Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: septiembre, 2014

Siempre pensó

Él siempre pensó que la vida era un laberinto, sin minotauro, pero sin camino de baldosas amarillas. Y pensó en los valores que le clavaron en el pecho a base de rodilla en tierra con Padre y Madre presentes, pero no tangibles. Pensó que el mundo era un enorme patio de recreo con unicornios, golosinas y payasos. Pero payasos de los buenos, de los que ríen.

Estaba convencido de poder captar el olor de la lluvia, la música del latido de un corazón enamorado, el destello del alma de una persona sincera. Y sabía que la vida siempre da otra oportunidad, que querer es poder, que tu límite lo pones tú… lo sabía.

Conocía cada nombre, cada cara, cada gesto. Veía más allá de la fachada y sonreía al comprobar que realmente le gustaba el salón. El ansia de empezar, de vivir, de saber y pensar. 

Después nació, y se dio cuenta de que las cosas no son lo que él pensaba.

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Intento de asesinato

No es lo mismo los asesinatos que los suicidios, eso queda claro. Intentos de suicidio los cometo yo conmigo mismo a diario. Que si duermo menos de lo que debería, que si como lo que no debería, que si cruzo sin mirar, que si veo series españolas en la tele… pequeños ataques a la mi salud que son un lento suicidio. Y es que yo las cosas suelo hacerlas con calma, vago que es un oye.

Bien, yo me suicido (o me suicidio como decía un conocido), pero que quieran asesinarme es feo. Y sin avisar ni nada. Que digo yo que si alguien quiere acabar conmigo (en el sentido matar, no en el sentido dejarme que eso parece que es fácil) podría avisar con un poco de tiempo. Tampoco pido mucho eh, un par de días. Por aquello de despedirme, de regar las plantas, de tomarme la última cena… por cierto, si tuvierais que pedir una última cena ¿qué sería? yo depende del capricho que tuviera ese día (que uno es caprichoso), pero jamón habría sin duda… pues eso que querría pegarme la última fiesta y, por supuesto, y por encima de todo, ponerme ropa interior limpia. No es plan de llegar al tanatorio y quedar como un cochino.

Porque ayer casi muero. Y de forma poco elegante. Que hasta en el morir hay que tener clase. Morir por la picadura de una serpiente atravesando la selva, sí. Morir atropellado por el camión de la basura, no. Morir rescatando a tres niños, dos ciegos y un cachorro de un incendio, sí. Morir resbalando con una piel de plátano y cayendo por un barranco, no. 

Mi muerte habría sido por piedra en la cabeza caída de la obra del edificio de al lado en mi patio. Mi poco glamur, mi pocho chic, muy poco cool… vamos lo que viene a ser una puta mierda. 

Casi me da. Cayó tan cerca que en vez de soltar los típicos gritos hispánicos destinados a alguien que nos está creando algún tipo de incomodidad (los más comunes es cagarse en y mandar a), me quedé callado mirando esa bonita piedra del doble del tamaño de mi puño.

Pero imaginemos que eso me pasa por la mañana al salir a encender la caldera para ducharme. Y no me mata, pero me abre en la cabeza una boca del metro (que ya las ponen en cualquier lado). Me imagino la llamada a la oficina:

– Hola, verás es que estaba encendiendo la caldera, me ha caído una piedra del cielo y tengo que ir a que me den puntos, así que no voy a poder ir a la oficina.

– Joder, no me cuentes películas, di que estás de resaca y ya…

Y es que a veces, en algunos casos, no muchos, los justos… es mejor mentir.

Ya es Navidad

Ya, ya lo sé… que aún hace calor; que no hay luces en las calles; que los escaparates no están llenos de bombillitas ni de cintas y lazos rojos y verdes; que en las casas no hay una planta más, un abeto concretamente (aunque muchos sean de plástico); que no vamos deseando felicidad por la calle como si estuviéramos locos; que no comemos como animales ni bebemos como si nos fuera la vida en ello; que aún no han anunciado en la tele “Los fantasmas atacan al jefe”; que no buscamos décimos de lotería como auténticos yonkis; que los peces no beben, la marimorena no anda y las camapanas no están unas sobre otras; que el rey (versión 2.0) no ha dado su discurso; que el turrón, polvorones y peladillas no llenan las estanterías de los supermercados; que la gente no va por la calle disfrazada de Papá Noel; que no está bien visto aún ir con matasuegras por la calle; que la plaza mayor no está llena de puestos de artículos que tienen un día de vida útil; que el marisco, el pavo y el cordero aún no han duplicado su precio; que las tiendas no están a reventar de gente buscando el regalo de última hora; que los móviles no han se han saturado de mensajes en cadena de amor, felicidad y esas cosas; que los niños no piden como locos aquello que los padres no pueden comprar; que los anuncios no se han triplicado y en las esperas se te olvida lo que estabas viendo (bueno, eso sí pasa)…

Por todas estas razones podríais decirme que no es Navidad, pero yo hoy me he despertado cantando villancicos, y ante la cruda realidad de que vuelvo al horario partido y a salir de la oficina bien avanzada la tarde, prefiero pensar que ya es Navidad.