niños pequeños y caprichosos

por Fer Población

Lo somos. Caprichosos y algo mal criados. Los somos. Todos tenemos ese pequeño detalle que nos lleva por el mal camino. Que nos hace disfrutar de algo aunque sepamos que no es correcto. Que nos hace pecar. Un poquito sólo. Sólo esta vez. Pero es que lo mejor de la tentación es caer en ella.

Lo que más nos mal cría es sin duda la comida. Estoy seguro que mucha gente se pone a régimen porque disfruta tremendamente saltándoselo. Es lo más divertido. Y en ese sentido reconozco que soy de lo más caprichosos. No soy de comer mucho, pero sí de comer por impulso.

Y mis antojos van desde lo más básico a lo más complicado. Puedo querer unos nachos, un gazpacho, una tortilla o una paella y no me importa tomar cocido en agosto o helado en diciembre. Los antojos son así.

Pero hay antojos más raros. Ayer por ejemplo me apetecía que lloviera. Me apetecía oír las gotitas haciendo carreras por el cristal de mi ventana. Oler la humedad del aire. Ver la manta de mil piezas redonditas que cubren y limpian Madrid. Me apetecía que lloviera, pero no llovió. No todos los caprichos se consiguen. Me enfado y no respiro.

Es más, precisamente los antojos más fuertes son aquellos que sabes que no vas a conseguir. Así de tontos somos. Mi antojo de este finde era irme de tapas a un restaurante que había en Salamanaca que se llamaba Tablanca. La parte clave es el había. Imposible ya. Pues me apetece más ir.

Realmente yo pensé que sí que iba a funcionar ese restaurante. El que lo cerraran me dio cierta sensación de que en el fondo no conozco a los salmantinos. Aunque después de tres años en Madrid tampoco conozco a los madrileños.

Soy el gran desconocedor o el gran desconocido. O ambas. O ninguna. Vaya usted a saber. Yo no sé.

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