Restauradores destructores

por Fer Población

Siempre me ha hecho gracia la palabra restaurador, yo siempre de pequeño pensaba que un restaurador era el que arreglaba cosas, un cuadro, un mueble, un libro… tú les dabas algo que estaba que daba pena y ellos se lo curraban y te lo dejaban como los chorros del oro. Era así de sencillo… pues ya no. Ahora los restauradores son los dueños, o encargados, o los que trabajan en un restaurante (no entiendo muy bien el matiz). Pues vaya lío.

No nos engañemos, ir a comer a un restaurante es como todas las cosas divertidas, malo para la salud. Vamos que de restaurarte nada, lo que hacen es desmontarte, que no descojonarte porque esto, si es que lo consigues, es gracias a tus compañeros de mantel (donde lees mantel cámbialo ahora por trozo de papel donde se pone el plato, o de plástico o… nada), que en muchos casos si no es por eso los que se descojonan son los “restauradores” al soltarte la cuenta.

– Aquí tiene… implosión de bizcocho sobre sí mismo entrevetado de nata y bañado en chocolate… son 24 euros.

– Pero… si es un phoskito

– Ah, no haber venido.

Analicemos lo que nos pasa cuando vamos a un restaurante. Antes, en aquellos maravillosos años de ladrillo y corrupción, si no tenías reserva había dos opciones, o comías al estilo inglés (o europeo) a la una de la tarde, o te daban de merendar a las cinco. Dos problemas, si comes a la una se te junta con el desayuno, tienes poca hambre y te dedicas más al vino que a la pitanza. Si comes a las cinco, has tomado ya tanto vino antes de sentarte a la mesa que ya no sabes ni lo que comes. Así de sencillo.

En esta nueva época, en la que muchos restauradores tienen que cazar a los clientes a lazo cuando pasan por la puerta del local, los riesgos sin diferentes. El camarero se convierte en un cebador de personas, que tienes la sensación de que después de eso pasas directamente al matadero. Venga más comida, venga más vino, venga más pan… más de más. Que no os falte de nada.

Comer demasiado es malo, beber demasiado es malo, pagar demasiado es malo. Pero claro ya que sales fuera a comer… sólo conozco una persona que en un restaurante (y digo restaurante, no digo bar, cafetería, tasca…) se haya pedido unos huevos fritos con patatas. Mi padre es así.

Y que nadie piense que estoy en contra de los hosteleros. Nos hacen más felices, nos miman, nos cuidan, nos hacen disfrutar de los días festivos o los ratos de ocio… pero restaurarnos, lo que es restaurarnos, no.

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