Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: noviembre, 2013

Cheque en blanco

La duda. La duda es enemiga perenne de la certeza. La duda se esparce como un rumor y va creando grietas y sombras en lo que pensábamos que era inquebrantable. Dudamos por dudar, dudamos de pensar, dudamos en seguir dudando y la duda dura tanto como queramos seguir dudando. ¿Sabemos lo que queremos? Lo dudo.

Venimos al mundo con la mente en blanco y vamos perdidos, como esponjas absorbiendo todo lo que nos rodea. Todo. Sin filtrar, sin decidir lo que nos conviene. Sólo pensando en lo que nos han dicho que nos conviene y haciendo oídos sordos, ojos ciegos o narices sin aroma.

Y dudamos en cada paso, cada día, cada decisión que abordamos queda con la sombra de futuros paralelos y las ganas de agarrar la vida como si fuera un juego y volver a tirar. Porque me toca.

Tenemos la duda marcada a fuego en el pecho y las ganas de no dudar. Dudamos de nosotros, de vosotros, de ellos. Dudamos porque sí y sin razón. Y, en pleno alarde de nuestras poco facultades mentales marcamos la duda como atributo innerente al ser humano. Nos quedamos tan ufanos con esta decisión y olvidamos tratar el mal. Asumimos el dolor sin buscar una cura.

Pues bien. Se acabó. Estoy harto. Harto de dudar, de pensar, de no saber. La duda se cimienta en los cables sueltos, las medias verdades, los brindis al sol. La duda, para ser herida de muerte, necesita una verdad absoluta, un peldaño firme desde el que poder dar un primer paso. Un rincón seguro y tan nuestro, que tenemos que compartir. Y yo he encontrado ese peldaño precisamente en los que me rodean aquí o lejos, los que me recuerdan, los que han compartido momentos, los comparten o compartirán. Todos.

Un cheque en blanco de apoyo, de certeza de lo que sois capaces de hacer, de cómo cualquier reto es afrontable. Es lo que os ofrezco. Si la duda os persigue, os recluta, os enamora… pagadle con mi cheque.

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Cien, más incluso

Como es lógico y normal el hecho de tener que pasar el día de mi cumpleaños tan lejos de todos los míos no ha hecho que sea el mejor cumpleaños de mi vida. No voy a decir el peor, pero ni mucho menos entra dentro del top ten, y es que ya con 34 primaveras (que aquí es primavera) hay bastante donde elegir.

Y no voy a negar que tenía bastante miedo a este día. Me preocupaba cómo iba a estar, cómo me iba a sentir, cómo iba a lidiar con la distancia en un momento sin duda algo complicado. Pues no ha ido mal la cosa. Hemos superado este escalón y seguimos mirando la escalera hacia el piso de arriba. Lo de abajo ya sé cómo es y quiero más.

Pero evidentemente hay que reconocer (al César lo que es del César) que el hecho de tener más de cien personas detrás felicitándome ha sido un espaldarazo importante. Esencial diría yo. Desde Chile, Salamanca, Madrid, Villanueva, Dinamarca, Alemania, EEUU… personas diferentes han decidido dedicarme unos segundos de su vida para mandarme un abrazo o beso… hasta algún que otro regalo. Pues estupendo.

La vida no es siempre tal y como queremos, muchas veces lo perfecto es enemigo de lo bueno y, si bien este cumpleaños no ha sido perfecto, sí que ha sido bueno sin duda.

Conclusión: ya somos cuatro compañeros en casa… Mario y sus jamones, Eurastio y sus misiones, Kikeso el colgao y yo con mis locuras… os tendré informado de Lo Que se Avecina en Cerro el Plomo 5601.

Clima cambiado

Se me hace raro estar a 28 grados en noviembre. No es que sea una casualidad, uno  de esos días tontos de invierno donde el sol le da por asomarse y tenemos calor con la bufanda a cuestas. No, es que aquí la cosa va a mejor poco a poco. Y claro es inevitable pensar que en un par de meses estamos en pleno verano aquí. Verano con todo lo que verano significa. Vacaciones, todo parado.

Personalmente creo el calendario encaja mejor en España. No, no voy haciendo alarde de que todo lo español es mejor, sería absurdo, lo digo por una cosa sencilla, aquí en pocos meses se juntan casi todas las vacaciones y luego hay un periodo muy largo de trabajo. Saltas de navidad a verano en apenas y mes y a la vuelta ya tienes la semana santa. Después se asoma un gran agujero negro de abril a finales de diciembre, ocho meses en los que hay que tirar de fines de semana o algún puente (aquí se llaman sanwiches). Por eso prefiero el modelo español, más espaciado, mejor repartido.

Si bien es cierto que las navidades las pasaré con frío, que iré a España, también se cierto que estar en febrero en la piscina va a ser algo extraño. Este año lo he pasado de verano en verano, bueno más bien lo estoy pasando. Esto sí que es cambio climático.

Mi casa

No, no voy en plan ET con el dedo hecho un chorizo parrillero gritando por las esquinas y señalando al Atlántico. Echo de menos mi casa, mis cosas, pero no voy por ahí. Me refiero a aquellos sitios donde realmente consigues sentirte como en casa. Agusto, relajado, cómodo. Sin necesidad de tirar de poses o de caretas. Sin tener que medir palabras ni forzar los tiempos. Sólo eres tú, ni más ni menos que eso.

Por supuesto os hablo de bares ¿de qué otra cosa podía hablar yo? Y es triste pensar, ahora que lanzo la vida al pasado, cómo la mayoría de estos lugares ya no existen. Síntoma inequívoco de mi avanzada edad. Recuerdo como primer pseudo-hogar el Medievo. Horas ahí metidos, noches sin fin. Era la primera vez que sentí ese gusanillo de todo chico que empieza a salir… esas frase de conozco a un camarero… nos invitan a la segunda… esa sensación que te hace sentir especial. Pasar de ser cacique cola a Fernando, pues era agradable la verdad.

De ahí pasé a Villanueva y conocí a dos personas muy diferentes, pero con las que he pasado grandes momentos y risas por kilos. El genial David (léase deivid) y el maravilloso Pitu. Ambos con dos bares, ambos los cerraron, cierto que por muy diversos motivos, pero, al menos con Pitu debo decir que tengo el placer de conocerle.

Mi último hogar de adopción, como muchas ya sabéis, fue Los Cubanos (ellos creen que se llama Premium bar, pero es mentira). Y ya no voy a hablar de lo bien que te ponen una copa, eso lo doy por hecho. Hablo de la sensación tan española de gente del bar. De los pequeños lazos que vamos creando a base de horas. De las charlas interminables de lado a lado de la barra. De dos amigos dispuestos a ofrecer momentos de calidad a todos los que pasan por su casa y, desde luego, mi casa.

Yo ya no estoy en Madrid, pero no dudéis que cuando vuelva de visita me encontraréis en Los Cubanos.