Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: agosto, 2014

Y yo que me alegro

Con mis mil defectos por banda sí que debo decir que tengo algo que considero una gran virtud, y es que me alegro, me llega mucho cuando a la gente que me rodea le pasa algo bueno, cuando son felices, cuando tienen una buena noticia. Al menos eso sí que se me da muy bien. Tanto que a veces me hace más ilusión que le pase algo a los demás antes que a mí mismo. Altruista o gilipollas… pues oye que cada piense lo que quiera, que para eso estamos en un país libre, o eso dicen.

Pues hoy, desde ayer, es una de esas veces. Porque hay noticias que no porque te las esperes te hacen menos ilusión. Me hace mucha gracia ese momento de charla tonta por teléfono, esos prolegómenos en los que yo, mientras hablo, estoy pensando “venga sé que quieres decirme algo, adelante” y tú “¿se lo suelto ya? ¿cómo se lo digo?”. Y al final lo sueltas, y yo sonrío. Lo siento no puedo evitar soltar el “sabía que algo pasaba” porque soy así, pero al final la sonrisa empieza en tu cara y remata en la mía.

Porque si hay algo que también he hecho bien (hoy me ha dado por ponerme por las nubes, mira tú) es saber elegir bien a la gente que forma parte de mi vida, si ellos han hecho bien en aceptarme es otra cuestión. Y la verdad es que poco a poco se van corrigiendo injusticias y van consiguiendo lo que querían y sin duda merecían. Sí, en pasado, porque ya no lo quieren, ahora lo tienen. Y yo me alegro.

Me alegro por poder olvidar charlas grises con las lágrimas a flor de piel y el alma en vilo. Ya se fueron, se acabó, desde ahora sólo queda mirar hacia delante y seguir riendo, o más bien seguir riéndote de mí.

Te deseo, os deseo, todo le mejor.

Entre animales anda el juego

Todo empezaba con la prueba de la rana, al menos antes, y desde ese momento toda nuestra vida quedaba marcada por los animales. Nos pongamos como nos pongamos, somos unos animales y que conste que lo digo como un piropo, aunque no sé si los demás animales estarán muy de acuerdo con la comparación.

Pasamos nuestra infancia inquietos, corriendo como lagartijas de aquí para allá tirando de memoria de pez para tropezar dos veces en la misma piedra y más presumidos y orgullosos que un pavo real. Algunos incluso nos pasamos de la raya llegando pesados como moscas, mientras que otros optan por el modo vago siendo más perezosos que… bueno pues que un perezoso.

Después crecemos, y nos enfadamos, y es que todos estamos un poco como cabras. Ellas nos  llaman cerdos y cabrones y nosotros a ellas zorras y víboras… que siempre hemos sido muy burros. Porque en el fondo estamos deseando juntarnos, sobretodo nosotros, que sin ellas vamos por la vida salidos como monos. Sí que es verdad que algunos de nosotros prefieren barrer para casa y se quedan con los osos.

No podemos evitar tener envidia de nuestros colegas animales, que si tienes vista de lince, que si es fuerte como un león… e incluso nos ponemos manos a la obra para crear artilugios para parecernos a ellos, que todos sabemos lo que es el ojo de halcón, que por cierto no entiendo cómo no lo usan definitivamente para el fútbol, aunque eso es otro tema.

Pasan lo años y nos vamos confinando en un cementerio de elefantes, nos ponemos como una vaca porque hay días que hasta nos comemos un ñu, dejamos de ser nocturnos como los murciélagos y nos volvemos cada vez más perros.

Porque nuestra vida es así, porque somos unos animales y nadie puede negarlo.

Todo eso es suyo

Permitidme que por un día cambien la dinámica de mi blog y haga un ejercicio algo más propio de profesión, de periodista vamos. Y es que ayer perdiendo el tiempo durante los anuncios de una serie encontré por casualidad una noticia que me llamó la atención.

Esta es la noticia que me encontré en el Norte de Castilla.

http://www.elnortedecastilla.es/sociedad/201408/25/estrellas-japonesas-porno-dejan-20140825130836-rc.html

Pues la noticia comentaba que “Un grupo de actrices porno japonesas participarán el próximo fin de semana en un evento caritativo contra el sida en el que durante 24 horas invitarán a sus fans a tocarles los pechos”. Toma ya. Después del IceBucketChallenge llega el TocameLaTetaChallenge. Y estuve un rato dándole vueltas al tema, porque he de reconocer que así, de primeras, no supe muy bien qué opinar del tema. 

Lo que sí me quedó claro es que si esto se hubiera organizado en España se habrían oído las voces de las pseudofeministas (más bien hiestéricas e histriónicas) diciendo que eso era una degradación de la mujer, que era un espectáculo machista, que… y la verdad que yo hay cosas que no entiendo.

Vale, sé que me estoy metiendo en camisa de once varas, pero no lo puedo evitar. Vamos a ver, en este momento que aún colea la reforma de la ley del aborto, en el que numerosas asociaciones, personalidades y personajes (que no es lo mismo), políticos (que pueden estar en alguno de los grupos anteriores o ni eso) donde se está reivindicando la capacidad de la mujer de decidir aquello que atañe a su cuerpo… ¿me van a decir, justo en este momento, que estas mujeres no pueden hacer con sus senos lo que quieran? Pues no lo entiendo.

Porque son suyos, de eso no hay duda. Bien porque hayan nacidos con ellos o bien porque hayan decidido ponérselos, pero en ambas casos todo esto es suyo.

Es cierto que no me parece el acto más elegante que se pueda organizar, ahora que afectivo me da a mí que sí que es. Porque sinceramente tengo mis más que serias dudas de que todos aquellos que se están remojando hayan mandado su donativo. Me suena un poco a yo me mojo hoy, pero ya donaré… mañana (como diría José Mota). Esto es más sencillo, usted primero paga y luego toca. Así, en vivo, sin trampa ni cartón.

Si me preguntan si yo acudiría a uno de esos actos… pues no creo. Si me preguntan si lo considero tratar a una persona (sea hombre o mujer) como un objeto… pues sí, pero a fin de cuentas los pechos son suyos y los toca quien ellas quieran. Es por una buena causa.

Desafío limpiar

Llamadme torpe, bueno llamadme torpe por un motivo más. Pero ayer viví toda una odisea, ríase usted de los grandes héroes clásico a mi lado, seguro que todos ellos habría sucumbido en mi desafío y habrían pedido piedad a los dioses. Que todos sabemos que los dioses habrían pasado de ellos porque los dioses en esa época eran muy suyos. Tenían sus peleas, sus engaños, sus amoríos, sus aventuras, sus escapadas… vamos que las historias de dioses son el primer culebrón. Cambie usted Zeus por Luis Alfredo y tiene un filón. Hala ya les he resuelto el trabajo a los guionistas de la tele.

Pues bien, ayer en mi casa saltó la alarma de intendencia, la luz roja centelleaba con fuerza cegadora. Asustado, acongojado, salté del sofá (más bien conseguí a duras penas y con abundantes lágrimas en los ojos levantarme de él) y fui a comprobar el problema. Señores y señoras, niños y niñas, mascotos y mascotas… hay dos cosas esenciales en la casa de toda persona de bien. Dos elementos claves para la  vida diaria: ropa interior limpia y papel higiénico.

Tras comprobar que las existencias de celulosa de aseo (suena mejor que papel de culo) estaban en orden, fui con más miedo que vergüenza a mirar el cajón de la ropa que poca gente ve. El color blanco casi me deslumbra al abrir el cajón, que podéis pensar “qué soso, todos sus calzoncillos son blancos”, pero no, con horror descubrí una verdad que pocos queremos saber: el último calzoncillo limpio lo llevaba puesto.

Traté de calmarme. El susto inicial se transformó de inmediato en un desafío. Sé que algunos me dirían que tiene una solución tan sencilla como ir a comprar más. Queridos amigos derrochadores, os recuerdo que sólo existen dos prendas de usar y tirar, los baberos de plástico que usan los americanos para comer marisco (se manchan igual, pero les gusta disfrazarse) y los chubasqueros de plástico de los chinos (cuando te lo pones parece una capa, cuando te lo quitas te lo roto que está parece una cortina de esas verdes que ponen en los bares de pueblo para que no entren las moscas). Las demás rendas, pasando por un proceso que se llama lavado (algunos que no se duchan mucho comprendo que con la ropa no hana una excepción) se reutilizan.

Pues había que lavar. Bien una vez introducida la ropa en la lavadora (parece un paso tonto, pero ayuda mucho), te enfrentas al gran desafío… los botones de la lavadora. No, nadie se ha molestado en pensar en simplificar el proceso. No se trata de un simple botón de encender/apagar. Bien, pidamos refuerzos… ¿mamá cómo se usa la lavadora? Ay hijo no sé yo es que tu lavadora no la conozco… pero vamos a ver ¿es que hay que conocer las lavadoras? ¿le doy dos besos o le doy la mano? ¿cada lavadora tiene su propio idioma? Un mar de dudas.

Fue en este momento, a punto de optar por ir en plan “comando” con el peligro que la cremallera conlleva (los chicos me entendéis), en el que decidí salirme del guión establecido. Dejé de lado mis raíces y actué de un modo extraño para todos los que hemos nacido en este país… leí lo que ponía en los botones de la máquina, que todos sabemos que el español primero jode y luego lee (mal pensado abstenerse).

Eso era un sinvivir, a ver primero estaba el tema de la temperatura. Que si 40 grados, que si 60 grados, pero vamos a ver que yo lo que quiero es lavar la ropa, no confitarla. Galllumbo a las finas hierbas con reducción de espuma de jabón (a vesi estoy dando ideas a Adriá…). Pues 40, que el número me gusta… los 40 principales, los 40 ladrones… venga 40.

Que si prelavado (¿eso es como el prepartido? ¿hay que ir con los calzoncillos a tomar una caña?), que si centrifugado (esos son los que se fugan del centro fijo, mi lavadora es de Podemos).

El caso es que al final con un procedimiento científico contrastado, que no innovador (pito ito gorgorito) opté por una de las opciones y aquello comenzó a girar.

Un tiempo después puedo decir orgulloso aquello de ¡prueba superada! y haceros saber que sí, que llevo calzoncillos limpios hoy. Por cierto los de hoy sí son blancos.

Y se marchó

Llegó de puntillas, con cuidado, quizá hasta con miedo. Llegó pensando que nadie se acordaba de él y comprobando que nadie le había olvidado. Y llegó porque siempre lo hace, aunque este año se ha retrasado, o eso nos ha parecido a nosotros. Quizá porque el termómetro no se ha disparado, porque los atascos se han reducido y porque las playas ya no son pequeños laberintos de toallas que tienes que sortear si pretendes llegar al mar. El verano siempre llega.

Y hemos comido, dormido, reído. Hemos dejado la vida en pausa para, por unos días poder VIVIR, así, a lo grande, con los más grandes, con los amigos. A veces con la familia, pero no necesariamente tu familia tienen que ser tus amigos. Si coincide mejor.

Hemos sacado del armario la sonrisa junto con las chanclas y el aftersun, porque somos así, primero nos quemamos y luego ya nos ponemos protector solar. Y sobretodo hemos recargado esas imaginarias pilas para ir vaciándolas poco a poco en la rutina laboral. Muy necesario sin duda.

El verano llegó de puntillas por más que tratábamos de traerlo a empujones. Pero llegó. Con su brindis al sol con menos sol de por medio y su reloj desatado que sí marcaba las horas. Y existen tantos tipos de veranos como personas, los hay hasta incluso inexistentes, pero es que también hay personas que no lo son.

Y se marchó. Se ha ido. Ya no hay más verano. Al menos para mí… pero bueno, es cuestión de disfrutar del otoño.

La invasión zombi

Ya ha llegado. Seguro eh. Nadie me ha dicho nada, ni he visto zombies por la calle, pero vamos si no es por eso no lo entiendo. Y es que debe ser que está todo el mundo en Madrid encerrado en sus casas atrincherados muertos de miedo y contando las latas de conservas que les quedan para ver cuántos días pueden aguantar.

Por la mañana, muy de mañana (al menos para mí) cuando vengo hacia la oficina apenas me cruzo con algunos incautos como yo. No hago cola en los semáforos. Sí, en Madrid en hora punta los peatones hacemos cola en los semáforos, que a veces no te da tiempo a cruzar porque los de delante se mueven despacito. 

Ya en la oficina abro las ventanas y oigo un extraño sonido. Me asomo, investigo y compruebo, con la boca por los suelos estilo la máscara, que son pájaros. ¿Pájaros? sí, pájaros. Ni coches, ni gritos, ni obras, ni manifestaciones (es que trabajo al lado de Génova…)… sólo pájaros. Y es más, desde la ventana veo unos extraños huecos entre coche y coche. Mis amigos, los que tienen carné de conducir (vamos, todos menos yo) dicen que se llaman “sitio para aparcar”, que es un bien en extinción. Pues no lo entiendo, pues yo veo muchos ¿será que los crían los zombies?

Lo bueno es que los zombies no comen en restaurantes. Nada de reservar… donde normalmente tienes que darte codazos para poder coger un tenedor con dos dedos, ahora te espatarras en la mesa y abres los codos feliz como si estuvieras bailando los pajaritos, con acordeón y todo eh. El mismo camarero que antes te miraba por encima del hombro desde dentro de su local minimalista mientras servía un puturrú de fuá, ahora sale a la calle a pedirte de rodillas que entres, que tomes algo. Pero a mí no me engaña, lo que pasa es que le dan miedo los zombies y quiere usarte de escudo humano. Bueno escudo humano para él y tapita para los zombies.

Lo dicho, que ha llegado la invasión zombi… o quizá sea que estamos en agosto.

Cosas que no soporto

Lo siento, lo confieso, lo digo, lo lanzo al aire, lo dejo claro… hay cosas que no puedo soportar. Y puede que muchas de ellas no sean tan graves, que no esteis de acuerdo, pero son las mías.

No soporto la gente que cuando cocinas tiene que meter la cuchara de palo a darle una vuelta y hacer como que colabora.

No soporto la gente impuntual.

No soporto el color morado.

No soporto los lunes.

No soporto los donuts con poca azúcar, la coca cola sin gas, la carne muy hecha.

No soporto mirarme en el espejo antes de ducharme.

No soporto las chicas con faldas largas (sé que ya lo he dicho, pero es que no lo soporto oye).

No soporto la sensación de la sal y la arena pegada al cuerpo.

No soporto la gente que habla buscando que los demás no los entendamos.

No soporto la gente que prejuzga, mira por encima del hombro, ningunea.

No soporto pensar en mañana y olvidarme de hoy.

No soporto saber que sé lo que tú sabes cuando tú tratas de ignorar que lo sé.

No soporto Sálvame.

No soporto la gente que vive su vida criticando la mía.

No soporto que los paquetes de salchichas sean de cinco.

No soporto la gente que para estar por encima tiene que pisar a los demás.

No soporto pensar en mil soluciones a mil problemas y quedarme simplemente pensando.

No soporto no soportar tantas cosas.

De vuelta

Pues ya estamos aquí de nuevo. Con las pilas cargadas, las armas depuestas y la sonrisa prendida, aunque eso sí, con alfileres. Las vacaciones son ese periodo necesario donde debe primar el egoísmo personal, que ya lo dicen los ingleses, para decir yo te quiero, primero hay que saber decir yo. De eso va el verano… yo, yo, yo y los demás. Pero yo delante, el burro delante para que no se espante.

El punto justo en el que te das cuenta de que estás de vacaciones es cuando empiezas a olvidar el día que es. Eso no pasa en terreno laboral, el lunes es lunes (puto lunes), el martes es martes (asco de martes), el miércoles es miércoles (va mejorando), parece que ya es jueves, toma ya, es viernes, cojonudo es sábado y… mañana es lunes. Pero vamos que saber perfectamente en qué día vives. Vale, cierto, que yo alguna vez me he confundido de día, pero… ¿desde cuándo soy yo un buen ejemplo?

Y vienes algo más hermoso, es decir de hueso más ancho, lo que viene a ser con más curvas… bueno algo más gordo vaya. Combinar comer y descanso provoca estas cosas… podría decirse que la felicidad a veces se mide en kilos, pero curiosamente los kilos te sobran y la felicidad no, cosas curiosas del ser humano, mire usted.

En fin que el tiempo, cuanto más quieres sujetarlo, más corre. Que ya lo he dicho alguna vez, que Dios hizo el mundo en siete días y se nota. Y al final, después de perseguir al tiempo que corría por mis vacaciones como el conejo blanco de Alicia, me encuentro de nuevo aquí, en frente de esta ventana, rodeado de mis paredes pistacho.

Pues nada, que hola de nuevo.