Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: noviembre, 2012

Martes trece

Hoy es martes trece… la verdad es que si no fuera por fb quizá ni me habría dado cuenta de la fecha, pero desde que tenemos esta herramienta en nuestra vida nos enteramos de muchas más cosas. Felicitamos cumpleaños a gente que hace años que no vemos, cotilleamos las fotos de los amigos de los amigos… en fin, como iba diciendo, que gracias a fb me he dado cuenta que hoy es martes trece.

Entramos ya en el terreno de las supersticiones y las hay de todo tipo. La sal en la mesa a la hora de comer, las escaleras, los gatos negros, los espejos… si tuvieras que hacer todas las cosas para asegurarte la buena suerte me temo que pasarías casi ocho horas al día en esa misión. Y me temo que por eso no te pagan. Por otro lado si resulta que estás en el paro y no tienes nada mejor que hacer… adelante, aunque aviso que puede ser adictivo.

En Navidad tomamos las doce uvas, soplamos una vela en nuestro cumpleaños pidiendo un deseo, y el que se considera el país líder mundial, los EEUU, es sin duda el más supersticioso. Sin fila 13 en los aviones, sin planta 13 en los edificios… y uno tiende a pensar que si un día incumplo todas las normas para tener buena suertey no me pasa nada malo o es que todo esto no vale para nada, o que soy la persona con más suerte del mundo. Fijo que en esto nadie se pondría de acuerdo.

El caso es que es martes trece, compraré lotería, por si acaso, tendré cuidado con las escaleras y si alguno de mis amigos tiene un gato negro, no creo que hoy sea el día para irle a visitar. Quizá mañana sí, pero no hoy.

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Almax e ibuprofeno

Hay algo en lo que los españoles somos especiales, diferentes, únicos. Algo que no dominamos y en lo que nadie nos puede ganar. En las resacas. Y es que la resaca para nosotros casi es un estado más. Puedes tener hambre, sueño, catarro o resaca, pero vamos nada que no se cure con ibuprofeno, almax o, ya para los muy profesionales, una caña. Listo.

Todo español que se precie debe llegar al menos una vez al mes de resaca, lo llevamos en los genes. Es por eso que la resaca no es una excusa, sólo detalle. Buenos días, hoy me he puesto pantalones vaqueros, he desayunado una tostada y tengo resaca. Y no pasa nada.

La resaca es la consecuencia del “una y a casa”, es una herida de guerra que sólo dura 24 horas y por eso la mostramos orgullosos. Imagina si ayer me lo pasé bien que tengo una resaca (suele ir seguido de una risa pícara). Y hay resacas de todos los tipos, y personas que afrontan las resacas de muy diferentes maneras.

En primer lugar hay que distinguir las resacas laborales de las finesdesemanescas. La resaca laboral implica desplazamiento del culo propio al puesto de trabajo sí o sí. Eso ya es todo un condicionante. Quizá el peor momento es el paseo de las vergüenzas. Vas por la calle mirando al suelo pensando que todos se dan cuenta de tu mal cuerpo y peor estado. La señora del semáforo te mira mal, seguro. Entras en la oficina directo a buscar lo que en ese momento te parece el bien más preciado: un vaso de agua. Y de ahí o remontas o languideces en tu puesto durante tu jornada laboral rogando para que no se alargue.

Las resacas de fines de semana son diferentes. El sofá-manta es el plan que se impone en la mayoría de estos casos. El sofá se muestra con sus sugerentes curvas y se enseña goloso para que te revuelques con él. Y lo bueno es que eso no son cuernos. El sofá no se enfada si te vas con otro sofá. El sofá no pide que le llames, ni te pregunta en qué piensas, ni espera que tengas detalles o vayas a cenar con sus sofás amigos, ni… uy creo que me estoy yendo del tema.

Pero en general, a la hora de encarar una resaca, la clave es llevarla con sentido del humor, merece la pena. Y no, no os confundáis, hoy no tengo resaca, pero me sé de una que cumplió años ayer que sí. Ánimo y ya sabes… almax e ibuprofeno.

El perro de Paulov

¿Alguien más se ha preguntado qué tipo de perro sería el de Paulov? No sé, es que un señor que se llama Paulov no le pega tener un caniche. Siempre me he imaginado algo tipo boxer, quizá porque estos perros son muy de babear y por ahí iba la gracia del experimento de este señor. Pero bueno, tonterías aparte, me llama la atención como reaccionamos ante diferentes sonidos. Sí que es cierto que el sentido que más empleamos es la vista, pero creo que el oído y el olfato los tenemos algo infravalorados y que cuando entran en funcionamiento nos marcan sensaciones más profundas que la vista. Seguro que todos habéis dicho, o habéis oído decir, eso de “huele como en casa de mi abuela” o una frase similar.

Todo esto viene por la alarma de esta mañana. Lo que es mi mente, oigo una alarma y pienso en un perro… yo soy así. El caso es que esta mañana he oído la alarmita del móvil (los que tenéis bb sabéis que sonidito es, y fijo que también lo odiáis) he salido de la cama y, cuando iba a entrar en la ducha, me he dado cuenta que era una hora antes de lo que debería. El caso es que sí que había oído una alarma de bb, pero no de la mía, sino de la del vecino de al lado. Pero al más puro estilo pauloviano, que no perro que sino me habría quedado en la cama, sin pensar me he puesto en marcha.

Nos domestican desde pequeños. Nos pasamos la infancia a golpe de campana en el colegio. En mi caso en EGB, BUP y COU (ya sabéis, tener 33 años tiene estas consecuencias), éramos como galgos en tensión esperando oir el tiembre para salir corriendo de clase (lo de entrar nos costaba más, eso sí). Y en la banda sonora de nuestra vida nos ha quedado marcada la canción de movierecord en el cine (me vais a odiar porque se os ha metido en la cabeza y la vais a estar tarareando todo el día).

Los bucólicos hablan de los sonidos del campo, los urbanitas echan de menos el ruido de la ciudad y está claro que una buena canción puede hacer que sueltes la sonrisa quieras o no (por favor, hoy la música bajito que me duele la cabeza).

Dios nos dio orejas para oír y a veces hasta escuchamos. Deberíamos hablar menos y decir más cosas, porque a fin de cuentas el silencio es un bien mucho más escaso que el trabajo en España y sino una reflexión… ¿de verdad alguien cree que cinco millones de españoles pueden estar callados a la vez? Pues eso, que Paulov tenía un boxer.

33

33 años, la edad de Cristo. Si 22 son los dos patitos 33 son… ¿las dos serpientes? Bueno, el caso es que ésta es la cifra a la que he llegado hoy. Y tan contento. Creo que los cumpleaños se inventaron porque en el fondo todos tenemos nuestro pequeño afán de protagonismo. No lo voy a negar, sentirse el centro del mundo por un día me gusta. Todos no que cansa, al menos a mí, pero uno apetece.

Eso de “es mi cumpleaños” es una estupenda arma de chantaje emocional. Consigues que los demás hagan lo que te dé la gana y te sales con la tuya con facilidad. Es que es tu cumpleaños.

Con los cumpleaños me pasa como con los Reyes Magos. Se supone que según vas haciéndote mayor estas cosas te hacen menos ilusión, les das menos importancia. Pues a mí no. Me gusta. Y debo decir que en este sentido que exista facebook es una maravilla. Te felicita gente que de otro modo jamás lo haría, no por falta de ganas (espero), sino por desconocimiento de la fecha.

Pues eso, que si me veis por la calle acepto abrazos, felicitaciones y sobretodo regalos. Feliz cumpleaños a mí mismo.

Salamanca campera

Después de este puente en Salamanca (ya he vuelto, tranquilos) me he dado cuenta de dos cosas. Por un lado de lo mucho que me gusta mi ciudad, y por otro, de lo diferente que es la vida en Salamanca a la vida en Madrid. Los salmantinos tenemos nuestras rarezas, nuestras cosillas peculiares que hacen que se nos distinga fácilmente.

En primer lugar, y como ya he comentado, en Salamanca amamos al cerdo, lo adoramos, es nuestro mejor amigo del mundo mundial. El perro no, el cerdo. Nos comemos todo el cerdo entero, nos gustan hasta los andares. Hay dos cosas que un salmantino residente que se precie hace a diario: pasar por la Plaza Mayor y comer algo de cerdo. Y ya para rizar el rizo, puedes tomar un pincho de panceta en la Plaza y con eso lo bordas.

Los salmantinos vamos por la calle emitiendo sonidos y moviendo la cabeza según nos vamos cruzamos con gente. Eso que en Madrid parece algo extraño, nosotros lo llamamos saludar. Y usamos expresiones en los bares del tipo “ponme lo de siempre”, “la próxima ronda es mía”, o “mañana paso a pagarte”… aquí en Madrid todo esto suena muy raro. No vamos a comer a un restaurante, comemos donde Nacho. Una caña sin pincho nos parece como un bocadillo sin pan. Y salimos a la calle sin plan fijo ni hora de llegada.

Los salmantinos candamos la puerta, nos comemos un hornazo y, si hace frío, unos huevos fritos con farinato. No todo el mundo puede ser salmantino, pero os dejamos visitarnos.