Ella y él

por Fer Población

Ella le pidió que le llevara al fin del mundo, pero él no supo dónde comprar un bonobús. Ella quiso probar mil sabores, dejarse llevar por los sentidos y que se mente rebotara de aquí para allá con matices puntillistas en su boca, pero él estaba peleado con el abrefácil. Ella quiso oir la magia de un susurro, sentir cómo le acariciaba, cómo le erizaba la piel y le entraba con los poros, pero él nunca fue bueno en los karaokes.

Y así pasaban los días, ella con la esperanza del quizás y el con la desidia como compañera de rutina. Y los días sumaban horas a las 24, y el afán de empujar las manecillas del reloj no vale como gimnasio, y vivir pasó simplemente a ser ver. Ella no era eso lo que quería, a pesar de haber dicho que sí no hace mucho (¿o sí?). Él no quería saberlo, estaba sumido en el sótano de sí mismo con las puertas tan cerradas que llegó a convencerse de que guardaba el gran secreto de su tiempo. Nadie le explicó que el tiempo encerrado se marchita, se vuelve gris y encerrado el tiempo se hincha con aires de grandeza y te aplasta con las enormes ansias de vivir pequeño.

Los ojos de ella perdieron brillo, perdieron luz, perdieron vida. Ganaron dioptrías a base de lágrimas del mismo modo que el agua conforma el cauce de los ríos. Sus manos, sus labios, su cabello languidecían con la etiqueta aún puesta con la terrible sensación de que él en algún momento la iba a cambiar. Ojalá. Pero no. Él miraba de reojo por la ventana esperando una respuesta ajena a una pregunta que no había hecho. Y así es complicado.

Ella siempre vivía con el lápiz en la mano con el ansia de tachar un día más, o un día menos. Las líneas de esas tachaduras iban girándose, torciendo, dibujando la propia desesperación que se vivía en lo que en su día fue una casa. Una casa por módulos, con fronteras, con ganas de fractura, pero sin posibilidad alguna de hacerlo.

Miró hacia abajo. Notó cómo su cuerpo se negaba a penar y tapó su rostro por lo socialmente correcto. Escondió lo poco que quedaba de ella en su abrigo y dando la espalda a la tumba de él pensó: “que descansemos en paz”.

Anuncios