Mis camas

por Fer Población

Pues hala, lo he vuelto a hacer. Me he vuelto a cambiar de cama y van ya unas cuantas. Y ya no hablo de camas de hoteles, de casas de amigos o de familiares… no. Me refiero a camas que han sido mías. A todos nos pasa que tenemos en mente cuál es nuestra cama. Cerramos los ojos y la vemos. Quizá los haya que no pasan en esa cama tantos días como les gustaría, pero siempre saben cuál es.

No pasa lo mismo con la casa. Hay una etapa, justo cuando acabamos de abandonar el nido paterno (aunque los haya que sigan ahí aferrados) que seguimos pensando que la casa de nuestros padres es nuestra. Bueno en este sentido mis padres lo dejaron muy clarito. Cuando nos fuimos los tres hijos hicieron obra y ya no tenemos cuarto los hijos… son cuartos de invitados. Y me parece bien eh.

Pues hoy quiero hacer un pequeño homenaje a mis camas. Soy muy de estas cosas sencillas, lo sabéis. Sí es verdad que hay de una cama de la que no puedo hablar. Sinceramenteno me acuerdo. Antes de los cuatro años, cuando vivía en Madrid, no puedo recordar bien esa cama. Sí que me acuerdo de ese cuarto, pero no os voy a engañar, me acuerdo por los días que pasábamos en Navidad. Sobretodo me acuerdo de las estrellas fosforescentes que mi padre pegó por todo el techo. Siempre me gustaron porque debo reconocer que nunca me ha gustado mucho la oscuridad.

El caso es que después de eso ya me fui a Salamanca. Ahí tenía una cama nido, de esas que tienen otra cama debajo. Y eso estaba muy bien porque podían quedarse a dormir amigos. Para mi madre eso de que se quedara alguien a dormir en casa tenía un proceso. Primero tenía que decirle a ella sin decir nada al amigo y después, si a ella le parecía bien, ya había que llamar a los padres del chico. La verdad es que normalmente me saltaba el proceso, pero solían dejarme que se quedara gente en casa.

Sí que es verdad que en esa cama tuvo una época complicada. Concretamente cuando tuve que llevar el corsé al tener la segunda cervical rota. Las noches eran eternas, era imposible dormir con eso. Recuerdo que ahí fue donde empecé a ponerme la radio para dormir. Empecé escuchando el Larguero, después oía Hablar por hablar, luego creo que venía la repetición del Larguero y ahí, a eso de las cinco, si había suerte, me dormía. No es un buen plan para alguien de 17 años.

El caso es que llegó un momento en el que esa cama ya estaba en las últimas… las lamas que sostenían el colchón habían ido cediendo con los años (y con mi peso) y tenían la agradable costumbre (la puta manía) de hundirse y dejar mi colchón inclinado. Ahí empecé a darme cuenta de la fuerza de la pereza, prefería pasar la noche incómodo que levantarme para solucionarlo.

Cambié de cama. Quería una grande. Me lancé a analizar las posibilidades de mi cuarto y, metro en mano, me di cuenta de que entraba una cama de 150 cm. Luego pensé que abrir el armario era importante, así que descarté la idea y opté por una de 105 cm. Y fuimos felices juntos. Lo curioso es que al llegar a la casa de mis padres remodelada y tumbarme fue una sensación familiar. Era mi cama. Puede que ya no sea mi cuarto, pero sí es mi cama. Y debo deciros que, aunque uno de los dos cuartos de invitados de la casa de mis padres tenga baño dentro, yo siempre duermo en el otro para estar en mi cama.

Pero me fui de casa. Y pasé un primer año en la residencia de la universidad. Fue un año sin más, una cama sin más. Poco más que decir. Después me mudé a un chalet con unos chicos de la universidad (yo pensé que eran amigos, pero pensé mal). Recuerdo esa cama con horror, bueno más bien con calor. Mucho calor. La casa no estaba bien aislada y en los cuartos que estaban en el piso de arriba el aire no es que no se moviera, es que se sentaba. Esa desagradable sensación de girar la cara durante la noche y notar todo mojada y pegajoso… a todos nos ha pasado alguna vez. Desesperado opté por poner una toalla encima de la cama, que no hacía mucho, pero algo ayudaba.

Y me volvía a cambiar de casa al año siguiente. Pero esta vez la cama la elegí con mimo. El cuarto tenía un balcón grande para ventilar. Ahí descubrí  el que creo que es el tamaño perfecto para la cama de un adulto. Entendamos que me refiero a un adulto de talla estándar, tirando a un poco menos (vamos que no llego a 170 cm). Y eso no es ni más ni menos que 135 cm de ancho de cama. Perfecto, tamaño ideal. Tienes espacio justo para darte una vuelta entera sobre ti mismo, así que en los meses de calor puedes ir girando de lado a lado de la cama buscando el lado fresquito. Nuestro romance, el de la cama y mío, sólo duró un año.

Y me fui a mi piso de Villanueva.  Y me compré otra cama. El tamaño, después de la experiencia de el año anterior era evidente. Y esa cama y yo fuimos muy felices. Porque conocí a grandes personas, porque me encantaba mi casa, porque la vida puede ser maravillosa Salinas. Nos gustamos y nos quisimos. Y fuimos felices durante 4 años. Mis años de promiscuidad de camas parecían haber terminado… pero no. Volvía a las andadas, lo siento yo soy así, no lo puedo evitar.

Porque vine a trabajar a Madrid. Y busqué otra cama. No es que me tocara, que viniera con el piso, no. La busqué, la compré, la quise. Si bien es cierto que con el piso tuve mis más y mis menos, con la cama siempre hubo amor. Yo soy mucho de querer. Y sí pensaba que esa cama pasaría años conmigo, que aunque me mudara de piso ella vendría de mi mano, pero, como digo muchas, muchas, muchas veces (pesadito que soy) la vida es lo que sucede cuando hacemos planes. Así que dejé mi cama, y mi piso, y mi país, y mi continente… y me fui allende los mares a tierras chilenas.

Ella me esperaba altiva y pomposa. Con más adornos que belleza natural y más artificios que los necesarios. Lo que en cristiano quiere decir que la cama de Chile era altísima. Lejos de la moda de las camas de ahora que la gente no se tumba, se tira, esta era una cama alta. Pensé pedir escaleras para acostarme. Parecía la princesa del guisante subido a esa cama, aunque estoy muy lejos de ser una princesa y los guisantes prefiero comérmelos. Y la cama estaba llena de cojines. Cojines que sólo volvían a la cama una día a la semana. Vamos cuando los ponía la asistenta, que yo nunca he sido muy de hacer camas. Estirar es la versión moderna de hacer la cama de ahí el éxito del edredón. No es que el edredón sea mejor para dormir, lo que es es mejor para hacer la cama. Y ya os he hablado de la fuerza de la pereza… pero esa cama también quedó en el recuerdo. Una víctima más de mi camismo enfermizo.

Y volví a España. Y entré en el piso de Madrid de mis padres. Esta es una cama familiar. Ahí he dormido yo, mi hermana Reyes, mi padre, mi madre, pero sobretodo mi hermana Maca. Es una cama familiar… familiar porque la hemos usado toda la familia, que de tamaño nada. La pobre no llega al metroy está encajonada entre pared y armario. Lejos de poder hacer la estrella y sacar manos y pies por los dos lados de la cama (vale que yo soy bajito y no llego, pero os hacéis la idea de lo que quiero decir), es más del estilo de mantengan manos y pies dentro del vagón en todo momento.

No ha sido mucho, unos 7 meses (cómo pasa el tiempo), pero, para ser una solución de emergencia, no ha estado mal.

Y ahora otra cama. Cambio de cuarto que no de casa. Y estamos en ello. Nos estamos conociendo, tanteando, probando… de momento ya tiene algo que sí me gusta, el tamaño (evidente cuál es). Ya os iré contando.

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