Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: febrero, 2013

whatsapp ¿amigo o enemigo?

Que levante la mano el que no tenga whatsapp en su móvil. Bien, los de la mano levantada… sois raritos. Lo siento, pero eso es así. Oye cada cual a su rollo y a su ritmo, pero sois raritos. En fin, para todos los demás quería comentaros algo. El whatsapp es hoy por hoy una herramienta de comunicación, eso es evidente. Desde mi punto de vista tiene dos ventajas fundamentales. El primero y principal es que es gratis. El segundo es que allende nuestras fronteras sigue siendo gratis. Todos (o casi todos) tenemos un buen amigo que vive lejos, y el hecho de poder mandarle, aunque sea un saludo, de cuando en vez, hace que no nos olviden ni nos olvidemos. Apunte: cuesta mucho tiempo forjar una amistad y mucho menos olvidarla. Invierte tiempo en amigos, la rentabilidad es extraordinaria.

El whatsapp te ayuda a conversaciones con varios a la vez, dejar mensajes que la otra persona leerá cuando pueda… grandes ventajas, sin duda. Larga vida al whatsapp. Pero… ya sabíais que venía un pero ahora eh… el caso es que no todo son ventajas. Como todo en esta vida depende del uso que le des. Una pala puede ayudarte a tener un huerto precioso o a abrir la cabeza a tu vecino. No soy muy fan de la agricultura 8quizá por desconocimiento), pero veo más correcta la primera opción. Yo qué sé, cosas mías.

El punto es ¿quién no ha tenido algún malentendido por whatsapp? Puede que sea simplemente una anécdota. Puede que no. Ahí es donde más falla el inventito. No podemos olvidar que más del 80% de la comunicación que emitimos las personas es comunicación no verbal. Tanto es así, que, en un burdo intento de equiparar los mensajes escritos a los hablados (y ya no me meto en los visto o, por encima, en los emitidos cara a cara) hemos inventado los emoticonos. Las caritas. Pues no bastan.

Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero a mí por lo menos, si me quieres decir a la hora que quedamos un whatsapp, pero si necesitas que hablemos, contarme algo, preguntarme algo… buscamos un hueco y nos vemos. Evitemos malentendidos.

Anuncios

Cerrad la puerta por favor

¿Pero quién se ha dejado la puerta abierta? Madre mía el frío que está haciendo. Que no es normal. Y hablan de calentamiento global… pues como no quiera decir que tenemos que pillarnos un buen globo a base de chupitos para calentarnos no lo entiendo oiga. En esto los expertos son nuestros amigos del este. Que a base de buenos lingotazos de vodka van pasando sus inviernos de menos cuarenta grados. Tengo un buen amigo del este que un día me comentaba que en estos días de frío como si fuera gratis (de las pocas cosas gratis que van quedando en el mundo) le divertía escupir y ver cómo caía aquello en el suelo congelado y hecho una pelotita. Del tema del color de la misma nunca hablamos, supongo que depende del catarro que tengas. Vamos digo yo.

Que hace frío. En mi pistáchica oficina se ha instalado una tribu de pingüinos y se sienten como el casa. El jefe, harto ya de intentar sin éxito que se vayan, a solicitado que al menos expliquen a las visitas que se trata de pingüinos y no de cobradores del frac. Por aquello de la reputación de la empresa. La visita al baño diaria se ha duplicado en busca del calor y complicidad de ese pequeño cuartito. ¿Hay algo menos agradable que un baño helado? Te sientes desprotegido… en la muy poco digna postura de los pantalones por los tobillos y bajando el culo despacito hacia la taza del water con una duda en mente. Por un lado deseas que no esté demasiado fría. Por otro lado el notarla caliente es el modo de recordar que otro antes lo ha usado. Eso no mola. Nada.

Hoy no quiero una coca cola, quiero un caldito, no quiero un gazpacho, quiero una sopa, no quiero una ensalada, quiero un cocido. Contra el frío calorías y con torreznos de tocino se anda bien el camino. Sabiduría de toda la vida, oiga usted.

Un secreto

Lo reconozco, tengo un secreto. Bueno en realidad tengo varios. Todos guardamos cosas que son sólo nuestras, tuyas y mías. Todos tenemos esa pequeña parcela de privacidad, de intimidad. Todos tenemos un guiño con alguien que hace saltar una sonrisa sin que nadie más sepa nada. Y yo tengo un secreto.

Los que hay que son secretos a voces, los hay secretos enterrados y hasta olvidados. Mi secreto tiene fecha de caducidad, pero de momento sigue siendo un secreto. La magia de los secretos es esa. Cuidarlos y guardarlos. Hacer que vayan creciendo, que se vayan fortaleciendo. Que pasen a ser parte de ti mismo.

Los secretos son la cara b de las personas. Es aquello que no ves de primeras, pero está ahí. Puede que sean incluso mejor que la superficie. Puede que no. Grandes éxitos iban en la cara b. Grandes fiascos también.

Pero yo tengo un secreto. Me gusta mi secreto. Mi tesoro. Y sé que querréis saberlo, pero… es que es secreto.

La metamorfosis de la cama

Tiene toda la razón del mundo Ena. Pero toda eh. Es que no hay derecho. Te metes en la cama a la una de la mañana y no hay manera. Eso parece la cama de un fakir. Te pincha, te molesta, te revuelves y no consigues pillar la postura. Y encima entre vuelta y vuelta (como si fueras un solomillo) empiezas con esa manía de… vamos hombre que sólo me quedan siete horas para dormir.

Te pones de un lado, del otro, te tapas, te destapas, abrazas la almohada, la sueltas. Es todo un combate. En la esquina de la derecha con gallumbos azules y un peso de… bueno esto me lo callo jejeje… ¡Fer! y en la esquina de la izquierda con sábana bajera blanca… ¡la cama! Y ahí os lanzáis los dos. Con tantas vueltas casi, casi se puede considerar deporte. Tengo que ponerme en forma, quiero ser probador de colchones.

Lo curioso viene ahora. De repente, sin previo aviso, justo cuando la alarma del móvil amenaza ya con molestar (lo que antes llamaba la gente despertador), parece que la cama se relaja, se cansa, se rinde. Te arropa, cuida y da mimitos. Es como si la cama estuviera hecha con un molde de tu cuerpo. Te queda mejor que un traje a medida. Y abres el ojo. Despacito. Con la misma sonrisa de felicidad que tenías de pequeño al abrir los regalos de los Reyes Magos… y piensas… mierda sólo me queda una hora.

No es justo, no está bien pensado. Queridas camas vamos a llevarnos bien. Aprended de vuestro amigo el sofá que en media horita nos da una buena siesta y no se pone celoso cuando nos vamos con vosotras.

Y en ese momento en el que el móvil suena. Te despierta. Te incomoda. Miras al móvil con cara de asco, a tu cama con cara de pena y haces lo único que se te pasa por la cabeza en este momento… cinco minutos más.

Me gusta

¿Sabes Aina? Me gusta quedarme en la cama cinco minutos más. Me gusta el olor de las panaderías, de los libros nuevos, de las gomas de borrar. Me gusta ser dos en uno. Me gusta notar el calor del sol en la cara y el frío en la nariz. Me gustan los amigos que no preguntan, lo hacen. Me gusta gustarle a alguien especial. Me gusta las cosas buenas que se contagian, la risa, los bostezos, la alegría. Me gusta hacer cómplices y no rehenes. Me gustan los vasos medio llenos. Me gusta tener otra oportunidad. Me gusta soñar despierto y dormir soñando. Me gusta escuchar esa canción que te encantaba hace años. Me gustan los reencuentros casuales o causales… reencuentros de todos modos. Me gusta saber que algunas cosas siguen “como decíamos ayer”. Me gusta arrancar sonrisas sin previo aviso. Me gustan los niños que se manchan cuando juegan. Me gustan los perros. Me gusta el olor de la lluvia, a tierra mojada. Me gusta terminar lo que empiezo. Me gusta el color azul. Me gusta ponerme una americana y ver que me queda bien. me gustan las coquinas. Me gusta entrar en un bar y que me llamen por mi nombre. Me gustan las llamadas porque sí, los regalos porque sí, los besos porque sí. Me gusta cerrar ayer, vivir hoy y entrever mañana. Me gusta una caña y un pincho de tortilla. Me gusta verte sonreír.

 

no me gustan

No me gustan los porteros que tiran el jabón a la calle. No me gustan los atascos. No me gusta la gente que pita en el coche por las mañanas. No me gustan los charcos de ciudad. No me gustan los mensajes los mensajes de “tardo quince minutos” cuando estás ya en el sitio donde habías quedado. No me gusta la gente que no habla, sino chilla. No me gusta el despertador. No me gustan los ruidos raros que hace mi nevera. No me gustan los amigos que dejan de serlo. No me gusta que se me bajen los calcetines. No me gusta el olor del metro. No me gusta el plátano. No me gusta hacer cola en los aeropuertos. No me gustan los retrasos. No me gustan los duros a tres pesetas. No me gusta el olor a incienso. No me gusta llegar tarde. No me gusta tomar una copa. No me gustan los hospitales. No me gusta la gente que escupe por la calle. No me gusta la gente que mira por encima del hombro. No me gusta los que te etiquetan sin conocerte. No me gusta la salsa barbacoa. No me gusta el whisky. No me gusta echar de menos a las personas. No me gusta que algunas personas no me echen de menos. No me gusta el calor que hace en mi casa. No me gusta que los calcetines se escondan. No me gustan los timbres que hacen ding dong. No me gusta Telecinco. No me gusta olvidarme de cosas. No me gustan los lunes. No me gusta que no me gusten tantas cosas.

El caso es inventar

Ya nos ponemos a inventar cualquier cosa. Así a lo loco, sin pensar en si sirve para algo o no. Lo que nos importa es que sea algo nuevo, que no se haya visto. Y os preguntáreis… ¿qué habrá visto este tarado para que empiece así el post de hoy? Pues sí, queridos amigos, queridas amigas y queridas familias (Arguiñano qué grande es), efectivamente he visto algo que me ha llamado la atención, pero no creo que valga para mucho.

Ayer estaba yo haciendo “mis cosas”, lo que es la llamada de la naturaleza… sentado… bueno no voy a ser más explícito que a buen entendedor… pues eso, que estaba ahí y de repente tuve uno de esos momentos que todos tememos. Se terminó el rollo de papel. Antes de dar gritos de desesperación pidiendo ayuda, y teniendo en cuenta que al vivir solo no me iban a valer de mucho, pensé, mente fría (caña aquí). Todo se ve mejor con la mente fría. Nota del autor: tener la mente fría no quiere decir ponerse una bolsa de hielo en la cabeza. El caso es que recordé que en el armarito hay papel. Rollo nuevo y listo. Si un problema tiene solución no es un problema.

Pero yo notaba que había algo diferente. Había un no sé qué y un qué sé yo que yo no sé. Tenía esa sensación de pasa algo raro. Pensé, revisé mi rutina (sin detalles) y tras un tiempo (no diré cuánto porque algunos, pocos, me tenéis por inteligente) descubrí lo que pasaba. Allí, escondido en su soporte de la pared se asomaba el temido cartón de final de rollo de papel higiénico. Ese tubito que los chicos solemos dejar encima de la cisterna y misteriosamente desparece. Pero era blanca. Querrás decir marrón ¿no? no, era blanco.

Imaginaos mi asombro. Es como ver un caballo morado, una americana de flores (Paco Clavel qué daño hizo) o al Madrid vestido de verde (uys). Total, que no tuve más remedio que acercarme a ver el tubito. Tenía letras. Pues leí. A los demás españoles os diré que eso de leer la letra suele ayudar. Las instrucciones o recomendaciones o llámelo usted como quiera. El español primero lo jode y luego pregunta. Pues mal. En fin que tras leer eso me di cuenta de la eficacia y la magnífica aportación a la humanidad que los señores de Colhogar (acepto propinas por hacer publicidad) habían hecho a la humanidad. El tubito se deshacía al contacto con agua. Lo tiras al water y desaparece.

Vamos a ver… en qué momento un científico, alguien del estilo Punset, decide ponerse a trabajar en un tubito de papel higiénico que puedas tirar por la taza. Vale, Punset mal ejemplo que ahora anuncia pan Bimbo (¿he dicho que acepto propinas?). Vaya bronca tuvo que montarle su pareja para ir al laboratorio a pensar soluciones para no dejarlo más encima de la cisterna. Divorcio por un tubito de cartón.

O peor, qué cara se te queda si tú, como serio hombre de ciencias a la par que investigador recibes el encargo de trabajar en el mundo de los tubitos de papel higiénico. Debe ser un duro golpe a la moral.

En plena crisis, con los recursos limitados, con una cantidad ingente de ingenieros saliendo del país para poder buscarse la vida y a algunos les da por pensar en los tubitos de papel higiénico. Pues eso, que el caso es inventar.