Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: abril, 2014

¿Sabes?

No siempre sé lo que digo, ni lo que pienso ni lo que hago. No siempre digo la verdad y a veces me la invento. No sé si sabes que sé que no todo lo que sé es verdad, que el saber puede no ocupar lugar, pero que lo que sabemos lo tenemos presente, pasado y futuro. A veces no sé qué hacer, si pensar, si vivir, beber o bajar la vida a empellones y pensar en los días venideros de vino y rosas, con más vino que rosas y si puede ser sin vino.

No tengo claro quién soy, qué hago, dónde estoy. El dónde voy es una duda grande marcada a fuego de sol de agosto en la prominente frente que acaba en la nuca. Y las dudas y sinsaberes marcan una teleraña laberíntica con minutauro ciclópeo. Cornudo, pero con dioptrías, y es que ante las desgracias hay veces que es mejor no ver.

Me olvido de olvidar momentos con sabor a hiel, y no recuerdo recordar otras que me han sacado una sonrisa. No sé, no me acuerdo, no me aclaro. No es que sólo sepa que no sé nada, frase manida cada vez más carente de significado, lo que sé es que lo dudo. Y de duda en duda voy pasando los días con la certeza de que ayer existió y poco más caballero.

No tengo claro si quiero saber. La ignorancia es atrevida y en tiempos de crisis global de dinero, modales, valores… el emprender es un valor en alza con necesario atrevimiento. Ignorante de razones que va por la vida echándole dos… narices.

Quizá llega a aprender que saber poco me puede ayudar a olvidar. O quizá no. La duda me mira a la cara y simplemente responde vuelva usted mañana.

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Programas muy Bambi

¿Sabéis que no he visto la peli de Bambi? No sé decir el motivo, pero el caso es que no la he visto. Debe ser una de esas películas de Disney antíguas en las que los personajes hablaban raro, vamos muy raro, vamos que seguramente los que vimos muchas de esas pelis de pequeños fuimos los que luego nos hemos enganchado a los culebrones. Y es que las voces nos sonaban familiares y tranquilizadoras.

Pero no es de eso de lo que quería hablaros. Últimamente hay varios programas de semi realidad televisiba, en los que nos colamos en la vida de la gente con cierta carga de guión por medio (no nos engañemos). Parece que La Sexta ha encontrado ahí un filón que pretende aprovechar. Todo empezó con Pesadilla en la Cocina (Chicote, últimamente me estás defraudando) y ahora sigue con El Jefe.

Como siempre estos programas vienen precedidos de su versión americana, que es la que he estado viendo hasta ahora. Pues bien a ese programa mi hermana lo llama el programa de los bambis. No sé si alguno lo habéis visto, pero para los que no os explico de qué va. El Jefe de una empresa se cambia de look (a veces se limita a moverse el flequillo de lado y se supone que cuela) y se planta a hacer los trabajos más básicos, feos y desagradables de su propia empresa. Conoce a los que tienen que hacer los trabajos más feos y desagradables de su propia empresa. Y todos son grandes profesionales, y todos aman la empresa, y todos le cuentan en unas horas sus muertes, enfermedades y desgracias que han soportado con estoicidad, y luego… cuando ya revela que realmente es el jefe… a todos les da regalos, ascensos y abrazos. Son todos muy buenos, son todos muy bambi.

No nos engañemos, es que en los USA son así (asín para los de la ESO) tan buenos, tan propios, tan perfectitos, tan abercrombie, tan… falsos. Los americanos son como un decorado de cine, muy bonito por delante, pero si ves detrás te llevas susto y decepción. Tengo ganas de ver la versión española del mismo programa, a ver si nos estamos contagiando del (asqueroso) bienquedismo y mantenemos esa sencilla tan española del hijoputa (así todo sencillo) del jefe.

 

Caracoles a los soles

Somos como los caracoles, es ver un rayo de sol (guo guo guo) y nos lanzamos a la calle como locos. Terrazas, tapitas, cervecita fría y… tiiiiiinto de verano (tonto de verano) si es que lo llevamos en los genes. Y vale, es verdad que en los bares no llueve, que siempre lo digo, pero es que el solecito hasta nos pone de mejor humor. Las gafas de sol piden caña, eso es así. Las sacas de su funda y ya te visualizas a ti mismo sentadito en una de esas sillas metálicas (mucho más clase que las de plástico) con mesa a juego y unos boquerones fistros (fritos para los seres humanos).

Y te vienes arriba, ducha, gafas de sol y terraza y no hay resaca que se resista. Las terrazas los domingo son el lugar donde se van decantando los que se vieron la noche anterior. Es el sitio donde puedes encontrar a wally y se esconden los calcetines que has perdido. Domingo y terraza van de la mano como el gordo y el flaco, los huevos y la patata (tortilla rica, con cebolla por favor). Días de freno de mano echado pensando en el lunes venidero (puto lunes) y ahogando o refrescando las penas y las risas.

Patatas ali oli, ensaladilla rusa y el que es sin duda el rey del verano y el buen tiempo. Gazpacho. Si el gazpacho llevara alcohol fijo que triunfaba más que la coca cola. Un chupito de gazpacho y se te van todos los males.

El sistema suele ser así… no, hoy sábado una copa y a casa (te tomas quince), no, hoy domingo descanso (mierda si estoy de terraceo) y rematas con eso de unas cañitas y a casa (y la copa cae como dios manda). El buen tiempo nos sienta bien y mal. Más felices, pero perdiendo años de vida. Neuronas que mueren en pro del terraceo. Más felices, pero más tontos. Viva el terraceo.

Brindis

Brindo por las mujeres que derrochan simpatía. Por una cara pegada una sonrisa, un ansia de un día más. Un punto y seguido en la vida. Un brillo eterno de felicidad en los ojos. Un punto a favor, una apuesta segura, la chispa de la vida. Por una perra vida de color vaca que es menos perra y más vida si entras en el terreno de juego tú (de blanco, claro).

Brindo por la inteligencia, el saber estar, el querer estar y el estar presente. Casi iguales, pero muy diferentes. Una forma de vida sin tener que estar en forma para acompañarte en ella.

Brindo por los novios, maridos, amantes… que te rodean (o rodeamos) satélites tuyos que siempre has sido un sol. Muestra inequívoca de lo mucho que vales, de lo mucho que ríes, de lo mucho que aportas.

Brindo… brindo para que bebas, que vivir contigo y beber contigo es siempre un placer. Escaso, pero placer.

Ella

Ella sale a la calle, como cada mañana. Con la niebla en el pelo de los años pasados y la incierta certeza de los han años que han de venir. Ella camina, avanza, va dando pasos por las calles a medio poner y la mente aún remoloneando entre las sábanas. Las pequeñas gotas sucias van poco a poco haciendo que se encoja, que se esconda en sí misma y sienta que el mundo no es su lugar. Al menos este mundo.

Ve en los charcos anegados el reflejo de lo que un día fue, o de lo que quiso ser. Pero ahora sólo es ella. Tiene el brillo en los ojos opaco a base de lágrimas negras, el ceño fruncido en gesto de eterna decepción, la boca tersa de las risas que nunca ha lanzado, las manos rugosas del efecto del único que ha sido su compañero fiel: el tiempo.

Avanza con paso cansino en una ciudad que se va despertando, que la va superando. Anda con el paso lento de aquél que no quiere llegar, que realmente no tiene un objetivo, un destino, un anhelo. Anda porque tiene que hacerlo, porque el aborregamiento le obliga a meterse ocho horas en su cubículo de semi intimidad rodeada de paredes. Pistacho.

Ella hace tiempo que ha cambiado su nombre por un número. Su saludo por un mero gesto de cabeza sin siquiera levantar la vista, su vida por una lista de tareas por hacer. Ella vestida de camuflaje, con su traje gris, su pelo gris, su vida gris. Escondida en la multitud de los que la rodean. Expuesta al qué dirán sabiendo que no van a decir nada.

Llega, se sienta, enciende su ordenador con gestos y pasos automatizados que no precisa de su mente. Sigue entre las sábanas. Ve en su calendario que hoy es el día mundial de la diversión en el trabajo. Sonríe, puede que sea una mueca. Ella no se va a divertir.