunto cómo le irá e incluso, llamarme tonto si queréis, me alegro si me lo vuelvo a encontrar a los pocos días.

A lo mejor, no creo, pero a lo mejor, alguno de mis desconocidos llega a leer esto. Si eso ocurriera… ¿podrías decírmelo mañana cuando nos crucemos?

Crónica de un gran día

Cuando las personas se esfuerzan, cuando el trabajo es contínuo y en una línea clara, cuando el día a día se convierte en un firme caminar hacia un objetivo definido… los éxitos suelen llegar.

Suelen. Hay casos en los que por desgracia, una alineación astral, o vaya usted a saber qué no se da así, pero son los menos. El camino hacia el éxito se basa en subir cada escalón. Y hay gente que lo sufre y le cuesta. Pero no se rinden y siguen esquivando las zancadillas de la vida.

Cuando una persona así lo consigue. Cuando llega a la meta que veía tan lejana o simplemente va un pasito más hacia ella, la sensación de satisfacción es enorme. Sensación de trabajo bien hecho. Es enorme y contagiosa, hasta el punto que nos alegra al día a aquellos ajenos al logro que solo lo hemos visto llegar de soslayo.

Los amigos son aquellos que ríen cuando yo río y lloran cuando yo lloro. Por simple empatía, por simple cariño o conexión personal. Hoy yo no tengo mi mejor día, pero desde que mi amiga Cris define el suyo como un gran, gran día la cosa, sin duda ha mejorado.

Felicidades Cris.

Sonreír o llorar

Hace unos segundo he leído un grupo de estos que hay por aquí que decía “es de héroes sonreir cuando el corazón quiere llorar”. No estoy de acuerdo. No creo que el hecho de llorar me haga ser mejor o peor. Más o menos héroe, o valiente, o como se quiera llamarlo. Creo que por lo que estoy escribiendo más de uno ya se ha dado cuenta de una gran verdad, yo lloro. Sí, lloro, no es que me sienta especialmente orgulloso. Simplemente es verdad.

La valentía no radica en esconder esas lágrimas. La valentía se demuestra afrontando los problemas del día a día y tratando de dar la cara para ser mejor persona, y conseguir que los que te rodean sean un poco más felices por tenerte cerca. Y eso se puede hacer llorando o no. Las lágrimas son lo de menos.

Resuena en mi mente la canción de “los chicos no lloran” (en mi caso la versión del dueto con David Summers, rarito que es uno) que decía “los chicos no lloran tienen que pelear”. Bueno yo puedo hacer las dos cosas a la vez. Los chicos no lloran. Vale. Pero yo soy un hombre y los hombres sí lloramos.

Regreso al futuro

Hay veces, pocas, escasas, demasiado pocas y demasiado escasas, en las que el pasado entra en tu vida sin avisar y te arranca una sonrisa de “ojera a ojera” (me he acordado rubita). Hay días en los que entra en tu vida, sin avisarte alguien de tu album de recuerdos. Me ha pasado. El lunes.

Y es que también hay veces que el tiempo no marca distancias. Que entonas el “como decíamos ayer” y sigues con las risas que llevaban años en stand by. Son momentos en los que te das cuenta de lo mucho que has vivido, que ya no eres tan joven, que ya peinas canas (señores la barba también se puede peinar, sin bromitas), pero te alegras de tu bagaje emocional y sigues por la vida sumando experiencias en la espalda.

Los fantasmas del pasado se parecen mucho a Casper, son fantasmas amables que sin duda dan un vuelco en positivo a tu día en el momento en que se aparecen. Lejos de exhorcismo me declaro fan de estos fantasmas, de las visitas sorpresas y de las llamadas sólo para ver cómo estás.

Peligro de ruptura

Querido Dios (pongamos que existes)

Últimamente no acabo de entender el modo en el que haces las cosas. Te veo injusto, aleatorio e incluso un poco caprichoso. Si de verdad tienes capacidad para manejar los hilos que rigen el mundo ¿no estaría mejor un poco de coherencia en esos movimientos?

Y no me escondo, no soy santo. Por eso lo que me importa, preocupa e incomoda son las cosas que les sucede a los que me rodean. A los más próximos. Vale, algún detalle has tenido, pero es de mal gusto eso de llevarte amigos lejos y dejarme un poco más solo.

No entiendo el modo que tienes de tomar decisiones. De dirigir todo el cotarro, pero si eres todo poderoso… eso es que tienes poder para explicármelo. Vamos que si no lo haces es porque no quieres.

No sé Dios, me cuesta creer que no te des cuenta de estas cosas. Si nos creaste a tu imagen y semejanza, yo me pregunto… ¿a imagen y semejanza de cuál de nosotros? porque no podemos ser más diferentes. Incluso entre hermanos las diferencias son obvias. Das pistas confusas y sabes que no hay mayor mentira que una verdad a medias.

Como ves no estoy muy satisfecho con tu liderazgo. Si hubiera elecciones a dios puede que votara a otro, o votara en blanco. Estoy perdiendo la fe en tu sistema.

Ruego revises tu modus operandi porque francamente estamos en peligro de ruptura.

Atentamente

Fer