Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: agosto, 2012

VACACIONES

Señores y señoras, niños y niñas, mascotas y objetos inanimados… ¡por fin! Dentro de unas horas, a las tres de la tarde, estaré de vacaciones. Qué ganas, lo necesito. Y las vacaciones implican fuera horarios, fuera obligaciones, fuera preocupaciones. No digo que escribir esto lo sea, pero lo voy a dejar aparcado hasta mi vuelta.

Consideremos que estos meses han sido la primera temporada, como si de una serie se tratara. No ha estado mal, pero podemos mejorar. Por mi parte prometo revisar los textos para que no tengan fallos, investigar un poco para desvariar con algo más de conocimiento y seguir con mi vida de teleñeco para que me pasen cosas que os pueda contar.

Por la vuestra espero algo de colaboración. El blog está triste, vacío, sin comentarios apenas… ¿No os sentía culpables? ¿no os doy penita? ¿ni un poco? A ver si a mi vuelta estáis algo más comunicativos eh, no vale regañar si no escribo un día y luego no aportar, así no. Hoy os regaño yo.

En fin lo dicho, que nos vemos en unos díitas, si no me da por contaros algo de mis vacaciones. Sed buenos, echadme de menos y esperadme que… ¡volveré!

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Arrieritos somos

Llevo un par o tres de semanas que mi paisaje matutino ha cambiado. Las caras y rutinas que veían de camino a la oficina no son los mismos. Es lo que tiene venir a trabajar una hora antes. Mis desconocidos habituales por tanto son diferentes también. No son las caras de todo el año, son otras. Y puede que los mire con menos ganas, con media sonrisa. A fin de cuentas no son más que los sustitutos que perderé de vista en breve cuando todo vuelva a la normalidad. A la vuelta de vacaciones. Vaya, aún no me he ido y ya estoy pensando en la vuelta. A eso se le llama masoquismo.

Es curioso lo que cambia la ciudad aunque sólo sea por una hora. Los porteros no están barriendo la entrada de sus edificios. Les veo llegar, o no les veo simplemente. La gente se mueve algo más lento, más legañosa, con menos ganas. Y es curioso porque el fresquito de la mañana invita más a la actividad que son primas horas venideras con sus grados a cuestas. El tráfico poco a poco va en aumento, pero esto no es fruto de la hora, sino del retorno de todos esos que ya se han moreneado en playas o montañas (según gustos) y a los que espero tomarles el relevo.

No hay gente paseando perros en los parques que cruzo. Los perros aún duermen. Puede que los que duerman sean sus dueños, pero la ausencia de ladridos crea un silencio que no sé si me reconforta o me desespera. Y he visto almas perdidas con agua de fuego entre pecho y espalda entrando a desayunar. A tomar la penúltima. Y me he sorprendido mirándolos con desaprobación para luego pensar que, alguna vez, yo he estado en su lugar. La penúltima siempre es buena idea. O nunca lo es.

El caso es que he llegado a la oficina. A mis paredes pistacho. A mi horno de ocho horas. Poco hecho por favor. Veremos cómo se da la mañana. Buenos días.

Ansia vacacional

Ya las noto, por fin, ya veo cerca mis vacaciones. Que ya está bien, que ya era hora. Que si se despistan me juntan las vacaciones de verano con las de navidad. Y la verdad, ponerse bañador y chanclas en diciembre… por un lado queda raro, por otro no es muy saludable que digamos.

Y sí, quiero descansar. Quiero perder la noción del día que es. Quiero que mis horarios los marque mi cuerpo. Si tengo hambre, comeré. Si tengo sueño, dormiré. Si me hago pis… buscaré un baño (no es plan de hacerlo donde surja, un poco de decencia). El teléfono pasará de ser un jefe que me lleve de un lado a otro, a un becario al que poder dejar aparcado en un rincón sin nada que hacer. Como he dicho antes bañador y chanclas se convierten en uniforme diurno. Puede que no baje a la playa, pero el uniforme es así. Son las tres semanas del año en las que el rollo guiri se nos permite y está hasta bien visto. Cierto es que la presencia cercana de la playa es importante. Ese mismo look en Salamanca no se recibe con la misma alegría (pese a la ausencia del manido calcetín blanco).

Quiero poder regalar tiempo a las personas que conozco, poder pasar con ellos tardes, noches. Sin agenda ni planificación, y es que el tiempo es lo mejor que un amigo te puede regalar. Y hablando de amigos, quiero llamar a aquellos de los que hace tiempo que no sé nada. Que se acuerden que estoy vivo, que vuelvan a pensar en mí, que sepan que yo sí me acuerdo de ellos. A los que aún considero amigos claro.

Voy a leer, sentarme en una terraza tomando un Cas (a ver si lo pilla la persona por la que lo digo) naranja bien frío. Cerrar de vez en cuando los ojos y dejar que se escape ese suspiro de relax, de tranquilidad.

Pero sobretodo… quiero daros envidia… que vaya mesecito de agosto que me habéis hecho pasar con fotos, comentarios, llamadas… ¡me toca!

Cosas que no entiendo

Hay cosas de nuestro día a día que no entiendo. Las hago. Pero no las entiendo. Una me pasó ayer. Coincidí en el ascensor con una vecina y es que es matemático eh, se juntan dos personas con poca confianza en un ascensor y… qué calor hace eh. El tiempo, nos da por hablar del tiempo. A ver, que son dos minutos ¿no podemos estar tranquilamente mirando los cartelitos del ascensor con la típica broma de “pidan que los niños viajen solos”? Pues no. Y sí, hace calor. Pero decir hace calor, es tan absurdo como decir que estamos en Madrid, que es martes, que son las nueve y media… son cosas que los dos sabemos, pero el caso es hablar.

Otra cosa que no entiendo es lo raritos que nos ponemos cuando llueve. Es caer cuatro gotas y lo primero que hacemos es encoger los hombros. Pero vamos a ver, que descendemos del mono, no de la tortuga. Que por mucho que nos encojamos la cabeza no va a entrar dentro del cuello. Pues nada, todos corriendo por la calle con complejo de Igor (Aigor si el Frankenstein es jovencito).

¿Y eso de dar un paseo para bajar la cena? Te comes dos ñus, tres bocatas y dos trozos de tarta, pero oye… das una vuelta a la manzana y lo has bajado. Hay grandes seguidores de este tipo de dieta como Falete, Torrente, Flo… a uno le da por pensar que quizá el motivo del paseo no sea otro que dejar las ventosidades fuera de casa. Todo un detalle para los que convivan con ellos.

Otra cosa que no entiendo, pero en este caso no hago. Las mujeres cuando se arreglan para salir. sacan el despliegue de modelitos encima de la cama. Comienzan a probarse uno tras otro, para terminar (en un 85% de los casos) poniéndose el primero que se probaron. La hora y media de las pruebas posteriores yo lo considerería tiempo perdido. Ellas una ratificación empírica de la correcta elección del modelo. Formas de verlo oye.

En fin que hay cosas que no entiendo. Muchas. Pero tampoco tratéis de explicármelas, porque mucho me temo que vosotros tampoco las entendéis.

Complejo de Peter Pan

Vale que ya no soy un niño, ya me gustaría. Vale que tengo canas. Vale que muchos de los que ahora son entrenadores yo los he visto jugar. Pero a pesar de todo esto, más o menos, sigo teniendo los mismos gustos y las mismas aficiones que cuando aún no era mayor de edad.

Lo que pasa es que hemos ido adaptando estas aficiones. Por ejemplo los dibujos animados. Los sigo viendo. Ya no me refiero a las películas estilo Pixar, que sinceramente me encantan. Esas aún tienen su punto de para todos los públicos, aunque sinceramente creo que van más pensadas para gente de mi edad que para niños de 5. Hablo de series estilo Padre de Familia, Padre made in USA o incluso Los Simpsons. Drogas, robos, putas, alcohol, asesinatos, crímenes… ¡eh pero son dibujos!

¿Y los comics (para mí de pequeño eran tebeos, pero eso ya no es moderno? Hace tiempo que no voy a una tienda de comics. Es más, creo que nunca he ido a una tienda de comics, yo iba a quioscos, pero me da a mí que esos sitios deben tener una sala con cortinilla a la entrada. Estilo videoclub, donde guardan los comics más subidos de tono. Vamos que dos grandes aficiones de los infantes, los hemos pervertido para poder seguir disfrutando de ellos.

Todo esto viene por la película que he visto anunciar hace poco, Ted. Un peluche salido, que bebe y dice palabras feas. Ya no respetamos ni los osos de peluche. Las pachangas entre amigos ahora son partidos solteros contra casados. Hacer botellón ahora es ir a casa de un amigo a cenar. Y mandar una notita a la chica que te gusta ahora es mandar un mensaje por facebook, o por whatsapp o…

Vamos, que seguimos haciendo lo mismo, pero con matices. La única diferencia es que en todo lo que hacemos (sí, en todo) aguantamos menos y nos cuesta más recuperarnos. Es lo malo que tiene la edad.

 

Silencio

El silencio es un arma de doble filo. El silencio puede cortar, ayudar, apoyar. Puede crear lazos o construir barreras. Puede poner a uno en un altar o sumirnos en un estado de letargo del que ningún príncipe (o princesa) puede despertarnos con un beso de amor.

Y el silencio puede ser mudo, sordo, seco. El silencio puede ir acompañado de una ausencia de gestos, de emociones. Un alarde de hieratismo que sólo deja ver un cascarón donde antaño hubo una persona.

El silencio es un gran incomprendido. Habla sólo cuando tus palabras mejoren el silencio dicen. Pero romper el silencio es una prueba de estar, de aportar, de enseñar que vives. Nuestro aspecto animal, que tantas veces queremos ignorar, nos pide que busquemos esos sonidos agradables. Nos calman. Ni siquiera necesitamos palabras. Sólo el murmullo de algo conocido. Eso no es el silencio.

Hoy no quería hablar. No podía hablar. No encontraba qué decir. Pero ya he roto el silencio.

Spain is different, pero ya nos copian

Últimamente estoy que no doy crédito. Veo cosas raras. De verdad, y que nadie haga bromitas, que las veo a todas horas del día y no a partir de las doce de la noche. El caso es que ayer me hizo un comentario una amiga (ánimo Lu, que todo irá mejorando) sobre los veranos que ella había practicado con botellas llenas de agua para aprender a escanciar la sidra. Y entonces recordé algo. El otro día fui a comer con mi hermana y su marido (aún no me acostumbro a decirlo, pero lo que es, es), fuimos a una sidrería asturiana. Y claro pedimos sidra, y claro pedimos al camarero que la escanciara, y claro lo hizo. Lo que nos rompe la lógica es que el camarero era colombiano.

Vamos a ver… ¿en qué momento un colombiano decide ponerse a aprender a escanciar sidra? Una de dos, o tenía aficiones raras (que los hay) o aprendió al ser contratado, pero si mi amiga Lu dice que se tardan veranos en aprender… En serio, que los extranjeros vienen pisando fuerte y ya se atreven con las cosas más típicas españolas. Los restaurantes por ejemplo. Ya hay típicos bares de tapas regentados por chinos. Te llega el sonriente chino (en serio, para mí que les grapan la sonrisas, sino no es normal) y te dice… mallllllllchando caña y pincho de tolllllltilla. Oiga pues no es lo mismo. Pero vamos igual que no veo yo a uno de Cuenca sirviendo tallarines con soja.

Que nadie me entienda mal, que a mí me encanta que venga gente de otros países.Pienso que eso siempre aporta, enriquece. No nos olvidemos que nosotros venimos de una extraña mezcla de romanos y múltiples tribus del norte. Que sin todos los elementos no se podría entender España. Vamos que uno de esos que van de españoles puros por la vida tiene más mezcla de sangres que un perro callejero.

Pero hay cosas que me chocan, y lo que veo raro es que, en vez de aportar lo suyo, traten de imitar lo nuestro. ¡Que hasta algunos se han lanzado a torear! Vamos ahora que recuerde me viene a la memoria El Niño del Son Naciente y El Niño de Moscú. El primero japonés con un sol bordado en la parte de atrás de la chaquetilla, el segundo ex piloto de combate ruso. Ambos pasaron con más pena que gloria por los ruedos españoles, pero oye ahí estuvieron.

Aportemos cada uno lo que mejor sabe hacer. Vale que los chinos en eso de imitar son los reyes, pero yo, con todos los respetos una tortilla de patatas, que me la haga un español, un pescadito frito un andaluz, unos noodles un chino, un ceviche una peruana (menos mi amiga Clau, que entonces igual acabo en urgencias) y si hay que escanciar sidra, por supuesto, que lo haga una asturiana, como mi amiga Lu.

“Grandes” inventos de la humanidad

El hombre ha ido evolucionando, ya no digo si a mejor o peor, pero ha evolucionado. Y al mismo tiempo ha ido creando una serie de artilugios, descubriendo nuevas teorías, nuevas formas de hacer las cosas. Hemos podido descifrar el genoma humano, mandar un hombre a la luna, indagar sobre el secreto del universo… y con todo esto… ¿de verdad que nadie se ha dado cuenta de que en el espacio asignado no hay manera de firmar una tarjeta de crédito?

En serio, nos obsesionamos con grandes logros y se nos olvidan las cosas que nos harían la vida mejor, más sencilla. Debo decir que poco a poco sí que voy viendo pequeños avances en este campo. Por ejemplo, el botón para llamar al camarero que hay en algunos restaurantes… ¿cuántas veces nos hemos sentido invisibles, pequeños, sentados en nuestra mesa notando cómo van pasando camareros? Y es que yo creo que antes de contratarme en algunos restaurantes te dan un cursillo de esquivar miradas y de desconexión de oído. Pues mire usted, alguien ha pensando en eso, y ha creado un aparatito con tres botones. Uno para llamar al camarero, otro para pedir la cuenta y otro para anular la llamada. Pero claro… un español que sale a comer fuera bebe. Un español que ve un botón lo presiona. Un español bebido con un botón a mano lo machaca. Te aguantas camarero, es nuestro momento de venganza.

Otro de los inventos que me tiene encantado es el kindle (sí, es una marca, y si cuela y me paga algo… yo feliz). Antes si te querías llevar un par de libros de vacaciones ya podías ir al gimnasio a ponerte en forma. Bajar a la playa con un libro era similar a bajar las palas… las usas diez minutos y molestan toda la mañana. Pero es que encima en esta época de los vuelos vuelos low cost (que teniendo en cuenta el salario medio en España los costs no son tan low) podías elegir entre leer o vestirte. En la maleta libros y ropa juntos se pasaban de peso. Pues bien, han llegado unos señores que han conseguido meter la diversión del verano en unos gramos (y que nadie se vaya por oscuros derroteros), pues ole por ellos.

Pero sin duda el objeto que más me apasiona… es el escanciador de sidra. Para los que somos analfabetos en las rutinas sidriles el enfrentarnos a una botella de destilado de manzana supone todo un reto. Subes la botella, lanzas la sidra y entra en el vaso. Bueno, yo consigo dos de tres, no está mal. Pero alguien, seguramente igual de torpe que yo, ha diseñado un aparato en el que puedes encajar la botella y escanciar si problema. Mira qué bien.

Los torpes somos más. Menos ir a la luna y más darle una pensada a los abre-fáciles, reescribir las instrucciones de los electrodomésticos, reeducar a las trabajadoras que te informa en el metro y encontrar una crema que de verdad impida que los que somos de piel madridista (vamos que el sol lo vemos en postales) nos quememos. Entre cinco millones de parados, a alguno le podía dar por pensar… vamos digo yo.

Traduciendo anuncios

Me estoy planteando cambiarme de piso. No digo que lo vaya a hacer, sólo que me lo estoy planteando. El caso es que antes de tomar la decisión te lanzas a lo que muchos llaman estudio de mercado, que no es más que leer anuncios para informarte. Cierto que estudio de mercado suena mejor, pero es como llamar asistente técnico de limpieza a una asistenta o ayudante de dirección a una secretaria.

Los anuncios de los pisos tienen un idioma secreto no apto para los no iniciados. Hay todo un mundo de claves y giros que hay que dominar para poder conseguir el piso perfecto (muchos opinan que el piso perfecto es como el monstruo del Lago Ness, muchos dicen haberlo visto, pero pruebas no hay). Cuando alguien escribe un anuncio de un piso es un proceso parecido a una mujer maquillándose. Hay que resaltar las virtudes y tapar los defectos. Lo malo es que, muchas veces, con los pisos también pasa como con las mujeres, y es que con la cara lavada se ve la verdad.

Un anuncio tipo de piso podría ser: Piso en un barrio tranquilo (normal, todavía no han llegado a esa zona ni las palomas) a diez minutos del centro (siempre que tengas helicóptero) ideal para gente joven (vamos que no tiene ascensor) en plena naturaleza (las zarzas y arbustos son muy naturales) a estrenar (algún año de estos) con materiales de primera calidad (en las obras de Namibia) muy luminoso (siempre que enciendas la luz).

Si el piso está en un barrio histórico, es que es viejo. Si es íntimo, es que tienes que dormir de pie. Si está muy bien comunicado, es que tienes línea de teléfono y ya te comunicas tú con quien quieras.

Y pese a todo te lanzas ilusionado a buscar tu piso. Aquí comienzas un proceso similar a ligar por las noches. A las 9 de la noche quieres ligarte a la reina del baile. A las 6 de la mañana con que no tenga pene vale. Pues eso, que empiezas con ilusión infantil buscando tu palacio de cuento de hadas (ya os he dicho ayer que Disney nos ha hecho mucho daño) y terminas conformándote con que las ratas no sean más grandes que tú.

Bien, ya has elegido el que va a ser tu hogar (o algo así), pasamos a la fase dos. Firmar el contrato. Y es que para entrar a vivir en un piso necesitas: fotocopia del dni, dos fotos de carnet, tarjeta de la seguridad social, aval del banco, carnet de los scouts, cuarto y mitad de chope, ser capaz de decir el abecedario eructando y tener una tía que se llame Rosario. Una delicia.

La verdad… igual no me cambio de piso.

Generación Disney

Nos guste o no nos hemos criado con las películas de Disney. Y así nos va. No podemos negar que estas películas nos han afectado y dejado huella. Os pongo un ejemplo. Ayer estuve cenando con mi primo y en un momento le sonó el móvil. Era su madrastra. ¡Suena fatal! ¡Qué daño nos ha hecho Cenicienta! Y es que oímos la palabra madrastra y ya pensamos en una mujer vieja, fea, malvada, con los dientes amarillos, cruel… puede que seas una gran mujer, pero como tu pareja tenga hijos te toca ser la mala. A las madrastras les pasa como a las suegras, se fama las precede.

Caso a parta es el del príncipe azul… Parece que todas las chicas, marcadas a fuego con la sabiduría del ratón de marras, esperan que aparezca un hombre guapo, listo, tierno, comprensivo… ah y por supuesto rico. Y esperan, y esperan, y esperan… ¡hasta que se convierten en madrastras! Y ya no sólo lo sufren ellas, esperando algo que no va a llegar. Esperar al príncipe azul es como ser del atleti y esperar ganar la Liga, como ser joven español y esperar un trabajo o, mejor aún, como ver Telecino (ahora Mediaset) y esperar aprender algo.

Y mientras ellas esperan, nosotros nos desesperamos. No voy a dar detalles, que está más que claro. Además te creas imágenes mentales… seamos sinceros ¿no os ha pasado que cuando veis un enano (no son personas bajitas, como no son hombres de color, ni personas anchas … llamemos a las cosas por su nombre, que no pasa nada) os lo imagináis con un pico cantando aijó aijó? Es una faena, pero es que… ¡qué daño ha hecho Blancanieves!

Tuve una época que me daba pena comer marisco pensando que era el cadáver de Sebastián (bajooooo del maaaaaaaar), me llevo una lámpara por si alguna noche oscura en el bazar cayera alguna banda sobre mí y si voy a un asador se me rompe el alma pensando en Bambi, Babe y hasta Tambor. Lo curioso es que, por muy bestias que seamos, nadie suele ver nuestra belleza interior.

En fin, qué daño nos ha hecho Disney… por cierto ¿alguien quiere ver Brave conmigo?