Pero se apagó

por Fer Población

Los dos sabían que no iba a terminar bien. Que iba a ser intenso, luminoso, pasional… pero que no iba a acabar bien. Al principio costó. Ella fría y él venido a menos. Pero se miraron, se entendieron, se sonrieron y pensaron que si tenía que pasar que era mejor que pasara cuanto antes. Y el fuego y la madera comenzaron a bailar. Él fue recorriendo despacio la superficie de ella limpiándola de toda impureza, dejando a la vista la esencia de lo que de verdad importa. Ella crepitaba mimosa, despacito, sin alardes. Gemía y ululaba con sus mil y una manos.

Y afloraron los sentimientos a fuerza de luz. Clavados a fuego que poco a poco vas portando en tu alma. El fuego le llagaba al alma y ella se dejó hacer. Su corazón salió a escena con un golpe seco y el rojo intenso cobró vida cual sangre derramada en pro de un amor superior.

Se abrazaban, se seguían, se tocaban. Eran uno. Él saltaba por toda ella y ambos emitían un sonido firme, continuo, reconfortante. Lanzaban luz y calor al mundo en la más perfecta muestra de generosidad. Sin pedir nada a cambia, ni esperar nada. Sólo aquí y ahora, como se quiere de verdad.

Poco a poco los abrazos se fueron haciendo más íntimos, más suaves y lo que quedaba de los dos se fue recogiendo a una vida de apoyo mutuo y eterna comprensión. Fueron encogiendo, perdiendo la vida, pero juntos en aquél que había sido su hogar y escenario de su pasión y plenitud. Y allí quedaron, porque donde hubo amor, siempre quedan cenizas.

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