La arena

por Fer Población

Siempre pensó que la vida hay que beberla a sorbos, casi con ansia, pero sin llegar a la angustia. Imaginó la puerta de su casa como una gran boca de metro que le podía a llevar a mil y una aventuras, acompañado de personas, lugares, olores, sabores.

Siempre quiso saber pintar. Plasmar eso que llaman sentimientos y que nacen en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme. Quiso poder gritar al mundo que estaba ahí. No pasaba por ahí, estaba ahí. Pero la vida se le escapaba grano a grano. La arena se deslizaba por sus dedos y no era capaz de retenerla, de conservarla. La arena, como muchas de las cosas pequeñas, pasaba desapercibida, pero iba marcando su vida, su tiempo, lo que había sido su pasado, estaba siendo su presente e iba a ser su futuro. La arena, esos pequeños granos, iban de persona a persona llevados mecidos por los vientos de cambio. Porque la arena son pedazos de conchas, de algo, porque en la vida todos los que se acercan a ti se llevan un pequeño trozo de ti. Y tú de ellos.

Y en esa arena cayó una lágrima. Lágrimas de todo tipo, incluso de todo a cien. Lágrimas solitarias y compartidas, lágrimas que forman océanos donde refugiarnos, donde recrearnos, donde tratar de cerrar las heridas que van abriendo nuestra carne.

Supo que estaba vivo. Porque sangraba, porque lloraba, porque llevaba atada a su piel los granos de arena de los que quisieron o pudieron cruzarse con él. Corrió tan rápido como pudo para conseguir el tiempo de pararse a pensar. Sentado, sólo, mirando ese mar de lágrimas y tratando de identificar las suyas.

Notó el calor de un rayo de sol. Con uno basta. Cuando un rayo de sol te toca ya jamás lo olvidas. A veces esos rayos tienen nombre de persona, y no olvidas, desde luego que no, a mí me ha pasado. Y poco a poco se fue estirando, jugando con esa arena que se empeñaba en seguir escapando entre sus dedos, notando pequeñas gotas que venían desde algún lugar. Escuchó que el silencio susurraba su nombre y respondió con una sonrisa.

Porque aunque no todo estuviera bien él sí lo estaba. Era su momento, su lugar, su arena. Quizá no fuese perfecta, pero era la suya. Y le gustaba.

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