Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: marzo, 2014

Los más plus

Me gusta ese signo. El plus, el más, el de aportar, sumar, poner algo, siempre positivo, nunca negativo. Y la gente que me gusta, y no digo me gusta en plan… es que esa chica me gusta y quiero darle besitos y abracitos, digo me gusta en plan quiero tomarme una caña, son de esos. Muy de esos.

Gente que se planta en los medios, que torea en corto, que se viste por los pies, que sientan cátedra y marca estilo. Los míos vamos. Yo sí que tengo la BBC de mi lado, buenos, bestias y algo cabrones, vamos lo que a mí me gusta. Los que recuerdas con una sonrisa y siempre te acompañan con un brindis al sol.

Somos grandes (aunque yo no en centímetros), somos únicos, somos especiales. En su nuestro afán por expandirnos damos el salto al mercado internacional. Fichamos lo mejor, sin cláusula, con la oferta de millones de risas y esperamos el mismo pago. Inversiones a fondo bebido.

Y nuestro nuevo fichaje es una auténtica estrella. Marca goles al estilo de su comprade Hugo y se rumorea que algún día por el Toni2 le han visto dar volteretas on the piano.

Bienvenida Pachanguis.

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Mutaciones y otros fenómenos

Ya está, se acabó. Ya no podía ser. Lo he intentado, pero me he dado cuenta de que lo nuestro era imposible. Hoy ha sido el día en el que me he tenido que despedir de Susa. Y es que Susa ya era muy grande y cada vez se traía más amigos, y claro al final poco a poco me estaban arrinconando y me hacía sentir incómodo. Hasta aquí hemos llegado. Susa era la pelusa que vivía debajo de mi mesa.

Empezó cual lindo cachorrillo blanquito y pizpireto correanto bajo las mesas, pero, con el paso del tiempo, fue ganando peso y mal humor y estaba cada vez más negra y molesta. Para mí que Susa tenía un pacto con la señora de la limpieza de la oficina. Un pacto mutuo de no agresión en plan vive y deja vivir. En este caso lo de señora de la limpieza está igual de mal puesto que llamar al día de San José día del padre, porque si está claro que hay algo que no era San José era padre de la criatura (o eso nos han contado).

Pues ya está Susa no está, Susa se fue, Susa se escapa de mi vida. Me vio llegar, escoba en mano, suplicó perdón, pero no. No podía ser. Susa se ha ido con su amigo  el moho del vaso de coca cola del viernes, otro amigo de la señora de la limpieza del que nos hemos tenido que despedir.

Hoy ha sido un día duro en la oficina. Ya somos menos, pero bien avenidos. Susa, descansa en paz.

“Profesionales” muy profesionales

De todos es sabido cuál es el oficio más antiguo de la humanidad. Con sus mil nombres y es que la picardía española se lanza a inventar con todas aquellas cosas algo picantes, gamberras, poco elegantes… esas cosas que las señoras mayores y los niños pequeños dicen y continúan con un jijiji. No es lo mismo un jijiji que un jajajaja, no tiene nada que ver.

A nadie puede extrañar que siendo el oficio más antiguo tenga sus mil artes, ofertas (ahora a esto se le llama marketing), defensores, detractores… en cierto modo es hasta un ejemplo de adaptación a los tiempos, a los nuevos modos de vida, a las tecnologías que aparecen y desaparecen. Cuántos oficios han desaparecido… son muchos los que se han quedado obsoletos o están en vías de extinción. Carreteros, carboneros, boteros, alfareros… quizá no han sabido subirse al carro de los tiempos o bien no cuentan con unos “atractivos” que los hagan tan apetecibles. Puede ser.

Pero es que estas y estos profesionales, que de todo hay, tienen muy claro cómo desempeñar sus labores antes, durante y después. Y todo esto viene por algo que vi ayer, antes de entrar al Bernabéu. Por un lado había una manifestación de los trabajadores de Coca-Cola que parece que van a ser despedido con el cierre de la planta de Madrid. Megáfono en mano lanzaban sus protestas… “Coca cola os engaña” (¿a mí? ¿a mí por qué?) “el vicepresidente del Barcelona cierra la planta de Coca cola y deja madrileños en el paro” (como se entera CR7…), y vamos que tuvieron un nivel de repercusión e interés igual que un libro de física en el plató de Sálvame.

Pero, por el contrario, por otro lado… dos buenos pares de pechugas pegadas a dos señoritas (no es machismo, es que la cosa era así) repartiendo folletos de “bares” y en seguida se monta un corro de gente alrededor como si repartieran dinero. Olvidando, claramente, que el oficio de estas chicas es el de cobrar. Como todo oficio vamos.

En fin, que como decían en aquella película, muy profesional.

¿Qué hay de nuevo viejo?

Mítica frase donde las haya, con ese conejo desnudo y chulesco, mordiendo una zanahoria y soltándolo así, sin preocuparse. Y que nadie tenga la mente sucia, ni piense en lo que no es eh. Y esa frase, como muchas cosas tontas que se me pasan por la cabeza, me ha hecho pensar. Lo nuevo y lo viejo. Junto, compatible. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni todas las novedades consiguen que tengamos la vida más llena. Ojo que no he dicho más sencilla, que yo, que soy fan del sencillismo, reconozco que los atajos son malos compañeros de viaje.

Un punto medio mire usted. Una de cal y una de arena. Y estaba yo pensando en mi amiga la vasca (que me lleva al cine, ole) que se ha puesto a dar clases de informática a señores mayores (dicho con cariño, viejos). Pues muy bien, las generaciones de antes se pueden subir al carro de esto de las redes. ¿Qué hay de nuevo, viejo?

Puede que ese sea uno de los grandes beneficios de la sociedad actual, por lo menos desde mi punto de vista, todos tenemos algo que enseñar, y todos tenemos mucho que aprender. El intercambio de conocimientos es constante, contínuo y está normalizado. Por más que lleve canas por bandera a nadie le importa preguntar a su imberbe hijo cómo funciona “eso de internet”. Y por supuesto a ese adolescente de pelusilla bajo la nariz no le molesta que aquél de manos arrugadas le comente cómo hacer para elegir el mejor pescado en el súper.

Que hemos hecho muchas tonterías es evidente, pero al menos, en esto, no estamos tan mal.

cosas que me hacen sonreir

Las hay eh. Muchas. Kike invitando a chupitos a chicas que bebían agua. Xena y su delicada piel. Winnie pensando en delfines. El vecino de en frente y sus perros patada. Pocoyo y sus mascotas especiales (sapos, serpientes y tortugas… es que es un poco bruja). Álex y sus retiradas. Carlos y sus caprichos. Me gustan las cosas sencillas, simples, fáciles. Ver a mis amigos, comer coquinas, hacer nuevos fichajes (fan de pachanguis), notar el calorcito de los rayos de sol en la cama mientras pienso en el cinco minutos más.

Me gusta cantar bajito, mover el pié al ritmo de música de dibujos animados. Me gusta la abeja Maya (aunque no sé si a Maca también). Un chiste malo, una sorpresa sencilla, un guiño del destino y a destiempo. Una persona que vuelve y los que nunca se han ido. Me gusta echar de menos, pero nunca echar de más. Me gusta gustar.

Me gusta ir con la verdad por delante y la sonrisa en la cara. Me gustas. Me gusta el trabajo nuevo de Edu. Sonrío si recuerdo los silbidos con Chemari, los concursos con Young Victor, los torneos con la chiquitaja. Llevo mucho bueno de mucha gente y soy más feliz pensando que ellos también se han quedado con algo mío… los karatekas somos así.

El título para el final

He oído muchas veces que cuando estás escribiendo algo, un artículo, un post, un cuento, una película, un libro… hay muchas personas que dejan el título para el final. Que es lo último que eligen. El título tiene que ser algo que llame la atención, que defina el total del producto, que consiga que los que lo oyen o lo leen se sientan inspirados a profundizar en la obra. Normalmente yo el título es lo primero que escribo, pero es que creo que ya os habéis dado cuenta que yo soy yo y mis manías.

Si el título es importante tenemos que pensar que a fin de cuentas el título es el nombre de la obra, por tanto el nombre es también muy importante. No me refiero a nombres de personas, porque esos a fin de cuentas nos vienen dados, y en muchas ocaciones, aunque pensemos que el nombre de alguien es feo, cursi, hortera… siempre acabamos llegando a la conclusión que el nombre es culpa de sus padres, así que no hay que hacer sangre en este punto.

Pero hay nombres de empresas, de negocios, de locales, de mascotas… y en esos sí que hay cada uno que se luce. Pero con ganas. Todo esto viene porque ayer, viendo la serie “Con el culo al aire” (españolada donde las haya, es decir, de las que me gustan) dicha serie era patrocinada por Melones Bollo.

Vamos a ver ¿soy el único que opina que este nombre es poco adecuado? Porque los melones siempre han sido metonimia de los atributos femeninos y el bollo, pues pensad en el rollo bollo. Melones bollo debería ser más patrocinador del día del orgullo gay, vamos tendría más sentido. Melones bollo, vaya melones… estoy pensando en varias que podrían protagonizar la campaña.

¿No habrá nombres para tener que poner ese? Melones la Huerta, pues todos tan contentos ¿no? Hay nombres que no pegan. Un dentista que se llame Dr Terrón (existe de verdad) o incluso la lotería que en Chile la llaman la polla, que puede ser la idem si te toca, pero los nombrecitos se las traen.

Voy a montar un bar que se llame tante lejos, un médico podría día ser el doctor mento, un hotel que se llame la noche en vela… estos sí son inventados, pero vamos, que sé de uno que llegó y con sus arrestos (por no decir cojones) le puso a un libro la historia interminable, eso no es precisamente algo que te dé ganas de abrir el libro… y sin embargo ha sido, y es, uno de mis libros preferidos.

Restauradores destructores

Siempre me ha hecho gracia la palabra restaurador, yo siempre de pequeño pensaba que un restaurador era el que arreglaba cosas, un cuadro, un mueble, un libro… tú les dabas algo que estaba que daba pena y ellos se lo curraban y te lo dejaban como los chorros del oro. Era así de sencillo… pues ya no. Ahora los restauradores son los dueños, o encargados, o los que trabajan en un restaurante (no entiendo muy bien el matiz). Pues vaya lío.

No nos engañemos, ir a comer a un restaurante es como todas las cosas divertidas, malo para la salud. Vamos que de restaurarte nada, lo que hacen es desmontarte, que no descojonarte porque esto, si es que lo consigues, es gracias a tus compañeros de mantel (donde lees mantel cámbialo ahora por trozo de papel donde se pone el plato, o de plástico o… nada), que en muchos casos si no es por eso los que se descojonan son los “restauradores” al soltarte la cuenta.

– Aquí tiene… implosión de bizcocho sobre sí mismo entrevetado de nata y bañado en chocolate… son 24 euros.

– Pero… si es un phoskito

– Ah, no haber venido.

Analicemos lo que nos pasa cuando vamos a un restaurante. Antes, en aquellos maravillosos años de ladrillo y corrupción, si no tenías reserva había dos opciones, o comías al estilo inglés (o europeo) a la una de la tarde, o te daban de merendar a las cinco. Dos problemas, si comes a la una se te junta con el desayuno, tienes poca hambre y te dedicas más al vino que a la pitanza. Si comes a las cinco, has tomado ya tanto vino antes de sentarte a la mesa que ya no sabes ni lo que comes. Así de sencillo.

En esta nueva época, en la que muchos restauradores tienen que cazar a los clientes a lazo cuando pasan por la puerta del local, los riesgos sin diferentes. El camarero se convierte en un cebador de personas, que tienes la sensación de que después de eso pasas directamente al matadero. Venga más comida, venga más vino, venga más pan… más de más. Que no os falte de nada.

Comer demasiado es malo, beber demasiado es malo, pagar demasiado es malo. Pero claro ya que sales fuera a comer… sólo conozco una persona que en un restaurante (y digo restaurante, no digo bar, cafetería, tasca…) se haya pedido unos huevos fritos con patatas. Mi padre es así.

Y que nadie piense que estoy en contra de los hosteleros. Nos hacen más felices, nos miman, nos cuidan, nos hacen disfrutar de los días festivos o los ratos de ocio… pero restaurarnos, lo que es restaurarnos, no.

11 muertos

No, no fueron once, fueron muchos más. Once también hubieran sido inaceptables, incluso uno, o un rasguño o una herida, o incluso una papelera rota. ¿Por qué nadie tiene que hacerme daño a mí para defender lo suyo? Me recuerdo a aquellos independentistas que prefieren decir que el resto de España es una mierda antes que defender las bondades de lo suyo. Si piensas que estoy mezclando churras con merinas, te pido por favor que lo vuelvas a pensar.

Es un día que nadie olvidará. Todos sabemos exáctamente dónde estábamos, qué hacíamos, con quién estábamos… todos. Yo, que a duras penas recuerdo lo que cené ayer o dónde están mis gafas de sol (por cierto, me estoy volviendo loco a buscarlas), tengo muy claro todo lo que pasó ese día.

No es un día para estar orgullosos, no es un día del que podamos decir que los españoles nos unimos aunque fuera en el dolor. Ni eso. La pelota de la culpa volaba de partido en partido y, sin lugar a dudas, marcó el futuro presidente español. Ni con doscientas tumbas abiertas fuimos capaces de darnos un abrazo y llorar tranquilos. Es preocupante, al menos a mí me lo parece, y más ahora que lo miro con la perspectiva del tiempo. Con menos pelo y más canas.

Y hoy veréis de nuevo las imágenes, oiréis los testimonios de los que estuvieron, pero nunca de los que ya no están. Volveréis a pensar cómo era vuestra vida diez años atrás. Vale. Y os dirán una y otra vez que aún hay dudas, que no está claro cómo y por qué pasó. Qué más da, lo que está claro es lo que ha pasado. Dos cientas personas con la vida sesgada y dos cientas familias con una profunda cicatriz en el alma. Eso es lo que importa.

El que sea creyente que rece algo por ellos, el que no lo sea que se plantee hasta qué punto las diferencias con los que le rodean le impiden avanzar, llegar a acuerdos, enriquecerse ambas partes. Y el que no quiera hacer ninguna de las dos cosas… ese que deje de hablarme, porque no me interesa tenerle cerca.

En frente de nuestras narices

Ayer me fijé en un gesto, un detalle, algo nímio, pequeño, que podía haber pasado desapercibido, pero yo me fijé. Creo que sólo yo. El caso, ayer mi compañera Winnie the Pooh iba persiguiendo su rotulador con la mirada mientras rodaba por la mesa, en esto que se cruzó con el vaso de agua. Cogió el rotulador y bebió agua. Seguramente de no haber visto el vaso no habría bebido, de no haber perseguido el rotulador no habría visto el vaso. Por culpa del rotulador bebió agua. ¿Qué tiene que ver un rotulador con agua? Pues casi siempre nada, pero muchas veces no sabemos que queremos algo hasta que se nos pone delante, hasta que se nos cruza en el camino, hasta que lo tenemos delante de nuestras narices.

Creo que esto nos sucede más de lo que pensamos. Podría ahora decir esa frase que tanto me gusta de la vida es lo que nos sucede mientras hacemos planes. Y es cierto. No debemos pensar tanto en cómo hemos llegado a algo, a alguien, a algún lugar. No importa. Muchas veces ni siquiera lo sabemos (efectos de noche y alcohol aparte). Lo interesante es ver cómo en ese justo momento tienes lo que quieres o lo que te conviene (que puede no ser lo mismo, pero es genial cuando lo hace) delante tuyo. Estira la mano y cógelo.

La solución puede estar a la vuelta de la esquina. Pensando en recetas de cocina puedes descubrir cómo solucionar eso que te trae loco en el trabajo. ¿La clave? Ir por la vida con la cabeza alta. No me refiero a tener orgullo, que en cierta dosis también, hablo más bien de no mirar al suelo. No perderse lo que te rodea. Extrapolar el concetpo escucha activa a la vista e ir por la vida pensando en cómo aprovechar lo que te rodea.

Ahí fuera hay mil oportunidades. Puede que 999 no sean para ti, no te encajan, no te son  útiles… pero hay una que es tuya. Y esa puede cambiar tu vida. Abre los ojos.

Chorizo español

Vuelvo a mis temas culinarios, será que estoy sin desayunar y mis tripas rugen más que el tigre Currupipi en sus buenos tiempos. Roarg roarg. Bien conocido es mi amor por la tortilla de patatas, la tortilla gran señora, si bien es cierto que vivo en espera de una patata que se supone no debo comerme, pero eso un tema mío personal entre Xena y yo. ¿Os he contado que trabajo con una estrella de la tele, Pocoyo (no, la estrella no es Pocoyo, es otra), Xena y Winnie the Pooh? En fin eso es otro tema.

Pero hoy no voy a echarle huevos al tema, que con este frío serían más bien de codorniz, hoy tiro de raíces, doy patada hacia el norte y me planto en mis orígenes. Salamanca campera, cuatro carboneritos tienes que van y vienen. Si hay algo español, no tanto como la tortilla, pero español, es el chorizo. El chorizo está presente en nuestra vida, en nuestra historia, en nuestro día a día. Se rumorea que se han hecho hasta yogures de chorizo (no es broma), pero vamos para mí que eso ya es pasarse. Además que imagino el proceso… coja usted un yogur, meta un chorizo dentro, y dale fuerte con  la mini-pimer. Otra opción es yogur natural con trozos de chorizo (los hay con trozos de fruta, pues…).

El chorizo sólo, con pan, frito, asado, guisado, con legumbres, con verduras, con huevos fritos (vaya y eso que dije que no iba a hablar de huevos). Una caña bien tirada, un poco de pan y dos rodajitas de chorizo y felices. De hecho señores os voy a contar algo, que no se diga que no os enseño cosas, de la rodaja de chorizo nace la expresión tapa. Por contarlo de forma rápida, hace mucho un camarero viendo que hacía mucho viento y los vasos de vino se llenaban de mierdecilla cortó unas rodajas de chorizo y las usó para tapar los vasos. Vamos que las usó de tapas. El chorizo es el origen de la tapa, por tanto la tapa perfecta, por tanto le debemos mucho al chorizo.

Y es que el chorizo va hasta con nuestro carácter y sino basta con mirar los periódicos y ver que en España de chorizos vamos sobrados. Quiero un bocadillo.