Arrieritos somos

por Fer Población

Llevo un par o tres de semanas que mi paisaje matutino ha cambiado. Las caras y rutinas que veían de camino a la oficina no son los mismos. Es lo que tiene venir a trabajar una hora antes. Mis desconocidos habituales por tanto son diferentes también. No son las caras de todo el año, son otras. Y puede que los mire con menos ganas, con media sonrisa. A fin de cuentas no son más que los sustitutos que perderé de vista en breve cuando todo vuelva a la normalidad. A la vuelta de vacaciones. Vaya, aún no me he ido y ya estoy pensando en la vuelta. A eso se le llama masoquismo.

Es curioso lo que cambia la ciudad aunque sólo sea por una hora. Los porteros no están barriendo la entrada de sus edificios. Les veo llegar, o no les veo simplemente. La gente se mueve algo más lento, más legañosa, con menos ganas. Y es curioso porque el fresquito de la mañana invita más a la actividad que son primas horas venideras con sus grados a cuestas. El tráfico poco a poco va en aumento, pero esto no es fruto de la hora, sino del retorno de todos esos que ya se han moreneado en playas o montañas (según gustos) y a los que espero tomarles el relevo.

No hay gente paseando perros en los parques que cruzo. Los perros aún duermen. Puede que los que duerman sean sus dueños, pero la ausencia de ladridos crea un silencio que no sé si me reconforta o me desespera. Y he visto almas perdidas con agua de fuego entre pecho y espalda entrando a desayunar. A tomar la penúltima. Y me he sorprendido mirándolos con desaprobación para luego pensar que, alguna vez, yo he estado en su lugar. La penúltima siempre es buena idea. O nunca lo es.

El caso es que he llegado a la oficina. A mis paredes pistacho. A mi horno de ocho horas. Poco hecho por favor. Veremos cómo se da la mañana. Buenos días.

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