Impermeabilidad emocional

por Fer Población

Hace unos días, mientras estaba en Santander me asomé a la playa. Ojo que no digo que bajara, que la playa y yo somos cada vez menos amigos, pero sí que me asomé. El caso es que estando apoyado en la barandilla mirando el mar me di cuenta que había a mi lado una mujer como de unos 40 años. Ella también miraba el mar, pero había una gran diferencia entre los dos, ella estaba llorando. Tenía los ojos cansados, la cara resaca de parir lágrimas y la pena a flor de piel.

La miré como miran las vacas al tren. Sin interés, sin comprenderla, sin ponerme en su lugar y ni tan si quiera intentarlo. La miré, pero no la vi. Simplemente giré la cara hacia el mar de nuevo me puse el mundo por montera y vuelva usted mañana. Nadie le preguntó. Ella llegó, lloró y se fue. Y ya está. Desde ese día no paro de darle vueltas al tema. De qué le pasaría, qué debí decirle. Las cosas sin hacer y las palabras nunca dichas se clavan en la memoria y nos marcan nuestro debe particular mucho más de lo que queremos o nos gustaría. Y te marcas a hierro en la piel de tu memoria esa fecha jurando que nunca mais con tanta fuerza, o más bien tan poca, como la promesa de abstinencia de los domingos de sofá, peli y manta.

Y vuelve a pasar, claro que vuelve a pasar. Nadie lo dudaba. Ha pasado esta mañana sin ir más lejos. De nuevo por la calle, de nuevo una chica, de nuevo llorando. Y todo ha vuelto a pasar. Ella iba andando, con prisa, llegaba tarde o quizá era la vergüenza de sentir el peso de las miradas ajenas en su cara marcada de pena. No sé. La he visto de lejos acercarse, se me han disparado las alarmas, he pensado en las palabras perfectas para conseguir quitarle algo del peso del mundo de sus hombros. Pero me he callado. No he sido capaz de romper la barrera que diferencia a los animales de las personas. Me he colgado la excusa de todo el mundo lo hace. O más bien todo el mundo no lo hace. Unos por otros la casa sin barrer.

He tenido dos oportunidades de marcar una pequeña diferencia. Con dos personas. Dos veces. He rechazado ambas. Dicen que a la tercera va la vencida, o no.

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