11 muertos

por Fer Población

No, no fueron once, fueron muchos más. Once también hubieran sido inaceptables, incluso uno, o un rasguño o una herida, o incluso una papelera rota. ¿Por qué nadie tiene que hacerme daño a mí para defender lo suyo? Me recuerdo a aquellos independentistas que prefieren decir que el resto de España es una mierda antes que defender las bondades de lo suyo. Si piensas que estoy mezclando churras con merinas, te pido por favor que lo vuelvas a pensar.

Es un día que nadie olvidará. Todos sabemos exáctamente dónde estábamos, qué hacíamos, con quién estábamos… todos. Yo, que a duras penas recuerdo lo que cené ayer o dónde están mis gafas de sol (por cierto, me estoy volviendo loco a buscarlas), tengo muy claro todo lo que pasó ese día.

No es un día para estar orgullosos, no es un día del que podamos decir que los españoles nos unimos aunque fuera en el dolor. Ni eso. La pelota de la culpa volaba de partido en partido y, sin lugar a dudas, marcó el futuro presidente español. Ni con doscientas tumbas abiertas fuimos capaces de darnos un abrazo y llorar tranquilos. Es preocupante, al menos a mí me lo parece, y más ahora que lo miro con la perspectiva del tiempo. Con menos pelo y más canas.

Y hoy veréis de nuevo las imágenes, oiréis los testimonios de los que estuvieron, pero nunca de los que ya no están. Volveréis a pensar cómo era vuestra vida diez años atrás. Vale. Y os dirán una y otra vez que aún hay dudas, que no está claro cómo y por qué pasó. Qué más da, lo que está claro es lo que ha pasado. Dos cientas personas con la vida sesgada y dos cientas familias con una profunda cicatriz en el alma. Eso es lo que importa.

El que sea creyente que rece algo por ellos, el que no lo sea que se plantee hasta qué punto las diferencias con los que le rodean le impiden avanzar, llegar a acuerdos, enriquecerse ambas partes. Y el que no quiera hacer ninguna de las dos cosas… ese que deje de hablarme, porque no me interesa tenerle cerca.

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