Desafío limpiar

por Fer Población

Llamadme torpe, bueno llamadme torpe por un motivo más. Pero ayer viví toda una odisea, ríase usted de los grandes héroes clásico a mi lado, seguro que todos ellos habría sucumbido en mi desafío y habrían pedido piedad a los dioses. Que todos sabemos que los dioses habrían pasado de ellos porque los dioses en esa época eran muy suyos. Tenían sus peleas, sus engaños, sus amoríos, sus aventuras, sus escapadas… vamos que las historias de dioses son el primer culebrón. Cambie usted Zeus por Luis Alfredo y tiene un filón. Hala ya les he resuelto el trabajo a los guionistas de la tele.

Pues bien, ayer en mi casa saltó la alarma de intendencia, la luz roja centelleaba con fuerza cegadora. Asustado, acongojado, salté del sofá (más bien conseguí a duras penas y con abundantes lágrimas en los ojos levantarme de él) y fui a comprobar el problema. Señores y señoras, niños y niñas, mascotos y mascotas… hay dos cosas esenciales en la casa de toda persona de bien. Dos elementos claves para la  vida diaria: ropa interior limpia y papel higiénico.

Tras comprobar que las existencias de celulosa de aseo (suena mejor que papel de culo) estaban en orden, fui con más miedo que vergüenza a mirar el cajón de la ropa que poca gente ve. El color blanco casi me deslumbra al abrir el cajón, que podéis pensar “qué soso, todos sus calzoncillos son blancos”, pero no, con horror descubrí una verdad que pocos queremos saber: el último calzoncillo limpio lo llevaba puesto.

Traté de calmarme. El susto inicial se transformó de inmediato en un desafío. Sé que algunos me dirían que tiene una solución tan sencilla como ir a comprar más. Queridos amigos derrochadores, os recuerdo que sólo existen dos prendas de usar y tirar, los baberos de plástico que usan los americanos para comer marisco (se manchan igual, pero les gusta disfrazarse) y los chubasqueros de plástico de los chinos (cuando te lo pones parece una capa, cuando te lo quitas te lo roto que está parece una cortina de esas verdes que ponen en los bares de pueblo para que no entren las moscas). Las demás rendas, pasando por un proceso que se llama lavado (algunos que no se duchan mucho comprendo que con la ropa no hana una excepción) se reutilizan.

Pues había que lavar. Bien una vez introducida la ropa en la lavadora (parece un paso tonto, pero ayuda mucho), te enfrentas al gran desafío… los botones de la lavadora. No, nadie se ha molestado en pensar en simplificar el proceso. No se trata de un simple botón de encender/apagar. Bien, pidamos refuerzos… ¿mamá cómo se usa la lavadora? Ay hijo no sé yo es que tu lavadora no la conozco… pero vamos a ver ¿es que hay que conocer las lavadoras? ¿le doy dos besos o le doy la mano? ¿cada lavadora tiene su propio idioma? Un mar de dudas.

Fue en este momento, a punto de optar por ir en plan “comando” con el peligro que la cremallera conlleva (los chicos me entendéis), en el que decidí salirme del guión establecido. Dejé de lado mis raíces y actué de un modo extraño para todos los que hemos nacido en este país… leí lo que ponía en los botones de la máquina, que todos sabemos que el español primero jode y luego lee (mal pensado abstenerse).

Eso era un sinvivir, a ver primero estaba el tema de la temperatura. Que si 40 grados, que si 60 grados, pero vamos a ver que yo lo que quiero es lavar la ropa, no confitarla. Galllumbo a las finas hierbas con reducción de espuma de jabón (a vesi estoy dando ideas a Adriá…). Pues 40, que el número me gusta… los 40 principales, los 40 ladrones… venga 40.

Que si prelavado (¿eso es como el prepartido? ¿hay que ir con los calzoncillos a tomar una caña?), que si centrifugado (esos son los que se fugan del centro fijo, mi lavadora es de Podemos).

El caso es que al final con un procedimiento científico contrastado, que no innovador (pito ito gorgorito) opté por una de las opciones y aquello comenzó a girar.

Un tiempo después puedo decir orgulloso aquello de ¡prueba superada! y haceros saber que sí, que llevo calzoncillos limpios hoy. Por cierto los de hoy sí son blancos.

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