¿Bueno o malo? Pues según se mire…

por Fer Población

Hoy quiero contaros algo en lo que he pensado mucho. Algo que tengo en mente y muy presente en mi día a día y que quiero compartir con vosotros. Todos los días nos pasan cosas. Todos los días tenemos experiencias y vivencias que nos van dejando poso, nos van marcando. Quizá como el suave roce del agua que va horadando la roca. Lentamente, pero con enormes resultados. Y nunca sabemos cuáles de esas pequeñas vivencias son las que nos van a marcar, las que van a hacer de punto de inflexión en nuestras vidas. Las que nos van a definir o redefinir como personas.

Os cuento mi caso, mi historia. Cuando yo tenía 17 años un día jugando al fútbol me rompí la segunda cervical por dos sitios, muchos piensan que fue montando a caballo y que no lo quiero reconocer, pero no, fue jugando al fútbol. El caso es que desde ese día pasé más de un año con una armadura de cuello a la cintura que ríete tú de los caballeros del zodiaco. Por aquél entonces ya conocía a Jose y Alfonso Vázquez, dos chicos que vivían en San Rafael (antes del túnel de Guadarrama) y que, junto con su padre, se dedicaban a montar a caballo. Y claro estaba claro que yo no iba a poder montar en mucho tiempo, así que les mandé el caballo a ellos.

Empezamos a hablar con frecuencia (los Vázquez y yo) y muchos fines de semana mi padre me llevaba a su casa a ver a mi caballo, a que me distrajera. Entender que con aquello puesto yo no podía hacer muchas cosas. El caso es que acabamos teniendo una buena y sana (quizá lo segundo es lo más complicado de conseguir) amistad.

Pasaron años y yo me di cuenta de que estaba estancado, enquistado en Salamanca. Tenía que irme, tenía que entrar en otra dinámica. Decidí marcharme. Todo encajó cuando me di cuenta que en el pueblecito donde vivían ahora Jose y Alfonso (Villanueva de la Cañada) había una pequeña universidad donde impartían periodismo, la Camilo José Cela. Con la seguridad de ya tener dos buenos amigos ahí decidí emplazarme en ese lugar. Fue un gran acierto. He conocido a gente increíble a los que tengo por grandes amigos (Jose, Kike, Chemari, Sergio, Diego…) y he aprendido a sonreir, a relajarme, a vivir. Villanueva de la Cañada ha sido para mí mi UVI vital particular.

El caso es que tras unos años en este pueblecito volví a mudarme. A Madrid esta vez, no por gusto, sino por trabajo. Y creo que todos os dais cuenta de que muy contento en este trabajo no estoy. Más bien al revés (ya sé que muchos no tienen trabajo y yo sí, no hablo de eso). Por eso empecé a escribir este blog. Una forma de darme un descansito diario, de relajarme, de soltar presiones y tensiones. Y de paso de intentar que vosotros tengáis la misma sensación.

Sé que me estoy enrollando, pero esto tiene una conclusión. Si no me hubiera roto la segunda cervical no habría mandado el caballo a casa de los Vázquez, no habría hecho amistad con ellos, no habría ido a vivir a La Cañada, no habría conocido a tíos tan cojonudos, no me habría mudado a Madrid a trabajar y no estaría aquí sentado escribiendo. En cierto modo lo que leéis ahora es gracias a que tuve aquel accidente.

Puede que la vida os dé palos, que tengáis reveses, pero quizá con el tiempo aquello que fue una desgracia puede aportarte algo. Busca la parte positiva, siempre la hay. Si no puedes verla hoy, puede que sí mañana. Pero claro, es solamente un consejo.

Anuncios