Vuelve Eurastio

por Fer Población

Pues sí, vuelvo a sacar a Eurastio a la palestra. Aunque en este caso ha sido por petición y yo soy muy malo diciendo que no. Una de las cosas que más me divierten de escribir este blog es que puedo cambiar de careta a diario. Hoy puedo pensar en Eurastio, mañana ponerme reflexivo, pasado irónico, otro día romántico… puedo ir mudando de piel y sacando lo que lleve cada día dentro. Porque yo soy así. Soy muchos yo. Y seguro que a cada cuál le gusta más una parte y no creo que a muchos os guste el todo.

Lo dicho, hoy vuelvo a pensar en Eurastio, porque me lo han pedido y porque me ha apetecido. Os dejo con él.

Eurastio intentaba entender a las personas mayores, pero no era fácil. Él era más de hablar con los niños. Las personas mayores se le atragantaban, no entendía en qué momento dejaban de decir lo que pensaban por lo que creían que los demás querían oír. Era un gran misterio.

Un día iba paseando tranquilo por la calle. Lo bueno de ser pequeñito es que nadie se fijaba en él y podía ir jugando. A Eurastio le gusta mirar los árboles, oler cerca de las panaderías, sumar las matrículas de los coches, escuchar a los pájaros. Alguna vez incluso intentó hablar con ellos, pero los pájaros no son muy simpáticos. Lo dicho Eurastio sin duda prefería los niños.

De repente creyó oír de lejos alguien llorar. Miró hacia arriba, parecía que salía de una ventana del segundo piso.

-Tengo que subir a mirar qué pasa – pensó, porque eso es lo que hacen los dinosaurios de peluche. Pero lo malo de ser un dinosaurio es que tienes las patitas cortas. Eurastio probó a llamar a telefonillo, pero no llegaba. Intentó trepar por la fachada del edificio y sólo consiguió caerse y hacerse daño en la cola.

Pues tenía que subir, él sabía que tenía que subir. Entonces tuvo una idea. Se quedó muy quietecito y esperó. Pasaron las horas y cuando ya pensaba que no lo iba a conseguir, vio cómo un hombre dejaba la puerta del portal abierta. Era su oportunidad. A veces cuando piensas que no lo vas a conseguir, sólo tienes que insistir una vez más.

Eurastio corrió todo lo que sus patitas le daban y se coló por la puerta. Estiró mucho las orejas y fue corriendo por los pasillos del portal saltando escalones siguiendo el sonido apagado de los llantos. Parecía que era una niña. Sí, era una niña. Eurastio, que es muy listo, sabía que muchas veces la gente que peor lo pasa llora flojito, despacio.

Por fin consiguió colarse en la casa y llegó al cuarto de la niña. Eurastio se asomó despacito detrás de la puerta. Pudo ver a una niña de ocho años. Con su uniforme del cole, su coleta. Tumbada encima de la cama y encogida de espaldas.

  • Hola – dijo Eurastio muy despacito
  • Hola – repitió Eurastio un poco más alto.

La niña se giro despacio. Se frotó los ojos y se asustó un poco.

  • Tranquila – le dijo Eurastio sonriendo – me llamo Eurastio. Estaba paseando por la calle y te he oído llorar.

La niña no se lo podía creer, alguien la había oído. Estaba sorprendida e ilusionada. Muchas veces el que menos te esperas es el que te puede ayudar.

  • Hola, me llamo Ana ¿de verdad que me has oído?

Claro que Eurastio la había oído. Muchas veces simplemente se trata de poner interés en escuchar.

  • ¿Qué te pasa Ana? ¿por qué lloras?
  • Es que… es mi cumpleaños… pero parece que mis padres se han olvidado.
  • Pero podemos celebrarlo juntos.

Eurastio se puso manos a la obra. Bueno patas a la obra. Para una fiesta de cumpleaños hacen falta pocas cosas. En realidad sólo hace falta una, gente con la que celebrarlo. Pues ahí estaba él. Los dos se fueron juntos a la cocina y comieron galletas, y contaron cuentos, y se rieron. Luego volvieron al cuarto de Ana para jugar. Eurastio era el monstruo que quería comerse a la princesa, pero que luego se volvía bueno. Qué gran actor que es Eurastio.

Pasado el tiempo se oyó la puerta de casa.

  • Ana ¿dónde estás? – preguntaron sus padres que acababan de llegar al tiempo que pagaban a la niñera que seguí viendo la tele.
  • Aquí, en mi cuarto – respondió Ana

Los dos fueron a verla y al entrar la vieron como hacía mucho tiempo que no la veían. Contenta, sonriendo, feliz. Porque la felicidad se nota.

  • ¿Qué haces Ana?
  • Celebro mi cumple con Eurastio

La cara de los padres cambió de inmediato. No podía ser. Se habían olvidado. Se agacharon y abrazaron a la pequeña Ana. Sólo se oyó un “lo siento”.

Pero Ana no estaba triste. Estaba feliz. Ana había hecho un amigo, había comido dulces, había jugado toda la tarde. Era un gran día de cumpleaños. Y no quería que sus padres se sintieran mal. Ella también a veces se olvidaba de cosas y sus padres la perdonaban ¿no? Pues ella hizo lo mismo y se puso a jugar con sus padres.

Eurastio también estaba feliz. Ana ya no lloraba y estaba jugando con sus padres. El mejor amigo de un niño siempre deberían ser sus padres, sus padres y un dinosaurio de peluche, claro.

Eurastio le dio un abrazo con las patitas a Ana y ella le preguntó:

  • ¿Volverás?
  • Sólo si vuelves a llorar

Y Eurastio se fue. Y siguió mirando los árboles, y corrió por los parques y se tumbó con la tripa hacia arriba para poder tomar el sol. Porque una de las cosas mejores del mundo, una de las cosas que más feliz te hacen, es ayudar a los demás.

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