Eurastio

por Fer Población

Creo que ya sabéis quién es Eurastio. Para los despistados os diré que Eurastio es mi dinosaurio de peluche. Y sé que suena raro (yo soy así), pero Eurastio ha sido un gran compañero no sólo para mí, es un gran peluche. Un día quise escribir su historia, quise hacer un cuento para que los niños supieran quién es Eurastio. Lo tenía guardado y se lo enviaba a amigos y amigas, pero hoy una chica muy mandona me ha ordenado (no sugerido) que lo publicara. Y yo, que soy bueno y obedeinte, pues aquí os lo dejo.

Eurastio nació como nacen las cosas buenas, de casualidad. Hace años en un barrio de una ciudad que no importa, en una calle que tampoco importa el nombre había un pequeño taller de un sastre. Y ya sabéis cómo son los talleres. El taller de un carpintero está lleno de madera.  El estudio de un pintor está lleno de manchas de pintura. El taller de un herrero está lleno de trocitos de hierro. Igual no lo sabes, pero esto es así, o era así.

El taller de un sastre está lleno de trozos de tela por todos los lados. De todos los colores. Hay botones, cremalleras, hilos y un montón de cosas que así sueltas, no valen de mucho, pero juntos pueden hacer cosas tan bonitas como la ropa que te pones a diario. A las personas nos pasa un poco lo mismo. Por separado no valemos de mucho, pero juntos podemos hacer cosas preciosas.

El caso es que hace ya unos años un sastre se empeñaba en terminar los pantalones, chaquetas, camisas… que sus clientes le habían pedido. Si no terminaba a tiempo no podría cobrar y no podría pagar las deudas. Justo el día que nos interesa el hijo pequeño del sastre estaba con él en el taller. Eran las vacaciones y Pedro no tenía clases. Luis, el sastre, se llevaba a diario a Pedro con él al taller. Sin muchas ganas, sin darse cuenta de los momentos que no estaba viviendo con su hijo, sólo pendiente de terminar la ropa, de cobrar el dinero, de pagar. A los mayores a veces nos pasa eso, pensamos tanto en el dinero que nos perdemos las cosas buenas que tenemos al lado.

Y Pedro… Pedro se aburría. Mucho. Y es que en el taller no había tele, ni cuentos, ni juguetes… Un día Pedro comenzó a jugar con los trocitos de tela que encontró por el suelo del taller. Poco a poco fue uniendo telas, cosiendo unas con otras poniendo unos botones… como su padre. Como había visto hacer a su padre durante horas, durante días. De repente, algo sucedió. Esas telas que Pedro había estado juntando empezaron a tener una forma, una cara ¡Era un dinosaurio! Y así nació Eurastio, de casualidad.

Pedro no se lo podía creer. Había hecho algo con la tela. Como su padre. Estaba feliz, orgulloso y no dudó un segundo en ir corriendo hacia Luis a enseñarle a Eurastio.

Luis lo miró de arriba abajo y dijo:

  • ¿Qué esto?
  • Un dinosaurio, se llama Eurastio – respondió sonriendo Pedro.
  • ¡Qué cosa más fea!

Pedro se sintió muy triste. Él lo había hecho lo mejor que podía. Era su dinosaurio, su único juguete del taller. Pedro llorando dejó a Eurastio dentro de una caja. Y Eurastio también lloró. Acaba de nacer y ya había vivido muchas cosas. Había despertado con la sonrisa de Pedro, con su cara de satisfacción. Había notado un calorcito dentro que le había hecho sentirse especial. Y luego al ver cómo se acercaban a Luis pensó que se sentiría mejor aún. Que vería otra sonrisa. Pero no. Todo fue muy diferente esta vez. No hubo risas, sino lágrimas. El calorcito se había ido. Y ahora estaba en una caja, solo y asustado. Y Eurastio no sabía qué es lo que había hecho mal. Y ahí Eurastio pensé que por eso los humanos decían eso de meter la pata, porque él sí tenía patas, pero las personas no. El problema es que él era diferente, eso es lo que pasaba. Y es que eso es algo malo que hacemos los mayores, a veces damos la espalda a algo nuevo o diferente sin darle una oportunidad.

Eurastio pasó mucho miedo esa noche. Oía ruidos, veía sombras y no sabía qué iba a pasarle. Pero cuando más asustado estaba vio una luz arriba que se iba haciendo más y más grande. Era Pedro. Y Eurastio se sintió feliz. Volvió ese calorcito que sintió al nacer. Aquello le gustaba. Y es que eso a veces pasa en el mundo, cuando más negras veas las cosas, a veces puedes ver una lucecita que te haga sentir bien.

Y Pedro y Eurastio pasaron horas juntos en el taller. Luis seguía a lo suyo, con sus camisas y pensando en el dinero. Pero ya no importaba tanto, porque ni Pedro ni Eurastio estaban solos. Estaban juntos. Y los días pasaban muy rápido. A veces Pedro y Eurastio iban en naves espaciales, a veces eran vaqueros, otras ganaban partidos de fútbol. Y todo sin salir del taller. Es lo bueno que tiene saber jugar, es lo bueno de tener amigos, aunque a veces a los mayores también se nos olvida eso.

Eurastio ya no tenía miedo por las noches. Entraba en la caja contento y pensando qué nuevos juegos le esperaban al día siguiente. Y se dormía feliz, sonriendo. Sentía que el mundo era un sitio precioso lleno de trocitos de tela de colores. Y es que Eurastio nunca había salido del taller.

Un día por la mañana la caja se abrió. Y Eurastio estaba listo para otra intensa mañana de juegos, pero no fue la cara de Pedro la que vio, sino la de Luis. Luis metió a Eurastio en una mochila . Eurastio notaba cómo todo se movía. Sabía que estaban moviéndose que iban a algún sitio, pero no sabía a dónde. Y tuvo miedo. Tener miedo no es malo. Todos hemos tenido miedo alguna vez.

Luis abrió la mochila y Eurastio por fin puedo ver dónde estaba. Y se alegró, pero mucho. Estaba en el cuarto de Pedro. Eurastio pensó que ahora podría estar mucho más tiempo con su amigo, y eso era genial.

Pero Eurastio, que pese a ser feo era muy listo, se dio cuenta de que algo no iba bien. ¿Por qué Pedro estaba en la cama? Eso no era normal. Y tenía mala cara, y había medicinas en la mesilla de noche. Eurastio lo entendió, Pedro estaba enfermo.

Pedro se sorprendió al ver que su padre le había traído a Eurastio.

  • Pero… si dijiste que era muy feo- comentó Pedro
  • Claro- respondió Luis- lo he traído por eso, para que asuste a los monstruos.

Y es que Pedro tenía miedo a la oscuridad, no lo gustaba dormir solo, no le gustaba que cerraran la puerta de su cuarto por las noches ni tampoco no poder ver lo que pasaba. Pero estaba claro que su padre lo había entendido y su padre tenía razón, Eurastio le protegería. Y Pedro se sintió bien.

Y Eurastio se sintió feliz. Tuvo miedo porque no sabía cómo serían esos monstruos, pero se prometió a sí mismo que lucharía contra ellos para proteger a su amigo. Y es que los amigos sirven para eso, no sólo para jugar, sino para ser capaces de enfrentarse a los monstruos aunque no sea más que un pequeño dinosaurio de tela feo.

Luis salió del cuarto de Pedro. Había estado unos día viendo a su hijo jugar con Eurastio. Se asustó al ver por la mañana que tenía fiebre y pensó en que igual el muñeco le hacía estar más tranquilo. A veces con las personas mayores también pasa eso, que no demuestran mucho lo que sienten, pero no por eso dejan de sentir.

Eurastio pasó años haciendo guardias por las noches vigilando si entraba algún monstruo y jugando por el día. Jamás vio ningún montruo, pero que nadie duda que si hubiera venido alguno habría podido con él. Y es que Eurastio por fin entendió que eso es lo que hacen los muñecos de tela, vigilar los cuartos de sus amigos por las noches.

Pedro creció. Le salió pelo en la cara. Pedro ya no tenía miedo de dormir solo, ni de la oscuridad. Es lo que pasa con las cosas que nos dan miedo, que cuando las superamos, no nos dan miedo más. Por eso tener miedo no es malo, lo importante es saber superarlo.

Eurastio había pasado unos años geniales con Pedro, pero ya era necesario. Así que se despidió de su amigo, se dieron un abrazo y se fue.

Eurastio salió al mundo a ayudar a otros niños. A proteger otras camas. A jugar con quien no tuviera nadie más. Eurastio nació en un taller, de trozos de telas, era feo, pero hizo grandes cosas. Y es que si crees en ti mismo y tienes al menos un buen amigo no hay nada de lo que no seas capaz. Pese a ser feo.

Puede que te dé miedo la oscuridad, que estés triste o que pienses que nadie se preocupe por ti. Si alguna vez sientes algo de eso, recuerda que Eurastio siempre, siempre, está ahí.

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