Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: diciembre, 2012

Los malos somos más divertidos

Lo tengo comprobado. Los malos somos mucho más divertidos. La maldad en el humor, en la forma de ser, en la forma de pensar, es algo que me atrae. Normalmente cuando hacemos algún comentario la gente nos mira, sonríe y suelta aquello de “no seas malo”. Pues yo quiero serlo, me lo paso mejor. No digo que hay que ir por la calle dando patadas a viejecitas y atracando bancos (ya se encargan los bancos de atracarnos a nosotros, respetemos el orden natural de las cosas), pero un poco de picardía no le hace mal a nadie.

Así los malos nos acabamos juntando. Si hay un malo cerca comienza una atracción que hace que, quieras o no, acabes a su lado. Los malos tenemos química. Y hay muchas formas de ser malo, pero hay algo que no puede faltar, y es la inteligencia. Para ser malo hay que ser listo. La maldad se fomenta con dobles sentidos, frases a medias y comentarios sutiles que no todo el mundo puede pillar. No es lo mismo ser torpe que malo. Los malos me gustan, los torpes me ponen nervioso.

Los malos somos como los delanteros centro… parece que no estamos, pero de repente soltamos una y metemos gol ante el regocijo de los que nos rodean. Los malos no jugamos para el equipo, pero a veces nos juntamos en equipo para jugar. Los malos tenemos la cabeza puesta dos comentarios por delante y pensamos que todo el mundo se da cuenta de por dónde queremos salir. Pero no, ellos no son malos.

No voy a dar nombres, ellos lo saben de sobra. Los malos lo son por muchas razones y de muchos tipos, pero al final, como ya he dicho, nos acabamos juntando. Larga vida a los malos.

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Sí, pero…

Qué odiosa palabra. El pero es la zancadilla a un piropo, a una buena noticia. Nos ilusionamos, nos crecemos, nos venimos arriba y viene el señor pero a darlos una colleja para ponernos en nuestro sitio y que nos dejemos de tonterías. El pero es la letra pequeña de las conversaciones, es la mancha en un vestido de novia, el grano en la cara el día de tu primera cita…

Le tengo manía. Vamos creo que todos se la tenemos. Que sí que cierto que en algunas ocaciones, contadas y pocas, el pero nos da una pequeña alegría. Excepciones que confirman la regla que no consiguen que el pero siga siendo el enemigo natural del optimismo.

No me quito culpa, ni me hago el inocente. El mecanismo del pero está presente en mi vida al igual que en la de todos los demás. Y es que no hay verdades absolutas, ni frases que no se puedan condicionar. Siempre ha sitio para un pero, aunque no se mencione queda en el aire y lleva su presencia y crea dudas. Si no hay verdades absolutas no hay nada en lo que realmente podamos creer. Todo depende, todo es cuestionable.

Y es que me encanta entrar aquí, contar mis cosas a pesar de que pocas recibo feed back, pero hay días que no me apetece.

Los coches de mi padre

Como muchos sabéis nosotros veraneamos en Santander. Primero mi abuelo, luego mi padre, ahora yo. Cierto es que yo tuve un par de años que no me dejaba ver por ahí, pero bueno como bien le gusta a Alfonso Guilarte (padre) he vuelto a redil. El caso es que tras tantos años en el mismo sitios empiezas a conocer a la gente que tienes alrededor. Lo que quiero contaros ahora le pasó a mi madre charlando con los del tolde de al lado. Y es que si pasas horas y horas en la playa (lo de mi madre con la playa creo que es adicción, de pequeños si llovía, pero poco, nos hacía bajar) una buena anécdota puede salvar una mañana.

El caso, que me voy por las ramas, un día el señor del toldo de al lado le contó a mi madre una historia. Ésta:

“Pues mira Macarena, me han contado que hace un par de años dos familias  se fue de vacaciones a un pueblecito de Asturias. El caso es que estaban en un chalet en un plano bastante empinado como de dos km de largo. Un la parte de arriba del prado había hecho un escalón artificial y ahí estaba construido el chalet. El caso es que parece ser que fueron por delante las mujeres con los niños y los maridos iban a llegar por la noche. Al llegar por la noche los maridos lo primero que ven es el coche en el que ellas habían venido estrellado y subido encima de un pino. Claro los dos hombres suben como locos conduciendo en plan rally hasta la casa, entran asustadísimos y ahí estaban sus señoras con sus hijos como si tal cosa. Se olvidaron del freno de mano… el coche fue primero poco a poco por la pendiente del escalón, luego lanzado por el prado cuesta abajo para acabar volando y subido en el pino. Y ellas como era de noche ni se habían enterado.”

Mi madre lo miró, y le dijo, “que sepas que lo has contado estupendamente. Era nuestro coche”. Y era verdad… no me olvidaré la cara de susto de mi padre al entrar, ni la imagen al día siguiente del Volvo subido al pino.

El caso es que mi madre tuvo que comprarse otro coche, evidentemente. Se decidió por un Audi 100. Por aquél entonces mi primo Luis, que vivía en el piso de encima nuestro, estaba mucho tiempo en nuestra casa. A mi padre le divertía horrores hacerle rabiar. Para empezar, y como le llamábamos Luisote, mi padre empezó a llamarle Luis Bote (o Bote Luis). Se pillaba unos cabreos… hasta el punto que mi padre un año al hacer el cartelito del regalo de mi primo el día de Reyes, puso para Luis y pintó al lado un bote de coca cola…

Por cosas que pasan mi tío Luis (padre de Luis Bote) se compró un Audi… pero 80. Y mi padre vio que tenía ahí un filón. Empezó por llamar a nuestro coche “la bala azul” y le decía a mi primo ” aver Luis si está claro… Audi 100 todo va bien, Audi 80 si se mueve revienta”. Además un día empezó a contarle mi primo que la bala podía volar… mi padre se ponía serio, presionaba un botón (el de aire climatizado) y le decía “¿ves cómo vuela Luis?”. Mi primo terminó diciendo que sí que lo veía.

Cuando el Audi ya murió, y como por el tema de los caballos usábamos mucho el remolque para llevarlos, mi padre se compró un todoterreno, un Grand Cherokee V8 Limited (creo). Un día mi padre, con el coche nuevecito (tendría como dos semanas) vino a comer con un cliente a Madrid. Tras dar unas vueltas aparcó en una de esas calles donde hay un andamio de obras para arreglar una fachada. Se supone que no se puede, pero bueno había muchos más. Mi padre ve al cliente y le dice “vamos en tu coche a comer que el mío ya lo tengo aparcado”. Vuelven de comer y el coche no está. Mi padre cabreado en plan ya es mala suerte que con todos los que había mal aparcados la grúa justo se lleve el mío… Mala suerte sí. Grúa no. El coche estaba en manos ajenas camino de vaya usted a saber dónde. Total que mi padre se compró toro igual y decidió hacer como si no hubiera pasado nada. Lástima que mi padre olvidara un detallito. No contarlo, por eso como él lo cuenta pues yo también.

El Cherokee murió de repente. Sin avisar. Y el verano estaba a la vuelta de la esquina y mi padre necesitaba un coche grande para las vacaciones familiares. Pero rápido. Así que mi padre se plantó en los concesionarios de Salamanca buscando un todoterreno. Fue a la Ford, Chrysler, Volvo… pero lo quería ya. En la Volvo tenía uno que se podía llevar casi en el momento. Volvimos a tener un Volvo, lo que os da una idea del poco interés que tiene mi padre en los coches.

Y llegamos al coche actual. Un Volvo Sl40 (creo, que yo de coches como que nada y menos). Descapotable con capota rígida, la verdad que me gusta. Un día íbamos a comer en un restaurante enun pueblo de Santander (no recuerdo ahora el nombre del pueblo ni del restaurante, pero tienen unas judías negras pequeñitas que hay que probar, en serio, se llaman cáricos).  El caso es que íbamos a comer todos y como no entrábamos en un coche mi padre y mi hermana deciden que ellas van en el Volvo… y claro lo descapotaron porque era más glamuroso. Pero Santander es Santander… ahí iban las dos sonriendo con la capota bajada por la S-30 mientras la lluvia les caía encima. Mucho glamur sí.

Pues estos han sido los coches de mi padre. Los que yo he visto, vamos.

Estampidas

No todos los días estoy muy lúcido ni todos los días se me ocurre algo que contaros. Días como hoy, que mi cerebro está en huelga pido ayuda. El caso es que tengo una amiga, que me ha dado una idea, un punto de vista, una verdad. No puedo estar más de acuerdo con ella.

Si hay algo que caracteriza a los madrileños (los nacidos aquí y los adoptados) es se devoción y defensa de su amada ciudad. Nada que objetar en este sentido. Lo curioso es la estampida que se produce en cuanto hay dos días de fiesta. Pero vamos a ver ¿no es la mejor ciudad del mundo? Pues ¿dónde vais? Si vais a ir a peor… si vais a perder en calidad… anda no seáis bobos y quedaros agustito en Madrid que ya nos vamos los foráneos a nuestras casitas.

Es muy curioso lo de los madrileños que, estén donde estén, no paran de comparar su ciudad con su destino. En Madrid las calles son más largas, los bares cierran más tarde, los restaurantes son mejores, las palomas no cagan… pero oye que salen todos corriendo. No lo entiendo.

Lo único que es verdad es que se pongan como se pongan, en Madrid no hay mar. En Salamanca tampoco, pero es por joder.

Señales navideñas

Ya no queda nada para Navidad. Nos guste o no. Y antes de que alguna que conozco me llame Grinch que quede claro que no estoy diciendo que no me guste la Navidad, sino que va a llegar de todos modos. Sí que es verdad que ésta va a ser una Navidad low-cost, pero quizá perdamos así el ansia consumista y volvamos a la esencia de unir las familias en torno a una mesa para limar viejas rencillas que quedaban pendientes. No se lo cree nadie. Lo que nos gusta de la Navidad es comer, beber y los regalos.

Me he dado cuenta que ya está acechando Rudolf por dos motivos. Primero, mi vecino ya ha colgado en la puerta una corona navideña. ¿No se parecen esas coronas a las de las olimpiadas romanas? Igual están ahí colgadas como premio al que sobreviva la Navidad. En cierto modo la Navidad es una orgía romana, excesos por doquier y derroche sin parar (voy camino de la excomunión, lo sé).

El otro motivo es que ya se oyen rumores y preguntas para gestionar los regalos. La pregunta suele ser ¿cuánto ponemos y quién se encarga? En el cuánto ponemos al final se suele llegar a un acuerdo con facilidad (poco), lo más complicado es el quién se encarga. Es el efecto contrario al de los donetes, preguntas quién se encarga y no encuentras amigos por ningún lado.

Otro síntoma navideño típico es que nosotros mismo nos convertimos en enormes paquetes de regalo. Entre guantes, abrigos, bufandas, gorros… la única rendija de piel que dejamos libre es la de los ojos. Vamos que ligar por la calle es como comerte un kinder sorpresa, no sabes lo que te vas a encontrar dentro. Y es que hace frío. Siempre me ha resultado curioso eso de me apetece un caldito, que con el frío que hace… pero vamos a ver ¿acaso en los bares y restaurantes no hay calefacción? si comieras en la calle pase, pero ahí calentito como si te tomas un granizado, lo mismo te va a dar. Sobre esto debo de decir que en mi viaje reciente a Bruselas me han dado una habitación de hotel SIN calefacción. Eso es intento de homicidio. Lo de dormir pase, con dos mantas y dos edredones la cosa se podía llevar. Lo malo era el momento de correr a la ducha, o peor salir de ella… en esos momentos mi masculinidad habría quedado perjudicada de tener público.

Lo dicho que ya casi es Navidad. Quiero regalos.