Mi tren y yo

por Fer Población

Empecemos confesando algo, no tengo carnet de conducir. Seguro que a alguno os ha sorprendido, pero no lo tengo. Nunca me lo he sacado, así que no lo tengo, es así de sencillo. El caso es que cuando como hoy me quiero ir a pasar unos días en Salamanca uso bien el bus, bien el tren. Esta vez me iré en tren.

Primer consejo que debo dar a los que vayan a viajar en tren, revisar muy bien los billetes. Y es que en este momento no hay que pensar sólo en lo desastre que podemos ser nosotros mismos, sino en lo desastre que puede ser la persona que nos está vendiendo el billete, quién no ha ido un día de resaca a trabajar… El caso es que si no tienes cuidado en este punto te puedes encontrar con cosas divertidas, como por ejemplo aquella vez que me dieron un billete de tren para el día anterior. Vamos que el viernes me dieron un billete para el jueves, es decir para ayer. Puede decirse que viajé en el tiempo ¿no? Además justo coincidió que el tren iba lleno, que yo estaba de resaca (la resaca nos condiciona nuestra vida mucho más de lo que queremos reconocer) y, como único punto positivo, que el revisor al ver que el error era de Renfe (en el billete figuraba la fecha de emisión) me dejó ir en el tren. Vamos que Murphy con su mala leche me tuvo dos horas y media largas de resaca sentado en el suelo de un tren. Muy agradable a la par que divertido. Que conste que tengo pruebas gráficas de esto en una foto de FB.

Bien, pongamos que ya hemos entrado en el tren con el billete correcto, hay algo que siempre me ha puesto nervioso, si los asientos están asignados ¿por qué hay gente que se sienta donde le da la gana? Llegas, localizas tu sitio, ves a una señora sentada, compruebas tu billete (por si la resaca del taquillero como he comentado antes), comentas ¿perdone creo que ése es mi asiento? y entonces, de repente y sin avisar te sueltan la frase que todo el mundo teme: ya, pero es que yo prefiero estar en la ventana… no, la frase mágica no ésta, sino la que viene a continuación, la frase es… no te importa ¿no? qué modo más sutil y cruel de pasarte el marrón a ti. Porque vamos a ver, si dices que sí, que sí te importa resulta que luego te sientes como un maleduca, pero si dices que no te pasas el trayecto mirando a la señora con odio pensando… esta guarra está en mi asiento y encima sintiéndote como un pringado.

Bueno, pensemos que ya te has sentado en tu sitio (o no). En este punto hay dos tipos de personas, los que tienen cosas para distraerse y los que miran con envidia a los que las tienen. Si te subes al tren sin un libro, un pc, una revista… te pasas todo el rato mirando a los que sí lo tienen y viendo su cara de satisfacción. Y les odias. Y prometes que la próxima vez te llevas algo. Y por supuesto, se te olvida. Entonces decides tirar de lo único que tienes, el móvil, maldiciendo los tramos sin cobertura.

Tema aparte es el tema del “acompañante”, vamos de la persona que se sienta a tu lado. Puedes tener muy buena o muy mala suerte. Yo he tenido de todo. Conocidos, desconocidos, altos, bajos, guapos, feos… por el asiento de mi lado han ido pasando gente de todo tipo y condición. Como por mi vida. Y debo decir que en este sentido no hay nada peor que una huelga de desodorante en la persona de al lado. Hay dos motivos por los que yo puedo pasar un viaje en el suelo de la puerta del tren: huelga de desodorante y resaca del taquillero.

El caso es que llegas. Pasas al momento de temer por tu vida. Una lluvia de maletas te rodea de repente y apenas puedes ver de dónde salen o hacia dónde van. Hay que huir, salir de la zona de peligro y cuidar tu integridad física. Y ya, cuando el suelo de debajo de tus pies se para. Cuando se abren las puertas del tren. Llegas a tu ciudad de destino y entras en el peligroso mundo del taxi, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro post.

Por cierto, cierro por puente hasta el lunes. Nos vemos.

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