La invasión zombi

Ya ha llegado. Seguro eh. Nadie me ha dicho nada, ni he visto zombies por la calle, pero vamos si no es por eso no lo entiendo. Y es que debe ser que está todo el mundo en Madrid encerrado en sus casas atrincherados muertos de miedo y contando las latas de conservas que les quedan para ver cuántos días pueden aguantar.

Por la mañana, muy de mañana (al menos para mí) cuando vengo hacia la oficina apenas me cruzo con algunos incautos como yo. No hago cola en los semáforos. Sí, en Madrid en hora punta los peatones hacemos cola en los semáforos, que a veces no te da tiempo a cruzar porque los de delante se mueven despacito. 

Ya en la oficina abro las ventanas y oigo un extraño sonido. Me asomo, investigo y compruebo, con la boca por los suelos estilo la máscara, que son pájaros. ¿Pájaros? sí, pájaros. Ni coches, ni gritos, ni obras, ni manifestaciones (es que trabajo al lado de Génova…)… sólo pájaros. Y es más, desde la ventana veo unos extraños huecos entre coche y coche. Mis amigos, los que tienen carné de conducir (vamos, todos menos yo) dicen que se llaman “sitio para aparcar”, que es un bien en extinción. Pues no lo entiendo, pues yo veo muchos ¿será que los crían los zombies?

Lo bueno es que los zombies no comen en restaurantes. Nada de reservar… donde normalmente tienes que darte codazos para poder coger un tenedor con dos dedos, ahora te espatarras en la mesa y abres los codos feliz como si estuvieras bailando los pajaritos, con acordeón y todo eh. El mismo camarero que antes te miraba por encima del hombro desde dentro de su local minimalista mientras servía un puturrú de fuá, ahora sale a la calle a pedirte de rodillas que entres, que tomes algo. Pero a mí no me engaña, lo que pasa es que le dan miedo los zombies y quiere usarte de escudo humano. Bueno escudo humano para él y tapita para los zombies.

Lo dicho, que ha llegado la invasión zombi… o quizá sea que estamos en agosto.

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