Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: diciembre, 2013

Mitos urbanos

No, no voy a hablaros de la nocilla de Ricky de los pechos de Ana, de la niña de la curva, del exhibicinista del barrio… no, nada de eso. Hay algo que me tiene mucho más asombrado, preocupado, descolocado… me han dicho que hay sitios donde venden cajas de cartón. Me lo han dicho, pero nada oye. Que no aparecen. Pero es que no lo tienen. Las cajas de cartón son como los taxis libres, basta que necesites una para que no las encuentres. Para mí que es un complot, hay una red de espionaje de los fabricantes de cartón que protegen con celo su mercancía. No eres digno de poseer cartón… no puedes pasar.

Que no ha habido manera. Que necesitaba una caja para mandar unas cosas a España… ¡y me he tenido que comprar una maleta! Vale que uno no es muy listo, que no me apaño mucho y que estoy en Chile, pero todo he empezado a verlo claro cuando mi madre me ha asegurado que de no ser porque en Correos en España te las venden ella tampoco habría sabido de dónde sacarla. Bien. Esto nos da dos pistas. Por un lado ya sabemos con quién tienen el complot los fabricantes de cajas… con Correos. Si necesitas una caja se pone en marcha un proceso en el que los funcionarios corren por las calles delante tuyo escondiendo y amenazando para impedir que te hagas con una. Por eso os digo que cuando veáis un funcionario de Correos pasota… realmente lo que está es agotado de correr (de ahí correos), un poco de comprensión hombre.

La segunda pista es que las cajas deben estar hechas de algún material mágico. El cartón es el nuevo mithril (mi punto friki), el platino, tener una caja de cartón es mejor que tener la Master Card Black (he visto una, delante mío, en directo…). No todo el mundo es digno de una caja. Los propios anuncio de tanta fama hace poco lo dejaron claro… un palooooo, una piedra… pero de una caja nada. Que se joda el niño que una caja no se la merece.

Mi ropa está triste. Mucho. Ellos que tenían ilusión de viajar en caja, de poder presumir luego por el armario… y nada, al final un mísero viaje en maleta. Qué chasco. Que te pase eso es como si vas a viajar en limusina y al final te llevan en bus. Pues no es lo mismo.

Si alguien ve a mi ropa antes que yo, por favor no sed crueles. La culpa es mía. Mía y del complot de las cajas de cartón.

La cigüeña y sus quehaceres

Siempre se ha hablado del tema de que las cigüeñas vienen de París y traen los niños. Dato que me parece muy inquietante, ya que eso querría decir que todos somos franceses. Eso acojona a cualquiera. Pero aparte de eso yo realmente no conozco a nadie a quien sus padres le hayan contado eso de la cigüeña. Soy de una generación en la que esas cosas las aprendíamos en la calle. Yo no he tenido clases de educación sexual, ni mis padres me han sentado a hablar de cómo se hacen los bebés… y no hemos salido tan mal oye.

Que nadie me entienda mal, que no digo que no sea importante dar información a los jóvenes que, pese a que la tasa de natalidad de España está bajando no es plan de que la cosa mejore a base de “aquí te pillo aquí te mato” con sorpresa a los nueves meses. Lo que me planteo es que no me veo yo delante de mi hijo contándole los misterios de la vida, bueno de cómo se crea la vida. Vale, lo de la cigüeña o las abejitas está algo demodé, pero la fórmula “papá pone una semillita dentro de mamá y la empuja fuerte con la…” pues tampoco.

Tener un hijo implica responsabilidad, tomar decisiones, ser coherente, sacrificarse. Tener un hijo debe ser la putada más bonita que te puede pasar en la vida. Y todo esto lo dice alguien que está muy lejos de tener uno, lo más parecido a pareja que tengo es mi dinosaurio de peluche y ni él es fértil, ni a mí me va la zoofilia… complicado entonces.

No deja de sorprenderme cómo han encarado la paternidad mis amigos, cómo sacan adelante día a día el que considero el trabajo más difícil del mundo (no solamente no remunerado, sino que es una inversión a fondo perdido) y cómo lidian día a día con mil y un problemas. Quizá esa es la clave, vivir día a día, afrontar el reto que tienes justo delante ahora.

Como diría Juan Carlos me llena de orgullo y satisfacción ver lo grandes padres que son y que van a ser mis amigos. No tengo duda de ellos. Si todo sigue así, puede que nunca llegue a ser padre, pero siempre trataré de ser un buen tío.

Candy ¿qué?

No, nunca, jamás, en ninguna ocasión, never… no he jugado al candy crush. Hala ya está, ya lo he confesado. Me he quitado un peso de encima… y yo pensaba que era el único. Llevaba este estigma con resignación y miedo pensando que iba a ser escluído y señalado por ello. Pues no, parace que no soy el único. Hay más. No jugadores del cabdy crush alzaos. Revelad vuestra condición. Juntos podemos.

Es curioso cómo en este caso los frikis, los nerds, los raritos somos los que no jugamos. Si alguien me dice que iba a ser diferente por no jugar a un jueguecito de ordenador (o de facebook o lo que sea) me caigo de espaldas. Yo que he leído a Tolkien, yo que leía comics, yo que entraba en canales irc, yo que jugaba al rol, yo que montaba a caballo… y resulta que soy raro por el candy crush. Oye qué cosas. Por más tiempo que pase la vida no deja de sorprenderme.

Y ahora que estamos en confianza, así entre tú y yo, debo decir que no sólo no he jugado, ni siquiera sé de qué se trata. Pero ni idea oye. Veo cosas de colores, niveles… pero vamos que no sé más. Me da miedo ¿y si es adictivo? ¿y si no puedo dejarlo? No sé.

Alguien debería plantarse, estudiar el fenómeno. Propongo un proyecto candy ya para adictos serios. Que puedan ir, desengancharse, sentirse entendidos… hola me llamo Manolo y llevo doce días sin jugar a candy crush…

Que alguien haga algo, y mientras tanto… Bea, Lorenzo, Blanca, Emilia, Lu… resistid.

Vuelvo a casa a vuelvo

Sí, en parte vuelvo porque es navidad. De hecho en estas fechas iba a estar en España de todas formas. La novedad es que ya me quedaré ahí, se termina mi pequeña aventura chilena. Esperaba más, eso es cierto y para ser sinceros tengo una sensación agridulce. Por un lado es cierto que tengo cierta sensación de derrota, de no haber conseguido lo que esperaba, de no haber conseguido que las cosas se armaran y avanzaran. Pero no creo que esté siendo muy justo conmigo con esta forma de pensar. En el fondo es complicado sacar algo adelante si no ha llegado a existir.

Seguramente con el paso de los días podré ir haciendo un balance de estos meses. Los errores (seguro que muchos), los aciertos (espero que alguno), las personas que he conocido, las personas con las que me he reencontrado, las costumbres que me han sorprendido, las que me llevo conmigo… quizá en este breve pololeo con Chile (noviazgo) el tiempo ha sido demasiado breve para que haga mella en mí o yo en él. Ha sido más bien un romance de verano. Intenso, desconcertante, duro y efímero. De esos por los que penas en septiembre (en Chile sería en marzo) y olvidas en octubre (abril chileno).

Pero ha sido. Puede que vuelva a ser, eso nunca se sabe. Lo que me queda claro, de lo que no tego duda alguna es que lo he intentado. Con frecuencia en España oyes los lamentos, quejas, protestas de la gente joven que no tiene espacio o cabida en el mundo laboral. Vale, es cierto, es una faena (por no decir putada), pero hay otras opciones. Quejarse sin hacer nada sirve de muy poco.

Me voy por donde vine. Con un año más, una amiga más y una decepción más. Me voy sin apetecerme, aunque me apetece volver. Me voy hasta no sé cuándo y tampoco dónde. Lo único cierto es que me voy.

Conflicto de fronteras

Tengo un conflicto serio en mi cuarto de baño. Pero serio de verdad. Se nota más tensión que en la Guerra Fría y la verdad que yo, por muchas vueltas que le doy, veo pocas opciones de llegar a ningún acuerdo de paz. Y es que es imposible, por más que lo intente, por más que tenga cuidado la definición de territorios de los contendientes no está definida, y claro, como la tensión siga subiendo mucho me temo que la cosa acabe en guerra.

En serio, mi champú y mi gel de cara van a llegar a las manos en breve. Y es que en mi caso no queda claro dónde termina el trabajo de uno y dónde empieza el del otro. Y los dos tratando imponerse consiguen tal volumen de espuma que me sirve primero para simular la barba blanca, que si bien no es del todo necesario puesto que cuando yo me la dejo crecer ya tiende a ese tono, sí es muy adecuada para las fechas que vienen. Y segundo para tener tal irritación de ojos que simulo perfectamente las fotos de cámaras tomadas con flash que salimos con los ojos inyectados en sangre. Pero sin flas, y sin cámara, y sin foto… sólo los ojos.

Los que tenemos las ideas algo al aire tenemos serio conflicto para determinar dónde termina la cara y empieza la cabeza. La frente, lejos terminar de forma brusca y maracada en estilo cubista, se perpetúa por la cabeza alegando al esfumato o puntillismo. Y así no hay quien se aclare.

Algo de culpa tengo yo también. El gel de cara, buscando un consenso, ha propuesto que el criterio sea actuar en las zonas donde usualmente hay pelo. Lejos de consentir el champú alega que en muchas ocasiones, al dejarme barba, también hay pelo en la cara. Esto ha creado un conflicto de gran tensión y el gel ha señalado al champú algunas zonas donde también hay pelo y a las que podía irse… ha sido recriminado por ello y puesto de cara a la pared.

La espuma de afeitar, tratando de mediar en el conflicto, tuvo una conversación con el gel de baño quien le habló de la existencia de unos dibujos a la altura de mi tobillo. Por lo tanto para ella la solución es sencilla, simplemente yo debería pintar una línea en la frente que haga de frontera… vamos que me dicen que me dibuje la frente como si fuera un click de playmobil (con lo que a ti te gustan eh Pel). Por ahí no paso…

Y digo yo… si ya hay limpiadores del hogar que valen para todas las superficies, se hay pastas de dientres con elixir bucal, si los cocineros hacen mar y montaña… ¿nadie puede inventar un lavatodo para mí? No quiero tomar medidas drásticas, pero con esta tensión cada vez que me ducho parece una sesión de la OTAN.

Grandes inventos españoles

Los españoles tenemos momentos, ratitos, instantes en los que nos da por pensar. Y pensamos eh. Y de esos ratos en los que nos ponemos a pensar hemos hecho grandes aportaciones a la humanidad. Vamos que nuestra vida no sería lo mismo sin el cerebro español. Que ahogamos y torturamos nuestras neuronas en alcohol, cierto, pero las pocas que nos quedan les sacamos jugo.

Empecemos hablando por el autogiro, que más adelante pasaría a ser el helicóptero. ¿Qué sería de una peli de acción americana sin un helicóptero suelto? La cosa perdería mucho. El helicóptero es el transporte vip de los héroes de acción… y esa toma con la puerta de atrás de un helicóptero bajada, las hélices rugiendo y el héroe arma en ristre y la heroína forzando el golpe de cadera… mítico. Os pongáis como os pongáis eso con un tractor no es lo mismo. Pierde glamour la cosa.

Dos objetos que nos definen perfectamente, que son esencia de España y que muchas veces olvidamos son la bota y el botijo, españoles por supuesto. El arte de beber de ambos se está perdiendo. Es más los pocos entrenados cuando tratamos de beber de ellos adoptamos una postura en la que perdemos toda nuestra dignidad. La postura a la que me refiero tendría los siguientes pasos:

– primero abrimos las piernas como si la ropa interior puesta fuera de alambre de espino (hablo de una hipótesis, desconozco el motivo, y quiero seguir así, por el que alguien podría llevar realmente ropa interior de alambre de espino).

– segundo sacamos tripa y nos inclinamos para adelante imitando al noble animal del sapo.

– tercero ponemos morros tipo Esther Cañada

– cuarto alargamos las manos con la bota o botijo y lo vamos levantando hasta que sale el chorro. Puede que este gesto tenga alguna reminiscencia religiosa y se trate de ofrecer el trago a dios.

El resultado es siempre el mismo. Nos mojamos y apenas bebemos. Con la bota tenemos un interesante premio adicional: nos manchamos.

Sigamos viendo inventos. De toda la vida es el refrán de la letra con sangre entras, vamos que las cosas se aprenden a palos, y eso del palo se nos ha quedado grabado en nuestra mente. Si quiere limpiar el suelo sin hacerte daño en la espalda… pues un palo y tienes una fregona. Si quieres comer un caramelo y tener pinta de cochinota… pues un palo y tienes un chupachups. Un palooooo.

Y hay más, pero para eso tenéis wikipedia. Españoles tenemos que seguir pensando, el futuro del mundo depende de nosotros.

Salto al vacío

La vida es aquello que te sucede mientras vas haciendo planes. No hay duda de eso, y sé que esta frase ya la he traído, posteado y escrito muchas veces, pero no por ello es menor cierta. No hay duda. Si alguien me hubiera preguntado que dónde iba a estar a mis 34 años cuando tenía 15 seguro que habría pintado una foto muy diferente.

Me habría descrito casado, con hijos (con 15 los 30 suena a ancianidad) en Salamanca. Ni una oye. Si pudiera hablar con el crío de 15 años le diría que como futurólogo no nos íbamos a ganar la vida. Y aquí estoy a muchos kilómetros de mi todo y con Eurastio como la más similar a pareja.

Y puede que no termine aquí la cosa… puede que la vida me depare otro salto. O no. No sé. Lejos de tratar de hacerme el interesante es de ese no sé del que quiero hablar. De esa sensación de incertidumbre, de sentirse desarraigado, de no tener un poso, un mañana marcado a fuego en el calendario. Ir viviendo al día sin más pregunta que lo que voy a cenar. Sé que los hay, y los conozco, que marcan este proceso como rutina. Que disfrutan no estar atados o atascados. Yo no. Quiero plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo y lo más parecido de esas tres cosas que he conseguido es esta colección de párrafos que voy soltando a alguien, a ti.

No se trata de plantar un árbol, se trata de verlo crecer, no es tener un hijo, sino criarlo y cuidarlo y claro, no hablo de escribir un libro, sino de poner en letras aquello que consiga hacer algo mejores a los demás. Dicho así suena mucho más complicado ¿verdad? Tenía trampa, lo sé. Lo siento.

No sé qué va a pasar esta semana, la que viene. Y no saber es duro la verdad. Cuando vas amoldando tu esquema mental (si es que me queda algo de eso) a las circunstancias que tienes que vivir y una y otra vez se rompe en pedazos te sientes perdido, desconfiado, pero sobretodo muy cansado. Mucho.

Veremos cómo termina, no sé cuándo empezó.