Servicio de compañía hospitalario

por Fer Población

Que a nadie le apetece ir a un hospital es evidente, bueno menos las personas que trabajen ahí y guardo mis dudas. Que a nadie le apetece dormir en un hospital es más evidente aún. Pero no nos engañemos, aquí los grandes sacrificados no son los enfermos. Qué va. Son los acompañantes. Y es que para el enfermo tiene sentido estar ahí. Me siento mal, estoy hecho mierda y tengo los médicos cerca por si me da por montar un show que ríete de Eurovisión ¿pero el acompañante? Pobre de él (o ella). Porque te encuentras bien, no te duele nada y pese a eso tienes que pasar la noche en una habitación que es una mezcla entre la sala de espera de un aeropuerto y el camarote de los hermanos Marx (si alguien quiere encontrar a algún familiar desaparecido que se ingrese una temporada en un hospital, que ya verá como por su habitación pasa todo el mundo).

Bueno, eso de que al acompañante no le duele nada… no le duele nada al principio de la noche, que al final tienes la espalda como una ficha de tetris, los nervios a flor de piel de los sustos que te dan las enfermeras al entrar y unas ojeras rollo gótico de las horas de sueño que debes a tu cuerpo. Y digo yo ¿tan complicado es tener un sofá cama decente? Que miras dónde se supone que tienes que dormir y dices… no si estaría estupenda, lástima que yo no sea un click de playmobil… Pero si ya existe Ikea, que los sofás están baratitos (aaaaaaaaaay payo lo estoy dando lo estoy regalando). Y es que esos sofás son de lo más cariñoso. Te sientas un rato en ese plasticorro de Cuéntame y a la que te despistes lo tienes amarosamente pegado en donde la espalda pierde su honrado nombre. Pero vamos, todo esto si hablamos de un hospital privado. En la sanidad pública darías lo que fuera por un sofá como esos, y ante todo, por poder tener una habitación individual.

Del color de las paredes en los hospitales, pistacho, no voy a hablar. Bastantes vueltas le he dado ya a ese tema.

Luego tenemos el curioso momento en el que llega la comida. Para el enfermo. No para el acompañante. Enfermo come, acompañante no. Es decir, que estás ahí para que el enfermo no esté solo y no tienes más remedio que irte un rato porque sino pasas más hambre que Carpanta. ¿Nadie ha pensado en poner menús para acompañantes? Que fijo que alguno tomaba algo. Vale que la comida de los hospitales no es que sea de Arzak, pero algo caía fijo, que antes que gourmets somos vagos. Eso es así.

Y de remate, esa sensación de ser invisible. No hables, no preguntes, no comentes, no opines. Da igual. Digas lo que digas te van a hacer el mismo caso. Ninguno. Ni te esfuerces. Quizá las primeras horas te dan ganas de dar saltitos y decir… eh que estoy aquí. Pero poco a poco vuelves a tu sofá a dejar las horas pasar. O quizá es que lo tienes tan pegado ya al culo que no puedes separarte de él (hay casos de cirugía para despegar a acompañantes de estos sofás).

Lo dicho, que estar enfermo es una faena, pero tener enfermo a algún pariente muy cercano también lo es. Camas restform en las habitaciones ya (por favor).

Anuncios