Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: octubre, 2014

Cartoon life

Si en una noche oscura en un bazar cayera alguna banda sobre ti más te vale tener buenos amigos que te defiendan y nunca olvides que hay un amigo en mí. Pero tranquilo, siempre puedes recurrir a mandar a tus minions a por un buen arma que tire pedos y ya de paso que te regalen un buen pupete (que nadie olvide que en nada es mi cumpleaños, lo dejo caer así sutilmente).

Si la cosa se pone fea sólo tienes que seguir nadando y si ya se complica de verdad… pues Hakuna Matata. En el fondo siempre puedes dar un buen rugido o si todo se pone feo de verdad… pues si te especie se se ha extinguido palmas da.

Que sí, que me gustan las pelis de dibujos, bueno, perdón que ahora se llaman de animación (y sin haberlo pensado me ha salido un pareado). Y a vosotros también, reconocedlo. Es la mejor excua para pasar dos horitas (a veces menos) tranquilo y descansado. Y yo, hoy que tengo el cerebro en Marte y el sueño por bandera, no puedo evitar pensar en todos esos personajes que nos han acompañado tantos años.

Hakuna Matata chicos.

Vuelve Eurastio

Pues sí, vuelvo a sacar a Eurastio a la palestra. Aunque en este caso ha sido por petición y yo soy muy malo diciendo que no. Una de las cosas que más me divierten de escribir este blog es que puedo cambiar de careta a diario. Hoy puedo pensar en Eurastio, mañana ponerme reflexivo, pasado irónico, otro día romántico… puedo ir mudando de piel y sacando lo que lleve cada día dentro. Porque yo soy así. Soy muchos yo. Y seguro que a cada cuál le gusta más una parte y no creo que a muchos os guste el todo.

Lo dicho, hoy vuelvo a pensar en Eurastio, porque me lo han pedido y porque me ha apetecido. Os dejo con él.

Eurastio intentaba entender a las personas mayores, pero no era fácil. Él era más de hablar con los niños. Las personas mayores se le atragantaban, no entendía en qué momento dejaban de decir lo que pensaban por lo que creían que los demás querían oír. Era un gran misterio.

Un día iba paseando tranquilo por la calle. Lo bueno de ser pequeñito es que nadie se fijaba en él y podía ir jugando. A Eurastio le gusta mirar los árboles, oler cerca de las panaderías, sumar las matrículas de los coches, escuchar a los pájaros. Alguna vez incluso intentó hablar con ellos, pero los pájaros no son muy simpáticos. Lo dicho Eurastio sin duda prefería los niños.

De repente creyó oír de lejos alguien llorar. Miró hacia arriba, parecía que salía de una ventana del segundo piso.

-Tengo que subir a mirar qué pasa – pensó, porque eso es lo que hacen los dinosaurios de peluche. Pero lo malo de ser un dinosaurio es que tienes las patitas cortas. Eurastio probó a llamar a telefonillo, pero no llegaba. Intentó trepar por la fachada del edificio y sólo consiguió caerse y hacerse daño en la cola.

Pues tenía que subir, él sabía que tenía que subir. Entonces tuvo una idea. Se quedó muy quietecito y esperó. Pasaron las horas y cuando ya pensaba que no lo iba a conseguir, vio cómo un hombre dejaba la puerta del portal abierta. Era su oportunidad. A veces cuando piensas que no lo vas a conseguir, sólo tienes que insistir una vez más.

Eurastio corrió todo lo que sus patitas le daban y se coló por la puerta. Estiró mucho las orejas y fue corriendo por los pasillos del portal saltando escalones siguiendo el sonido apagado de los llantos. Parecía que era una niña. Sí, era una niña. Eurastio, que es muy listo, sabía que muchas veces la gente que peor lo pasa llora flojito, despacio.

Por fin consiguió colarse en la casa y llegó al cuarto de la niña. Eurastio se asomó despacito detrás de la puerta. Pudo ver a una niña de ocho años. Con su uniforme del cole, su coleta. Tumbada encima de la cama y encogida de espaldas.

  • Hola – dijo Eurastio muy despacito
  • Hola – repitió Eurastio un poco más alto.

La niña se giro despacio. Se frotó los ojos y se asustó un poco.

  • Tranquila – le dijo Eurastio sonriendo – me llamo Eurastio. Estaba paseando por la calle y te he oído llorar.

La niña no se lo podía creer, alguien la había oído. Estaba sorprendida e ilusionada. Muchas veces el que menos te esperas es el que te puede ayudar.

  • Hola, me llamo Ana ¿de verdad que me has oído?

Claro que Eurastio la había oído. Muchas veces simplemente se trata de poner interés en escuchar.

  • ¿Qué te pasa Ana? ¿por qué lloras?
  • Es que… es mi cumpleaños… pero parece que mis padres se han olvidado.
  • Pero podemos celebrarlo juntos.

Eurastio se puso manos a la obra. Bueno patas a la obra. Para una fiesta de cumpleaños hacen falta pocas cosas. En realidad sólo hace falta una, gente con la que celebrarlo. Pues ahí estaba él. Los dos se fueron juntos a la cocina y comieron galletas, y contaron cuentos, y se rieron. Luego volvieron al cuarto de Ana para jugar. Eurastio era el monstruo que quería comerse a la princesa, pero que luego se volvía bueno. Qué gran actor que es Eurastio.

Pasado el tiempo se oyó la puerta de casa.

  • Ana ¿dónde estás? – preguntaron sus padres que acababan de llegar al tiempo que pagaban a la niñera que seguí viendo la tele.
  • Aquí, en mi cuarto – respondió Ana

Los dos fueron a verla y al entrar la vieron como hacía mucho tiempo que no la veían. Contenta, sonriendo, feliz. Porque la felicidad se nota.

  • ¿Qué haces Ana?
  • Celebro mi cumple con Eurastio

La cara de los padres cambió de inmediato. No podía ser. Se habían olvidado. Se agacharon y abrazaron a la pequeña Ana. Sólo se oyó un “lo siento”.

Pero Ana no estaba triste. Estaba feliz. Ana había hecho un amigo, había comido dulces, había jugado toda la tarde. Era un gran día de cumpleaños. Y no quería que sus padres se sintieran mal. Ella también a veces se olvidaba de cosas y sus padres la perdonaban ¿no? Pues ella hizo lo mismo y se puso a jugar con sus padres.

Eurastio también estaba feliz. Ana ya no lloraba y estaba jugando con sus padres. El mejor amigo de un niño siempre deberían ser sus padres, sus padres y un dinosaurio de peluche, claro.

Eurastio le dio un abrazo con las patitas a Ana y ella le preguntó:

  • ¿Volverás?
  • Sólo si vuelves a llorar

Y Eurastio se fue. Y siguió mirando los árboles, y corrió por los parques y se tumbó con la tripa hacia arriba para poder tomar el sol. Porque una de las cosas mejores del mundo, una de las cosas que más feliz te hacen, es ayudar a los demás.

¿He vuelto a Chile?

Si hablamos del tiempo es la sensación que tengo la verdad. Estar a finales de octubre por la calle en manga corta no es normal. Se ponga la gente como se ponga no es normal. Recuerdo bien en estas fechas tener que tirar de bufandas, gorros y guantes e ir embutido en un abrigo con una pequeña rendija para los ojos. Más que nada por aquello de no chocarse con las farolas, aunque bueno debo reconocer que ahora con los móviles el riesgo de tragarse una farola se ha disparado. Ya lo dije en su día, habría que acolchar farolas, semáforos, papeleras… pero nadie me ha hecho caso. Allá vosotros incautos que vais por la calle como locos.

Pues no, ahora vamos a pecho descubierto con gafas de sol y abrigo en la mano. No es que las terrazas estén haciendo su agosto… es que están haciendo su agosto, su septiembre, su octubre… que si la cosa sigue así veo que la cena de Navidad vamos a cambiar el consomé por gazpacho y el pavo por ensaladilla rusa.

Como cuando estaba en Chile, que en esta época en la que veía cómo los facebooks de España se iban vistiendo la gente que me rodeaba se iba desnudando (con recato y decoro, eso sí). Pues una de dos, o nos han cambiado de sitio en el mapa y no nos hemos enterado (que podría ser porque si algo somos los españoles es despistados) o el tiempo ya se ha vuelto loco definitivamente.

Y con este calor, con estos sofocos, con este sol en todo lo alto que se esconde a las siete, pero se nota presente, a uno lo que le apetece es tomarse un helado. Y lo intenté, de verdad que lo intenté, pero no hubo manera. Yo fui confiado a una heladería, parece que no, pero si quieres tomar un helado y vas a una heladería vas acumulando puntos para el éxito, nadie te lo garantiza, pero vas bien. Segundo paso: pides el helado, en mi caso de vainilla. Tercer paso: pagas el helado. ¿Fácil? Pues no. No os imagináis mi cara de decepción al darle el primer lamentón. Pero de eso lametones, de verdad, con ganas, con ansia… era de plátano. Odio el plátano. Pido vainilla y me dan plátano.

Me di la vuelta y volví a la heladería a reclamar mi helado. Bien, no hay vainilla… que se termine el helado de vainilla es como que a Burger King se le acabe el Whopper, pero bueno. Pues de chocolate blanco. Lo miré, sonreí, me lancé a por él y… se me cayó al suelo. Estaba claro que no era mi día de tomar helado. Quizá mañana.

Eurastio

Creo que ya sabéis quién es Eurastio. Para los despistados os diré que Eurastio es mi dinosaurio de peluche. Y sé que suena raro (yo soy así), pero Eurastio ha sido un gran compañero no sólo para mí, es un gran peluche. Un día quise escribir su historia, quise hacer un cuento para que los niños supieran quién es Eurastio. Lo tenía guardado y se lo enviaba a amigos y amigas, pero hoy una chica muy mandona me ha ordenado (no sugerido) que lo publicara. Y yo, que soy bueno y obedeinte, pues aquí os lo dejo.

Eurastio nació como nacen las cosas buenas, de casualidad. Hace años en un barrio de una ciudad que no importa, en una calle que tampoco importa el nombre había un pequeño taller de un sastre. Y ya sabéis cómo son los talleres. El taller de un carpintero está lleno de madera.  El estudio de un pintor está lleno de manchas de pintura. El taller de un herrero está lleno de trocitos de hierro. Igual no lo sabes, pero esto es así, o era así.

El taller de un sastre está lleno de trozos de tela por todos los lados. De todos los colores. Hay botones, cremalleras, hilos y un montón de cosas que así sueltas, no valen de mucho, pero juntos pueden hacer cosas tan bonitas como la ropa que te pones a diario. A las personas nos pasa un poco lo mismo. Por separado no valemos de mucho, pero juntos podemos hacer cosas preciosas.

El caso es que hace ya unos años un sastre se empeñaba en terminar los pantalones, chaquetas, camisas… que sus clientes le habían pedido. Si no terminaba a tiempo no podría cobrar y no podría pagar las deudas. Justo el día que nos interesa el hijo pequeño del sastre estaba con él en el taller. Eran las vacaciones y Pedro no tenía clases. Luis, el sastre, se llevaba a diario a Pedro con él al taller. Sin muchas ganas, sin darse cuenta de los momentos que no estaba viviendo con su hijo, sólo pendiente de terminar la ropa, de cobrar el dinero, de pagar. A los mayores a veces nos pasa eso, pensamos tanto en el dinero que nos perdemos las cosas buenas que tenemos al lado.

Y Pedro… Pedro se aburría. Mucho. Y es que en el taller no había tele, ni cuentos, ni juguetes… Un día Pedro comenzó a jugar con los trocitos de tela que encontró por el suelo del taller. Poco a poco fue uniendo telas, cosiendo unas con otras poniendo unos botones… como su padre. Como había visto hacer a su padre durante horas, durante días. De repente, algo sucedió. Esas telas que Pedro había estado juntando empezaron a tener una forma, una cara ¡Era un dinosaurio! Y así nació Eurastio, de casualidad.

Pedro no se lo podía creer. Había hecho algo con la tela. Como su padre. Estaba feliz, orgulloso y no dudó un segundo en ir corriendo hacia Luis a enseñarle a Eurastio.

Luis lo miró de arriba abajo y dijo:

  • ¿Qué esto?
  • Un dinosaurio, se llama Eurastio – respondió sonriendo Pedro.
  • ¡Qué cosa más fea!

Pedro se sintió muy triste. Él lo había hecho lo mejor que podía. Era su dinosaurio, su único juguete del taller. Pedro llorando dejó a Eurastio dentro de una caja. Y Eurastio también lloró. Acaba de nacer y ya había vivido muchas cosas. Había despertado con la sonrisa de Pedro, con su cara de satisfacción. Había notado un calorcito dentro que le había hecho sentirse especial. Y luego al ver cómo se acercaban a Luis pensó que se sentiría mejor aún. Que vería otra sonrisa. Pero no. Todo fue muy diferente esta vez. No hubo risas, sino lágrimas. El calorcito se había ido. Y ahora estaba en una caja, solo y asustado. Y Eurastio no sabía qué es lo que había hecho mal. Y ahí Eurastio pensé que por eso los humanos decían eso de meter la pata, porque él sí tenía patas, pero las personas no. El problema es que él era diferente, eso es lo que pasaba. Y es que eso es algo malo que hacemos los mayores, a veces damos la espalda a algo nuevo o diferente sin darle una oportunidad.

Eurastio pasó mucho miedo esa noche. Oía ruidos, veía sombras y no sabía qué iba a pasarle. Pero cuando más asustado estaba vio una luz arriba que se iba haciendo más y más grande. Era Pedro. Y Eurastio se sintió feliz. Volvió ese calorcito que sintió al nacer. Aquello le gustaba. Y es que eso a veces pasa en el mundo, cuando más negras veas las cosas, a veces puedes ver una lucecita que te haga sentir bien.

Y Pedro y Eurastio pasaron horas juntos en el taller. Luis seguía a lo suyo, con sus camisas y pensando en el dinero. Pero ya no importaba tanto, porque ni Pedro ni Eurastio estaban solos. Estaban juntos. Y los días pasaban muy rápido. A veces Pedro y Eurastio iban en naves espaciales, a veces eran vaqueros, otras ganaban partidos de fútbol. Y todo sin salir del taller. Es lo bueno que tiene saber jugar, es lo bueno de tener amigos, aunque a veces a los mayores también se nos olvida eso.

Eurastio ya no tenía miedo por las noches. Entraba en la caja contento y pensando qué nuevos juegos le esperaban al día siguiente. Y se dormía feliz, sonriendo. Sentía que el mundo era un sitio precioso lleno de trocitos de tela de colores. Y es que Eurastio nunca había salido del taller.

Un día por la mañana la caja se abrió. Y Eurastio estaba listo para otra intensa mañana de juegos, pero no fue la cara de Pedro la que vio, sino la de Luis. Luis metió a Eurastio en una mochila . Eurastio notaba cómo todo se movía. Sabía que estaban moviéndose que iban a algún sitio, pero no sabía a dónde. Y tuvo miedo. Tener miedo no es malo. Todos hemos tenido miedo alguna vez.

Luis abrió la mochila y Eurastio por fin puedo ver dónde estaba. Y se alegró, pero mucho. Estaba en el cuarto de Pedro. Eurastio pensó que ahora podría estar mucho más tiempo con su amigo, y eso era genial.

Pero Eurastio, que pese a ser feo era muy listo, se dio cuenta de que algo no iba bien. ¿Por qué Pedro estaba en la cama? Eso no era normal. Y tenía mala cara, y había medicinas en la mesilla de noche. Eurastio lo entendió, Pedro estaba enfermo.

Pedro se sorprendió al ver que su padre le había traído a Eurastio.

  • Pero… si dijiste que era muy feo- comentó Pedro
  • Claro- respondió Luis- lo he traído por eso, para que asuste a los monstruos.

Y es que Pedro tenía miedo a la oscuridad, no lo gustaba dormir solo, no le gustaba que cerraran la puerta de su cuarto por las noches ni tampoco no poder ver lo que pasaba. Pero estaba claro que su padre lo había entendido y su padre tenía razón, Eurastio le protegería. Y Pedro se sintió bien.

Y Eurastio se sintió feliz. Tuvo miedo porque no sabía cómo serían esos monstruos, pero se prometió a sí mismo que lucharía contra ellos para proteger a su amigo. Y es que los amigos sirven para eso, no sólo para jugar, sino para ser capaces de enfrentarse a los monstruos aunque no sea más que un pequeño dinosaurio de tela feo.

Luis salió del cuarto de Pedro. Había estado unos día viendo a su hijo jugar con Eurastio. Se asustó al ver por la mañana que tenía fiebre y pensó en que igual el muñeco le hacía estar más tranquilo. A veces con las personas mayores también pasa eso, que no demuestran mucho lo que sienten, pero no por eso dejan de sentir.

Eurastio pasó años haciendo guardias por las noches vigilando si entraba algún monstruo y jugando por el día. Jamás vio ningún montruo, pero que nadie duda que si hubiera venido alguno habría podido con él. Y es que Eurastio por fin entendió que eso es lo que hacen los muñecos de tela, vigilar los cuartos de sus amigos por las noches.

Pedro creció. Le salió pelo en la cara. Pedro ya no tenía miedo de dormir solo, ni de la oscuridad. Es lo que pasa con las cosas que nos dan miedo, que cuando las superamos, no nos dan miedo más. Por eso tener miedo no es malo, lo importante es saber superarlo.

Eurastio había pasado unos años geniales con Pedro, pero ya era necesario. Así que se despidió de su amigo, se dieron un abrazo y se fue.

Eurastio salió al mundo a ayudar a otros niños. A proteger otras camas. A jugar con quien no tuviera nadie más. Eurastio nació en un taller, de trozos de telas, era feo, pero hizo grandes cosas. Y es que si crees en ti mismo y tienes al menos un buen amigo no hay nada de lo que no seas capaz. Pese a ser feo.

Puede que te dé miedo la oscuridad, que estés triste o que pienses que nadie se preocupe por ti. Si alguna vez sientes algo de eso, recuerda que Eurastio siempre, siempre, está ahí.

De obra en obra y tiro porque me toca

¿Pero no estábamos en crisis? ¿Pero no estaba la construcción parada? Ja. A mí no me la cuelan, que yo me paso el día de obra a obra y tiro porque me toca. Debe ser porque me voy haciendo mayor, pero ya según las voy viendo me detengo a mirar los avances y pienso para mí… pues no les ha quedado mal, o no me gusta esa cornisa, o… vaya usted a saber. Vamos que dentro de nada me compro mi bastón y voy por las obras haciendo fotos y subiéndolas a facebook.

Y es que mi rutina está salpicada de obras. Os cuento. Después de despertarme a golpe de reja de bar, que vale, eso no es una obra, pero jode igual, empieza la jornada laboral de los obreros con los que comparto pared. Que me dan ganas de decir “buenos días Manolo”, que uno es muy educado y, a fin de cuentas, paso más tiempo con estos señores que con muchos de mis amigos. En fin, me despierto, bueno me despiertan, me ducho y salgo a la calle. Lo primero es esquivar la obra del edificio de al lado de mi casa. Todos los días tengo alguna sorpresita. Que si una zanja, que si un bache, que si una valla… todo un slalom mañanero que con la ojera puesta y la oreja dormida tiene su dificultad oye.

Bien… seguimos camino. Después toca esquivar la obra de la Audicencia Nacional, que por cierto van con calma. Es más he tenido que cambiar mi trayecto por la obra. Los vecino opinan que se están cargando la plaza, y es una pena. A mí me divertía por la mañana y por la tarde ver los perros jugar en el parque. Perros y obras, lo dicho todo un jubilado en potencia.

Y cuando yo, que soy algo iluso, pensaba que estaba en mi top de obras, pues no. Ahora tengo en rehabilitación en frente de mi oficina. En serio, casi (ojo que sólo he dicho casi) que echo de menos mi jaula pistacho, tan aislada, tan silenciosa.

Ya me tomo las aspirinas como si fueran pipas. Mi oído va perdiendo sensibilidad y en los bares de música alta me escondo en mí porque no escucho qué dices tú. ¡Háblame por whatsapp!

La persiana de abajo

No lo puedo soportar. En serio. Que tu vida se rija a golpe de despertador es una faena, es verdad, pero que lo haga a golpe de persiana es una putada. Y me da unos sustos que no son normales, y duermo pensando en el momento en el que esa persiana va a despertarme. Y pierdo una hora de sueño al día por los horarios de los de abajo.

El problema es que mi cuarto, vamos mi cama, vamos lo que es yo mismo, duermo justo, justo, justo encima de la puerta de una cafetería (La Colonial para más señas) y cada vez que tienen a bien abrir el local la persiana pega un meneo que yo salto de la cama. Pensaréis que soy muy sensible, pues sí, soy algo llorica, pero en este caso os aseguro que tengo razón. Reto a cualquiera que me lea a tratar de dormir ahí sin despertarse (yo me cambio de cuarto).

Las maldades que se me pasan por la cabeza a modo de particular venganza son varias. Lástima de no disponer de perro que me provea de “regalos” varios con los que decorar la puerta del local. Siempre he sido muy de bares, de eso no hay duda, pero solía ser más de cerrarlos que de abrirlos. Va a ser que me estoy haciendo mayor. Mucho.

Desde aquí imploro, suplico y hasta lloriqueo si hace falta para hacer boicot a este local. Que lo cierren (pero que no lo abran), que se vayan (pero que no vuelvan) y que me dejen dormir… por favor.

Agua, otoño, paz

La vida se desliza lentamente entre las venas. Como las gotas de agua que escapan recién caídas del cielo. Corren sin camino y sin orden buscando cada una el sálvese quien pueda y el vuelva usted mañana. El suelo, lleno de esos pequeños cadáveres, brilla de forma especial y nos hace de espejo para aquellos que nos empeñamos en seguir buscando nuestra alma.

El sol perezoso del otoño nos da la energía suficiente para seguir un paso más, pero nos ata a la cama y no nos permite viajar a Nunca Jamás. Jamás podremos volver, la duda es si debimos irnos.

Y en esta eterna duda de brújulas carentes de imán, de pastores sin fe ni rebaño, de gritos al cielo con voces ahogadas, sólo hay algo que puede darme paz: tú.

Vamos chicos… al tostadero

Había hace años, pero años eh, incluso creo que era en blanco un negro, un anuncio de café. Los granitos de café, felices, contentos y orgullosos, al grito de “vamos chicos, al tostadero” se lanzaban a una muerte segura para que tú pudieras desayunar. Lo que viene a ser un suicidio, como los lemmings. ¿Era de cafés La Estrella? No sé. El caso es que esos simpáticos y cantarines granos de café terminaban hervidos, machados, prensados y re hervidos… sólo para qué tú pudieras desayunar (yo no, que yo no tomo café). Y eso te hacía gracia, qué cruel.

Pero es que la publicidad de antes era diferente. Es más… ahora vemos un anuncio que funciona justo al revés. El de los M&Ms, que mientras los humanos los miran con deseo y evidentes malas intenciones. Ellos se limitan a protestar y pedir respeto. Nos vais a comer, pero por lo menos no os regodeéis.

Todo esto viene porque por motivos varios (vamos que mi cabeza ha terminado ahí) he estado pensando en el Matadero de Madrid. Bien, pequeño inciso, para los que no sabéis de lo que hablo os cuento. Lo que antaño era un matadero, de esos con animales, cuchillos, salas de despiece… ahora lo han convertido en una centro megachachi, moderno que te cagas, hipster fashion… lo que viene a ser un espacio dinámico multifuncional y pluricultural (que nadie sabe muy bien lo que quiere decir, pero suena genial).

Bien, es cierto que estamos sin un duro y que, por mucho que vayan de modernos al final volvemos a los trucos de la abuela. Reutilizar. Que el pantalón se rompe, pues se corta y una bermudas, que sobra pollo asado, pues croquetas, que la camisa está vieja, pues trapos… que el matadero no mata, pues salas para eventos. Me parece bien.

Sólo hay un problemilla, un pequeño matiz. El nombre, que eso del Matadero suena feo hombre. Con lo bien que se lo pasan poniendo nombres raros a las cosas los creativos y van y ahora dejan lo de matadero. Anda que… dadle una vuelta anda. Yo, personalmente, no me siento cómodo pensando en la sangre, las cacas, los bichos muertos… y no soy escrupuloso, pero vamos que sufrir por sufrir paso.

Y ya que nos quedamos con el nombre de Matadero, y que encima tiene zona de cine ¿lo estrenaron con “El silencio de los corderos”?

Me daba miedo

Me daba miedo soñar despierto. Me daba miedo pensar en todas las cosas que quería hacer. Y me dabas miedo tú. Pero mucho. Me daban miedo todos y cada uno de los tús con los que me iba cruzando. Y cuanto más miedo me daba más pequeño me sentía. Me daba miedo enseñar lo que llevaba, abrir el pecho en dos y dejar fluir lo que sentía. Y el miedo a no encajar, no gustar, no ser aceptado se iba clavando tan dentro que me forzaba a no ser yo. A buscar una careta de alguien que no se me parece. Pero no me reconocía en el espejo.

Temía vagar por el mundo en silencio sin una mano a la que aferrarme. Sentía una punzada en el pecho ante el terror de no poder si quiera contar con mi propia mano, para asirme a un mundo donde no sabía si quería estar. Me escondía en los charcos, en las sombras, en las medias verdades y las sonrisas fingidas, en una jaula opaca que iba cimentando desde dentro.

No quería que me vieran y tampoco yo podía verme. Y con el sol por castigo pasaba los días contando un día menos. Y así iba dando tumbos.

Pero paré, pensé, razoné y decidí. Decidí que estaba harto, que no quería y no podía seguir jugando al escondite conmigo. Y salí, y me saqué, y me enseñé, pero sobretodo, me perdoné. Vi que las manos se me iban brindando a mi paso, vi cómo la sonrisa me salía de dentro, vi cómo ser yo no era un problema, sino una virtud. Y entonces es cuando me di cuenta de lo gilipollas que había sido, pero de que no lo iba a volver a ser.

Gaumaryos

Por ti, por mí, por nosotros y, sobretodo y sin duda, por muchas veces. Gaumaryos. Para los no instruidos en la materia, que estaréis ahora mirando la pantalla pensando que definitivamente me he vuelto tonto (que puede ser) os comento que ésa es la expresión que se emplea en Georgia para brindar. Pero Georgia la de verdad, no esa mierdecilla en EEUU.

Y si uno va a Georgia, y si encima va a una boda, los brindis caen por doquier. Muchos, muchos, muchos. Georgia qué gran país y qué buenas personas.

Y llegas perdido, pero poco a poco le pillas el gustito y te encuentras a ti mismo dentro de esa vorágine de acontecimientos (Lost and found). Es evidente que una buena guía ayuda mucho en estos casos, Helena por ejemplo, aunque tengas que arrancarla de su idilio con Morfeo. Pobre. Pero ya graduada Cum Laude y miembro de pleno derecho de nuestra pequeña gran familia.

Y te llevan con el coche regalando la vida y persiguiendo a los novios en plan marica el último. Que en Georgia no conducen, se agreden con los coches. Y te sientas en una mesa con comida para un regimiento y bebida para un ejército. Pues nada, te remangas y te pones manos a la obra. A por ellos, abre el bar y empezamos.

Pero después, llegas arriba, a la montaña. Observas el paisaje que se te marca en los ojos y en el pecho. Miras con palabras tratando de describir y descifrar la grandeza de lo que te rodea. Y sobretodo de los que te rodean. Los que trajiste de España y los que encontraste ahí. En Georgia cuando haces un amigo, es un amigo para siempre y es evidente que el mejor momento para beber (y para vivir), siempre es ahora.

Tenéis que ir, de verdad, de corazón o de rodillas… como queráis, pero id. A vuestra vuelta sólo podréis dedicar una palabra a esas gentes y su país: gracias.