En la calle

por Fer Población

Rony nació en la calle. Un día cualquiera. Nadie le esperaba, no hubo risas, ni champagne, ni lágrimas de emoción cuano Rony se asomó al mundo que iba a ser el suyo. Sólo él, sus hermanos y su madre.

Nació en un callejón no muy limpio, de una ciudad no muy limpia, sobre un suelo no muy limpio. Pero a fin de cuentas nació, y eso ya era mucho. Aclaremos, Rony es un perro.

Nunca supo quién era su padre y tampoco era algo que le preocupara especialmente. Podía ser cualquiera, o quizá no era ninguno, nunca dedicó tiempo a dar vueltas acerca de eso. A medida que fueron pasando los días Rony fue perdiendo hermanos. Dicen que sólo los fuertes sobreviven, aunque quizá simplemente sean los que tienen más suerte. Y a medida que fueron pasando los meses su madre fue perdiendo interés en él. Y él en su madre. Las cosas son así. Rony tenía la soledad por compañera, la ciudad por su hogar y la vida reducida a lo que pudiera pasar justo en el momento siguiente. Nacer en la calle tiene esos problemas.

Iba de aquí para allá. Perdido con la seguridad de saber dónde se encontraba. Sin rumbo sabiendo siempre dónde iba. Sólo aunque un gran número de personas y perros estuvieran a su alrededor.

Rony sentía que tenía que haber algo más, sentía la necesidad de compartir, de conversar, de jugar… con alguien. Rony hablaba por las patas y nunca recibía una réplica. Y se hacía más pequeño, más insignificante, menos vivo. Rony sí sabía lo que era una vida de perros y más de una vez decidió regalársela al que se la entregó… pero los coches en la ciudad no son tan rápidos y suelen frenar a tiempo. Más de uno tenía facturas pendientes de golpes en su coche que Rony debería pagar, pero los perros no tienen dinero y los callejeros menos.

Pero un día lo entendió. Se dio cuenta de cuál era la clave, la respuesta, la solución a sus problemas. Descifró cuál era la enorme diferencia entre él y los otros perros. Esos que sí hablaban con alguien, esos que entraban en las casas. Esos que tenían con quien jugar y la calle la pisaban, pero no la habitaban. El collar. Ésa era la clave.

Esa idea se convirtió en obsesión. Quería un collar, necesitaba un collar, soñaba con un collar… lo malo que tiene obsesionarse con algo siendo un perro callejero es que te despistas. Y la calle es dura, cruel, peligrosa. En el justo momento en que Rony había encontrado lo que le daba sentido a su vida, era cuando ésta peligraba. Rony estaba en la perrera con fecha de caducidad, como los jamones.

Poco a poco los días fueron pasando. El brillo de los ojos de Rony se apagó. Ya no pensaba en collares, ni en jugar, ni en jamones, sólo dejaba las horas pasar tumbado en el suelo de su jaula. Y ni siquiera había coches contra los que tirarse para devolver la vida al que se la hubiera dado.

Un día algo cambió. Un hombre paseaba despacio entre las jaulas. Con las manos en la espalda y el paso corto de quien está buscando algo. Le miró, se miraron. Y el hombre pronunció dos palabras cortas, pero con mucho significado: “quiero éste”.

Y Rony volvió a la calle. Y después conoció el campo. Y olía bien, y no había ruído, y podía hablar con otros, y jugar, y correr. De eso se trataba, de correr. Le pedían que corriera y él lo hacía con todas sus ganas, con toda su energía. Ponía el alma en ello. Pero Rony nunca había corrido mucho, nunca le había interesado.

Un día cansado después de la última carrera Rony se acercó al que lo había recogido. Y lo vio. No podía creerlo, pero estaba ahí. Un collar, su collar. Después de tanto tiempo por fin iba a tenerlo, por fin iba a ser uno más de esos perros que entran en las casas.

Rony murió ahorcado en un árbol, pero feliz, tenía collar.

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