Las envidias del armario

por Fer Población

Si alguien está pensando en que voy a hablar de salir del armario, de los que no salen, de lo que dicen los que salen de los que no han salido, de los que dicen que salen, pero no lo hacen, de los que viven encerrados en su armario… pues no, nada más lejos de la realidad.

No van por ahí los tiros. Por donde voy es por lo injustos que somos con nuestra ropa. En serio. Y es que nos portamos mal, fatal. El pobre abrigo aparece por el armario y ya lo miramos con cara de asco. Porque nos recuerda al frío, al trabajo, a los días grises, a madrugar sin ganas. El pobre abrigo entra con recelo en nuestro armario rescatado de alguna caja oscura. Entra de puntillas, sin querer hacer ruido, con miedo a los reproches, a las miradas sesgadas. Y él no tiene la culpa. Él sólo trata de arroparnos, de mantenernos sanos, de hacer nuestro día a día más agradable. ¿Se lo agradecemos? no.

Pero claro… ¿qué pasa con el bañador? lo contrario. Llega orgulloso (sacando pecho si es bikini) y seguro. Se recrea en nuestra sonrisa y alegría, se viene arriba, se crece. El bañador es verano, son vacaciones, son días de despertador en off, de más horas de sol, pero de noches más largas, de amigos de hace tiempo y pocos días. Días de cargar las pilas.

En los armarios de hombres, aquellos que no tienen tanta cantidad de ropa y que no es necesario el cambio estacional de ocupantes, se convierten en pequeños institutos americanos donde los bañadores son los jugadores de los equipos deportivos y los abrigos los frikis del club de debate. Yo soy un abrigo. Ser abrigo mola. Los abrigos somos más.

Anuncios