Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: mayo, 2014

Secreto a voces

Pues sí, os voy a revelar un secreto, aunque sé que es un secreto a voces. Vamos que no hay que ser muy listo para darse cuenta y sé de sobra que vosotros lo sois. En fin, vayamos con mi secreto. No todos los días me apetece sacar las letras de mi cabeza y lanzarlas en este teclado. Es más, no siempre que me apetece sé de qué hablar o cómo decirlo. Y no siempre que supero los dos primeros obstáculos estoy satisfecho con el resultado posterior. Vamos, que muchas veces al terminar me doy cuenta de que lo que he escrito es una mierda pinchada en un palo. Y lo publico, sí.

¿Por qué lo publico si sé que no es bueno? Sencillo, por honestidad. Porque no soy un genio (estoy muy lejos de ello), porque la calidad destaca entre la mediocridad, porque me da la gana.

Muchos días (ya no voy a decir todos, ya que algunos he fallado) me asomo aquí para contaros algo. En cierto modo es una obligación absurda que yo mismo me he impuesto y de verdad que no entiendo cómo he llegad a pensar que os lo debo. Ni idea oye.

Pero lo hago, aunque no sepa cómo, ni de qué, ni por dónde, pero lo hago. Post tras post y van más de 300, que se dice pronto. Muchas veces he tenido ganas de bajar la persiana y deciros que todo ha sido un sueño de Resines. Y cuando decidido hacerlo… escribo un post más. Puede que porque pienso en vosotros, puede que porque necesito soltar algunas cosas que llevo dentro, o puede que simplemente sea por ego, pero el caso es que lo hago.

Como os decía hoy no sé qué contaros. Tampoco os voy a engañar, no digo todo lo que pienso, pero sí os digo la verdad. Hay veces en las que me gustaría una pequeña reunión, soltar el post sobre la mesa delante de determinados de vosotros y esperar a ver las caras. Eso es lo malo de un blog, de un artículo, de un libro… normalmente no ves la reacción del que te lee. Es un feed back interruptus. Y es una pena, porque no es lo mismo que te cuenten lo que han sentido o pensado a poder verlo en directo. No es lo mismo.

En fin, no os aburro más hoy.

Anuncios

El ecuador de la semana

El miércoles es un día raro, insulso, sin gracia. Nadie suele hablar de los miércoles, bueno de los martes tampoco se habla mucho, pero es que hoy es miércoles. Tenemos el puto lunes, el juernes, el sobrevalorado viernes y el bendito fin de semana. Pero los martes y miércoles están ahí por estar. Por completar la semana. Sin más. Son como los hermanos de en medio. El mayor hace mucha ilusión, es el primero en todo. El pequeño se queda como el mimado. Los de en medio simplemente completan la foto de familia. (A ver cuántos se meten conmigo hoy jejeje).

Pero volvamos al miércoles. Un día en todo el medio, el ecuador de la semana. Los hay que dicen ánimo que es miércoles, y los que dicen joder que aún es miércoles. Y el pobre día no sabe si le queremos o lo odiamos. Le pasa como a Casillas, que cuando para la pelotita nos declaramos amantes fieles, pero como salga a por mariposas… le enseñamos los dientes y le damos la espalda. Casillas nació en miércoles seguro.

Y mira que el miércoles es un día como todos. Con sus 24 horas, con sus minutos, sus segundos. Es un día que empieza, que termina. Un día entre dos aguas, y es que muchas veces decimos eso de “a principios de semana” o “a finales de semana” ¿dónde queda el miércoles?

Pobre miércoles, vaga entre los días sin saber a quien juntarse. Como el niño nuevo en su primer recreo en el patio del colegio que se pasea buscando amigos. El miércoles es el nuevo semana tras semana. Los padres del miércoles se cambian de ciudad cada siete días y le dejan siempre huérfanos de amigos.

Pero no, no me acaba de convencer, no me es simpático, no me gusta el miércoles.

Europa de copas

Europa ha estado muy presente durante este fin de semana, al menos en el mío vamos. Creo que hace mucho tiempo que no pensaba, hablaba, veía o olía tanta Europa. Si Europa fuese una droga (viendo los resultados de las elecciones en algunos países parece que hay gente que así lo piensa) yo habría muerto de sobredosis. Muerte por europitis. Ya me estoy imaginando a los de CSI (cualquiera de las dos cientas versiones) haciéndome las pruebas… pobre hombre, no soportó la presión de Europa (mira esto también les pasó a los del Sueño de Morfeo).

El caso es que todo empezó en Lisboa, que igual que Grecia, y aunque algunos que comen salchichas y tiraron un muro años ha, quieran olvidar, es Europa. Pues eso que todo empezó en Lisboa en manos de 22 tíos en pantalón corto que se peleaban por saber quién era el mejor de Europa. Y el mejor fue el mejor. Diez veces mejor. Que fue difícil… sí, pero justo también.

Y claro generoso que es uno decidió ir a por las diez copas. Una por una, o una tras otra, como usted prefiera. Y todas fueron entrando entre pecho y espalda y mientras los merengues decoraban a la diosa yo decía adiós para irme a la cama.

Pues llegaba la fase dos. Elecciones, por supuesto, de Europa. Pues en España quedó claro, si hay que elegir Europa preferimos la del fútbol. La mitad de españoles no fueron a las urnas, pero vieron el partido. Mientras que el PP, ganador de las europeas,  no se molestó en salir al balcón porque no estaba ni el sereno, Casillas, Ramos y demás colgaban el cartel de no hay billetes. Dos días seguido lleno en el Bernabéu y en ninguno de los dos jugó ahí el Madrid. Da que pensar.

Pero el problema es que los políticos aún no nos han entendido bien a los españoles. De verdad. Yo, que critico y aporto (la segunda parte, pese a que muchos se olviden de ella, es la importante) tengo la solución definitiva. Pincho de tortilla y botellín al que vaya a votar. Si no me hacen caso los españoles seguiremos prefirendo botar en las calles que votar en las urnas.

Ven

Ven con la sonrisa puesta, con el alma en vilo, con el brillo en los ojos. Ven ya, ahora, pronto. No esperes, no dudes, no busques excusas, sólo ven. Ven porque quieres, porque te apetece, porque lo necesitas, porque sí o porque no, pero ven.

Ven. Aquí, al lado, cerca, próxima. Ven a verme, a compartir, a vivir, a beber, a viajar o a quedarse. Ven ayer y vete mañana. Ven conmigo o contra mí. Ven a estar, a pasar, a aportar o a restas.

Ven andando, en metro, en bus, en coche, en moto, en bici, reptando o volando. Ven. Y no lo dudes, ven.

Ven con pantalones, con falda, con sotana, con abrigo, con bufanda, con guantes. Ven desnuda o maquillada o dormida. Ven en directo, ven por teléfono, por mail, por mensaje, por favor. Ven.

Te espero, te aspiro, te añoro.

Llego tarde

Lo sé, lo sé. No me mires así que ya te he oído. No me lo vuelvas a decir, que sé a lo que te refieres. Cinco minutos más, el suelo está frío, oigo cómo llueve, la oficina es muy pistacho (otros lo llaman gris), el calentador no siempre quiere trabajar. No quiero. Estoy muy a gusto, así que no quiero salir de la cama.

Otra vez, me vuelves a chillar. Ya está bien. Todos los días con la misma canción (o sonido) ¿No podemos llegar a un acuerdo? A fin de cuentas vives gracias a mí. Eres mi parásito. Pues ni con esas. Día tras día igual. Y si me despisto hasta los que no debes.

Reconócelo, te encanta tu trabajo. Estoy seguro que esperas con ansia el momento de desempeñar tu labor. Veo tu cara de satisfacción cuando me asustas, me incomodas, me sacas de mis mundos maravillosos para traerme al planeta Tierra bien temprano por la mañana. Eres cruel.

Si es que somos bobos. No idiotas o imbéciles, que eso implica maldad, simplemente bobos que es una simple falta de inteligencia. Nos autotorturamos con alevosía un día tras otro, tras otro, tras otro… ¿lo peor? nos hace falta.

Que sí, que ya voy, que me dejes en paz despertador, que ya sé que llego tarde.

Eugenix

Siempre lo he dicho, no lo escondo, no lo oculto, tampoco es que haya que hacer apología y gritarlo a los cuatro vientos ni presumir de ello. Pero el caso es que me gustan las películas tontas (Adam Sandler, Ben Stiller, Jack Black…) me gustan las series españolas, vamos que de vez en cuando me gusta tener el cerebro en off. Y es sano, es bueno, ayuda, relaja, al menos a mí.

El caso es que el domingo en uno de esos momentos de dejar volar mi cerebro puse en la caja tonta… por cierto ¿no habéis pensado que eso de la caja tonta no es una definición muy buena? porque  sinceramente, por un lado lo de caja ya no sirve, que las teles han perdido el culo (al revés que Falete) y por otro ¿no seremos nosotros los tontos y no la caja? Es como decir una hamburguesa gorda, que yo sepa el que voy a engordar soy yo.

En fin que me desvío el tema. Pues eso que estaba el domingo viendo Aída y según estaba viendo al personaje de Eugenia yo estaba seguro de que me recordaba a alguien, pero seguro, mucho. Y no sabía a quién. Hice lo mejor que se puede hacer en estos casos cuando se te atacas algún nombre, pensar en otra cosa. Y me vino, me acordé ¡Eureka! Eugenia se parece a Obélix.

Lo primero y principal: los dos son gorditos (suena mejor que gordos) que no asumen sus kilos. Ellos tienen el ojo deformado, se ven sílfides, esculturales (pero no de Botero), de proporciones perfectas (talla L, no XXL). Y pobre del que se le ocurra llevarles la contraria, su ira caerá sobre ellos.

Además tenemos el tema porcino. Cierto que es que Obélix, que vive en una aldea en el bosque, es algo más salvaje en este sentido, pero no por ello Eugenia se queda atrás. Es decir que mientras Obélix opta por el jabalí, Eugenia se dedica al cerdo (blanco, ibérico o hasta chino si lo hubiera). Pero las cantidades son similares, al igual que el ánimo, profesionalidad y predisposición al babero (servilleta es para cursis) y al ejercicio mandibular. Igualitos ambos.

Y ya, si queremos seguir buscando, veremos que ambos se sienten mucho más cómodos portando un complemento. En el caso de Obélix es su querido menhir, en el caso de Eugenia su boa de plumas. Y también se parecen en algo más, los dos son grandes profesionales de una profesión que a los demás no les gusta. Nadie quiere un menhir en su casa, y menos ahora que como están las cosas si entra el menhir en tu minipiso tienes que salir tú, y nadie quiere oír las coplas calentorras de la señora Eugenia (y eso de señora igual se lo he adjudicado muy generosamente).

Amigos y amigas, tras esta reflexión he llegado a una conclusión. Creo que es evidente que ambos son dos seres intimidades, incomprendidos, desolados… por tanto, y buscando siempre hacer el bien, creo que deberíamos presentarlos. Creo que ahí podría surgir el amor, siempre que campofrío lo patrocine. Entre todos (¡llamada!) podemos conseguirlo, Obélix loves Eugenia.

Macarena, esa gran incomprendida

El sábado estuve de boda (¡viva los novios!) y la verdad que estuvo muy bien, como dice alguien (es que no me acuerdo muy bien quién) lo frío estaba frío y lo caliente caliente. Todo en orden. Pero el caso es que en un arrebato (sí, al arrebato también lo oímos) del DJ (antes llamado pincha, pero como he vuelto a Madrid recupero los anglicismos) se marcó un exitazo de ayer y de siempre en su versión  más cañí, nada más y nada menos que “Macarena”. Y yo, que en ese momento estaba en la barra esperando para repostar (una de tantas veces) me dio por escuchar la letra. Sé que suena raro, sé que me he jugado mi salud mental (escasa ya), pero lo hice.

Macarena es una gran incomprendida. La sarta de mentiras y de ataques (gratuitos, por supuesto) que se lanzan hacia su persona son dignos de análisis. No entiendo cómo no hemos visto a Macarena penando por los platós de Telecinco luchando por su dignidad. Macarena podía ser perfectamente dúo artístico con Belén Esteban y cada vez que la princesa del pueblo lanzara su grito de ¿me entiendes? Ella soltaría su famoso aaaaaaaaaaah.

Y es que ahora que lo pienso… ¿de dónde viene ese gritito? Es una mezcla entre la berrea, el orgasmo de Nacho Vidal y un picador afónico que toma carajillo para desayunar citando al toro. No es digo de una señorita, pobre Macarena.

Pero analicemos la letra de este éxito al más puro estilo de mi primo Julio, rey de la pachanga de barrio y los karaokes demodé.

Dale a tu cuerpo alegria Macarena
que tu cuerpo es pa’ darle alegria y cosa buena
dale a tu cuerpo alegria Macarena
eeeh Macarena…. aaah!

Bien tras estos hermosos versos nos queda claro las hermosas proporciones físicas de las que dispone Macarena, al tiempo que es jaleada para disfrutar de ellas y usarlas en su favor.

Macarena tiene un novio que se llama
que se llama de apellido Vitorino
y en la jura de bandera del muchacho
se la dio con dos amigos
aaah!

Ay que la cosa ahora cambia. Macarena es acusada, sin prueba ninguna, de escándalo público, de moral distraída, de cometer tropelía tal de engañar a su pareja no con uno, sino con dos hombres, cuando el pobre Vitorino estaba ejecutando un acto tan hermoso y patriótico como la jura de bandera. ¿Es que nadie le ha dicho a los Del Río que los trapos sucios se lavan en casa? Pues no, ahí van estos dos señores a cantar a los cuatro vientos (y nunca mejor dicho) los deslices de Macarena. Los mismos que antes la animaban a disfrutar de la vida. Qué sinsentido.

Macarena, Macarena, Macarena
que te gustan los veranos de Marbella
Macarena, Macarena, Macarena
que te gustan las movidas guerrilleras
aaah!

Otra vez. El caso es hacer daño, cómo tiran la piedra y esconden la mano insinuando que nuestra querida protagonista vive en un “quiero y no puedo” tratando de alcanzar los favores de la jet set marbellí, pero con ese deje de barrio presente de la movida guerrillera.
Macarena sueña con el corte inglés
y se compra los modelos más modernos
le gustaría vivir en Nueva York
y ligar un novio nuevo
aaah!

Y esto ya es el colmo. Primero marca y remarca el origen humilde y la poca capacidad económica de Macarena. Ella sueña con el Corte Inglés, sueña con los modelos más modernos, le gustaría vivir en Nueva York… pero se queda en eso, nada de nada. Que después de soñar si quieres arroz Catalina. Y no contentos con eso insisten en que Macarena juega al amor como moneda de cambio y usa los hombres como cheque al portador. Y ahora quiere otro, un novio nuevo.

Muy injusto. En fin, Macarena, esa gran incomprendida.

Cuando salgo de Madrid

Me asomo por encima del hombro de algunos y ya veo que llega mi ansiado puente, primeras vacaciones desde verano en las que no voy a tener que trabajar y eso, quieras que no, da gustirrinín. Y claro para afrontar las vacaciones hay algo esencial, que es algo tan sencillo como salir de la ciudad en la que sueles pasar todos tus días.

En mi caso es Madrid, salgo de Madrid para pasar unos estupendos cuatro días (espero) en Salamanca. Para los que no lo sabéis (eso es porque me habéis leído poco pillines, porque no paro de decirlo) soy salmantino. No voy a decir qué ciudad me gusta más si Madrid o Salamanca para que nadie se enfade (Salamanca), pero sí que es verdad que hay una serie de diferenciias, de matices, de rutinas, que cambian cuando salgo de Madrid. Seguro que hay muchas más, pero en este caso os voy a poner las diez primeras que se me ocurran.

1- Adios transporte adios. 

En Salamanca hacemos algo desconocido para muchos madrileños: andamos. El coche no es necesario para ir al quiosco de la esquina a por tabaco. Lo juro. Puedes mover un pie, luego el otro y así llegas a los sitios. Puede que los madrileños piensen que es cosa de magia, o lo consideren hacer deporte. Y es que es curioso que los mismos que salen a practicar running (lo que ha sido correr de toda la vida, aunque eso lo tocaré luego) cogen el coche hasta para cruzar la calle.

2- Saludos callejeros.

Es algo que siempre me ha sorprendido de Madrid. La gente no se saluda por la calle. Bueno entre otras cosas porque no se ven, van todos enfrascados en su móvil, su ipad o demás, con el riesgo que eso supone para la salud, que las farolas van como locas. En Salamanca nos conocemos, nos saludamos, nos preguntamos. Vale, es verdad que hay muchos que te interrogan mejor que los agentes de la Gestapo y eso tampoco es que sea muy cómodo, pero sí que es cierto que te hacen sentir alguien y no uno más.

3- De pincho lo que yo quiero.

En Salamanca la caña lleva pincho gratis. Y lo eliges tú. Eso es así de toda la vida. Lo normal es que si llegas a un bar y decides no pedir pincho en seguida algún salmantino se te acerca y te dice… pide pincho que es gratis…. pensando que eres guiri, de fuera de Salamanca o simplemente tonto.

4- El español en español.

Los de Madrid cada vez hablan más spanglish. Es imposible pasar un día en Madrid sin tener que escuchar alguna de estas palabras adquiridas. Como decía antes en Madrid se hace running, en Salamanca se sale a correr, en Madrid se va de afterwork, en Salamanca se toma una caña después del curro, en Madrid algo es cool, en Salamanca es cojonudo… creo que vais pillando la idea.

5- Con pasta y a lo loco

He visto muy pocas veces, o puede que ninguna, pagar una copa en Salamanca con tarjeta. Somos de raíces ganaderas, de fajo en el bolsillo y papel por delante. Nada de plástico, eso de pasar la tarjeta no nos gusta, que se note que hay poderío.

6- Con pasta sin estar locos

En cierto modo me he madrileñizado (espero que haya vacuna). Llego a Salamanca y me sorprendo de lo barato que es todo, pero cuando digo todo es todo. No sólo comer y beber, hasta un ramo de flores es mucho más barato en Salamanca que en Madrid. Amigos madrileños (que los tengo y buenos) os voy a confesar un secreto. No es que Salamanca sea barata (o Cuenca, o Ávila, o…) lo que pasa es que Madrid es una ciudad MUY cara.

7- Fútbol de luto

Hay algo en lo que sí gana Madrid (no iba a ser todo malo), en Salamanca no hay fútbol. Después de desaparecer la UDS (Unión Deportiva Salamanca) los amantes al fútbol de la capital charra tienen que confirmarse con la televisión para ver los partidos.

Sé que me faltan tres, os las debo, pero en la línea habitual de la “maravillosa” empresa en la que trabajo me acaban de soltar un precioso marrón.

La puerta

Pasaba horas mirando la puerta. A veces de soslayo, a veces de frente, a veces con más y otras con menos interés, pero aquella puerta era lo que rompía la rutina de su día a día. La puerta no era gran cosa. Blanca, vieja, con molduras que marcaban que había estado de moda y grietas que simulaban su cara de evidente ancianidad. Una puerta como otras muchas. Bueno no, porque esa era su puerta. La que daba paso a su mundo.

Por mucho que ella miraba la puerta, la puerta nunca la miraba a ella. Ya sabemos cómo son las puertas, crueles centinelas que miran siempre al que viene, pero nunca al que se va. Y no sólo miran, sino que juzgan, escudriñan, olfatean… y a veces se abre y otras… pues otras no. Las puertas son muy suyas.

Ella miraba la puerta con el ansia de que alguien la mirara a ella. De que alguien la mirara, la tocara, la sintiera… pero sólo estaba la puerta. Blanca. Con arrugas. A veces la puerta se abría, pero pocas veces el que entraba la consideraba alguien, y no algo. Porque la gente que viste de blanco se vuelve como la puerta. Agrios, asépticos, esquivos.

Es lo malo de estar enfermo, pierdes tu humanidad en el mundo que portas la pulsera de plástico. Cambias a objeto de estudio y fruto de pruebas. Y la puerta se transforma en entrada de malas noticias y caras grises.

Pero, algunas veces, todo cambia. La sonrisa se cuela por esas arrugas de la puerta, y eso que no le gusta. Y si la puerta no se deja entra por la ventana, por el teléfono, por el portatil, por la tablet… por donde haga falta. La sonrisa rompe barreras, une personas, se contagia, se mete en las venas y calienta los cuerpos.

La sonrisa se vende sin receta y tiene evidentes y beneficiosos efectos secundarios. Marca un antes y un después, araña el tiempo y crea adicción.

Ella tenía libros, colonias, películas, peluches, pero sólo esperaba a que esa puerta se abriera para que le regalaran una sonrisa. Ella tiene muchos nombres, algunos hasta de hombre. Y la conoces, puede que haga mucho tiempo que no vas a verla, que la tengas en tu lista de cosas por hacer, que vivas con la excusa de algo que harás mañana. No deberías… ella es muchas personas en una. Alguien que te necesita, que te espera. Puede que incluso no lo sepa, pero te necesita, porque todos estamos un poco enfermos. Todos también somos ella.

Recuerda, ella sólo quiere una sonrisa. ¿Se la vas a negar?

En la calle

Rony nació en la calle. Un día cualquiera. Nadie le esperaba, no hubo risas, ni champagne, ni lágrimas de emoción cuano Rony se asomó al mundo que iba a ser el suyo. Sólo él, sus hermanos y su madre.

Nació en un callejón no muy limpio, de una ciudad no muy limpia, sobre un suelo no muy limpio. Pero a fin de cuentas nació, y eso ya era mucho. Aclaremos, Rony es un perro.

Nunca supo quién era su padre y tampoco era algo que le preocupara especialmente. Podía ser cualquiera, o quizá no era ninguno, nunca dedicó tiempo a dar vueltas acerca de eso. A medida que fueron pasando los días Rony fue perdiendo hermanos. Dicen que sólo los fuertes sobreviven, aunque quizá simplemente sean los que tienen más suerte. Y a medida que fueron pasando los meses su madre fue perdiendo interés en él. Y él en su madre. Las cosas son así. Rony tenía la soledad por compañera, la ciudad por su hogar y la vida reducida a lo que pudiera pasar justo en el momento siguiente. Nacer en la calle tiene esos problemas.

Iba de aquí para allá. Perdido con la seguridad de saber dónde se encontraba. Sin rumbo sabiendo siempre dónde iba. Sólo aunque un gran número de personas y perros estuvieran a su alrededor.

Rony sentía que tenía que haber algo más, sentía la necesidad de compartir, de conversar, de jugar… con alguien. Rony hablaba por las patas y nunca recibía una réplica. Y se hacía más pequeño, más insignificante, menos vivo. Rony sí sabía lo que era una vida de perros y más de una vez decidió regalársela al que se la entregó… pero los coches en la ciudad no son tan rápidos y suelen frenar a tiempo. Más de uno tenía facturas pendientes de golpes en su coche que Rony debería pagar, pero los perros no tienen dinero y los callejeros menos.

Pero un día lo entendió. Se dio cuenta de cuál era la clave, la respuesta, la solución a sus problemas. Descifró cuál era la enorme diferencia entre él y los otros perros. Esos que sí hablaban con alguien, esos que entraban en las casas. Esos que tenían con quien jugar y la calle la pisaban, pero no la habitaban. El collar. Ésa era la clave.

Esa idea se convirtió en obsesión. Quería un collar, necesitaba un collar, soñaba con un collar… lo malo que tiene obsesionarse con algo siendo un perro callejero es que te despistas. Y la calle es dura, cruel, peligrosa. En el justo momento en que Rony había encontrado lo que le daba sentido a su vida, era cuando ésta peligraba. Rony estaba en la perrera con fecha de caducidad, como los jamones.

Poco a poco los días fueron pasando. El brillo de los ojos de Rony se apagó. Ya no pensaba en collares, ni en jugar, ni en jamones, sólo dejaba las horas pasar tumbado en el suelo de su jaula. Y ni siquiera había coches contra los que tirarse para devolver la vida al que se la hubiera dado.

Un día algo cambió. Un hombre paseaba despacio entre las jaulas. Con las manos en la espalda y el paso corto de quien está buscando algo. Le miró, se miraron. Y el hombre pronunció dos palabras cortas, pero con mucho significado: “quiero éste”.

Y Rony volvió a la calle. Y después conoció el campo. Y olía bien, y no había ruído, y podía hablar con otros, y jugar, y correr. De eso se trataba, de correr. Le pedían que corriera y él lo hacía con todas sus ganas, con toda su energía. Ponía el alma en ello. Pero Rony nunca había corrido mucho, nunca le había interesado.

Un día cansado después de la última carrera Rony se acercó al que lo había recogido. Y lo vio. No podía creerlo, pero estaba ahí. Un collar, su collar. Después de tanto tiempo por fin iba a tenerlo, por fin iba a ser uno más de esos perros que entran en las casas.

Rony murió ahorcado en un árbol, pero feliz, tenía collar.