Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: octubre, 2014

Importaciones acertadas

En España somos así de brutos. Tenemos un ojo y un acierto que no es ni medio normal, oye que allá donde vamos sabemos cómo elegir lo mejor que nos ofrece el lugar e importarlo para nuestro país. Somos unos hachas, unos figuras, unos artistas, unos cracks… o no.

Porque de China nos trajimos la gripe aviar, de Inglaterra el mal de las vacas locas y de África pues oiga usted, el ébola, que es lo que está ahora de moda. Y como somos así, que lo somos, hemos tardado menos tiempo en llenar facebook, whatsapp, etc de chistes del tema que el Gobierno en confirmar la enfermedad. Que a ver si la enfermera tiene el mal gusto de no estar contagiada y nos fastidia las risas, vamos hombre, eso no.

Pero esto nos viene de largo, los españoles tenemos el gen de las malas elecciones, como aquellos que optaron por el vídeo Beta, el minidisc, la pintura con plomo… mención aparte de Fórum Filatélico, Gowexx y hasta Gallardón.

En este país lo de elegir no se nos da bien, y punto. Si vamos a EEUU nos traemos la obesidad, si vamos a China traemos el gato amarillo que mueve el brazo… y lo peor, sin duda… si vamos a Filipinas nos traemos a Chabelita (¿es Filipina? de este mundo ando pez).

A veces, muchas, me da la sensación de que el Gobierno hace estas cosas a propósito. El caso es distraer la atención, que tengamos algo con lo que entretenernos… en medio de escándalos por corrupción, crisis y demás lindezas… pues oye os traemos un ébola y así os divertís. Hasta el punto que el perro Excálibur tiene más tiempo en la tele que Cañete que está pasando las de Caín para conseguir el puesto en Bruselas (con dos jamones esto antes estaba hecho).

Pues yo no quiero ébola, no me apetece, no quiero vivir nuevas experiencias de este tipo. La moda amarillo chubasquero no favorece mis facciones. Yo me quedo con mi catarro de toda la vida, que es más de aquí.

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Ella y él

Ella le pidió que le llevara al fin del mundo, pero él no supo dónde comprar un bonobús. Ella quiso probar mil sabores, dejarse llevar por los sentidos y que se mente rebotara de aquí para allá con matices puntillistas en su boca, pero él estaba peleado con el abrefácil. Ella quiso oir la magia de un susurro, sentir cómo le acariciaba, cómo le erizaba la piel y le entraba con los poros, pero él nunca fue bueno en los karaokes.

Y así pasaban los días, ella con la esperanza del quizás y el con la desidia como compañera de rutina. Y los días sumaban horas a las 24, y el afán de empujar las manecillas del reloj no vale como gimnasio, y vivir pasó simplemente a ser ver. Ella no era eso lo que quería, a pesar de haber dicho que sí no hace mucho (¿o sí?). Él no quería saberlo, estaba sumido en el sótano de sí mismo con las puertas tan cerradas que llegó a convencerse de que guardaba el gran secreto de su tiempo. Nadie le explicó que el tiempo encerrado se marchita, se vuelve gris y encerrado el tiempo se hincha con aires de grandeza y te aplasta con las enormes ansias de vivir pequeño.

Los ojos de ella perdieron brillo, perdieron luz, perdieron vida. Ganaron dioptrías a base de lágrimas del mismo modo que el agua conforma el cauce de los ríos. Sus manos, sus labios, su cabello languidecían con la etiqueta aún puesta con la terrible sensación de que él en algún momento la iba a cambiar. Ojalá. Pero no. Él miraba de reojo por la ventana esperando una respuesta ajena a una pregunta que no había hecho. Y así es complicado.

Ella siempre vivía con el lápiz en la mano con el ansia de tachar un día más, o un día menos. Las líneas de esas tachaduras iban girándose, torciendo, dibujando la propia desesperación que se vivía en lo que en su día fue una casa. Una casa por módulos, con fronteras, con ganas de fractura, pero sin posibilidad alguna de hacerlo.

Miró hacia abajo. Notó cómo su cuerpo se negaba a penar y tapó su rostro por lo socialmente correcto. Escondió lo poco que quedaba de ella en su abrigo y dando la espalda a la tumba de él pensó: “que descansemos en paz”.

La madre de la Pantoja

Como sabéis el viernes salió mi primera columna de opinión. Perdonadme si he sido algo pesado con el tema, pero sinceramente era algo que esperaba, deseaba y necesitaba, y esos tres adjetivos juntos en un mismo hecho es algo que no se da con toda la frecuencia que debería, o que nos gustaría. Pero esta vez sí.

Lo malo de publicar en La Gaceta de Salamanca, lo único malo quizá, es que yo no vivo ahí, y claro las opiniones, comentarios y chascarrillos llegan filtrados y mermados a la capital. Aquél que se pone en contacto contigo suele ser para darte una palmada (algunas han sido muy agradables), pero hay veces que lo que quieres oír es lo que se escapa entre dientes, o entre cañas, con el manto del anonimato porque no todos por ser hijo de te ponen cara. Ahí sí que puedes ver hasta donde has calado.

Sí es verdad que ha habido que me da una medida de que sí he tocado una tecla útil: he sido carne de peluquería, y si en una peluquería hablan de ti… es que estás en el cotilleo de la ciudad (y creo que en ese sentido Salamanca no es diferente de las otras ciudades españolas).

Y ahí entra el concepto madre de la Pantoja, y ahí iba mi padre por la calle recibiendo elogios y palmadas, por eso por ser mi padre. Y la verdad, que no pensaba yo que tuviera ese puntito de diva, pero parece que sí eh, pero no diva en plan moderno de ponerme un traje de filetes de ternera, ni de enseñar mis vergüenzas en público… no, no que uno es un clásico. Diva de las de antes, de las de verdad, de las que se ponían encima de la tele o aparecen en whatsapp como locas: diva flamenca. Diva de arte y tronío. Que me ha faltado arrodillarme a lo Pantoja para recibir un baño de flores (y en su lugar el finde vi a algún capullo).

En su lugar ahí iba mi padre, al más puro estilo padre de la Pantoja, recibiendo los halagos de vecinos y/o amigos. Pues me parece muy bien.