Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: diciembre, 2014

Píldoras de felicidad

La felicidad es tan diferente como cada uno de nosotros. Para unos es una genial rutina, para otros una meta inalcanzable, para aquellos un mito y para estos una mentira de los anuncios de Coca Cola. Lecturas para todos los gustos, colores y sabores. Así somos nosotros, o así no somos, depende de cómo se mire.

En mi caso la felicidad es algo que vive a la vuelta de la esquina. Que te encuentra cuando no quieres y juega contigo al escondite si te empeñas en buscarla. Que corre a tus brazos si te pones de espaldas y puede llegar hasta darte miedo cuando se te encarama.

La felicidad va por píldoras, por chupitos, en pequeñas porciones. No hay que atragantarse de felicidad, todo en su justa medida, todo con mesura. Y hay pequeños momentos que ayudan a que el nivel de felicidad aumente, por lo menos a mí me pasa. Y como es Navidad os los voy a contar, porque se supone que es una época de compartir, de querernos, de ser mejores unos con otros… se supone.

Me gusta subir por la escalera de mi casa y que huela a comida. No la comida de mi casa, ya que si no estoy yo dentro difícil que nadie cocine ahí, vivo solo. Hablo de las demás casas. Me gusta imaginar la escena. Las familias sentadas en la mesa comentando el día. Vale, tiendo a idealizar todo estilo Cuéntame, cuando es probable que estén cuatro personas engullendo con su universo centrado en el plato y con la tele de fondo para que alguien hable.

Me gusta tener noticias de alguien que hace tiempo no sé nada. Me gusta más si me las da él (o ella). Me gusta saber que alguien invierte, aunque sea un segundo de su tiempo, para decirme que sigue vivo. Y es verdad que no hace falta, que hay mucha gente que, por más que pasen años, siempre sé que están ahí. Vale, no hace falta, pero me gusta. Normalmente las cosas que nos gustan son las que no necesitamos. Porque un me gusta es una elección, es más profundo, más intenso. Recuerdo que una vez dije “puedo vivir sin ti, pero es que no quiero”, luego no fue así, me equivoqué, pero es que… en el fondo… también me gusta equivocarme. Soy así.

Me gusta sumar las matrículas de los coches. No sé cuándo empecé a hacerlo. No, no fue un juego de esos que inventan los padres para que los niños viajaran en el coche. Un día empecé a hacerlo y no he parado. Sumo los números, los vuelvo a sumar y así hasta que sólo queda un número de 0 a 9. Y tiendo a pensar que las personas que tienen el mismo número de matrícula son los que mejor encajan entre ellos. Yo no tengo coche, quizá ése sea el problema.

Me gusta encontrar tesoros escondidos en los bolsillos de abrigos o chaquetas. Unas veces me dan una alegría, otras me hacen pensar en momentos que ya he pasado, pero no sé si superado. Pero ese momento de notar que algo está ahí, de sacarlo despacio a ver qué es y pensar en cómo ha llegado ahí… ese momento sí me gusta.

Me gusta seguir soñando. Con mis 35 años aún sueño por las noches. Y me despierto tratando de organizar ideas y deducir qué es real y qué no. Dos minutos después es algo muy evidente, pero ese ratito de duermevela, de confunsión en la frontera entre lo consciente y lo inconsciente, esos dos minutos sí que me gustan.

Me gusta tener unos días para no hacer nada. O para hacerlo todo. Depende, pero que dependa de mí. De lo que mi yo me pida en cada momento, en cada segundo, a cada salto de vida. Me gustaría poder hacerlo más y que más gente siguiera mi ritmo o mi falta de él.

Me gustas.

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Querido 2014

Esto es sin duda una carta de despedida. Te vas en pocos días y la verdad es que no sé si te voy a echar de menos. Bueno, en realidad sé que no te voy a echar de menos. Vale, te reconozco tu mérito, has sido algo mejor que tu predecesor, pero es que el listón lo tenías tan bajo que era mucho más sencillo saltarlo que pasar por debajo.

Entraste como un elefante en una cacharrería. Poniendo mi vida del revés, me trajiste de vuelta a empellones y me tiraste en Madrid, como el papel del regalo que sufre arrugado en el suelo consciente de que ya no vale, que ya nadie le mira, ya no luce, ya no forma parte del regalo y es sólo un estorbo del que pronto se van a deshacer.

Me metiste con calzador en la que fue mi vida dejando lejos mis muletas para que no tuviera más remedio que cojear. Y dolía. Mucho. Me sentía marcado a fuego, lleno de cicatrices que todos veían, pero nadie se atrevía a preguntar de qué eran. Puede que simplemente lo supieran y prefirieran pasar de puntillas por el tema porque muchas veces parece que si no hablamos de algo lo envolvemos en una oscura cortina que lo hace invisible. O eso nos creemos.

Vale, no voy a ser injusto contigo, no has sido muy diferente de la primera mitad del 2013, pero cuando pruebas el ibérico volver al serrano cuesta, es incómodo. Has tenido tus cosas, tus “sí quiero” y la promesa de una nueva responsabilidad que, lejos de ser una carga, es una ilusión y un orgullo, pero lo siento, las promesas se vuelven mejores cuando pasan a ser realidad. De eso se va a llevar todo el mérito el 2015.

Has pasado sin pena ni gloria, sin picos ni alardes, ni fiestas, ni dramas, sin grandes esperanzas, ni grandes decepciones. Has pasado por mi vida como la cajera de un supermercado, sin más. Sé que soy duro contigo, lo sé, pero después de conocernos durante tanto tiempo (casi un año) creo que tengo derecho a decirte las verdades.

A diferencia de estas fechas del año pasado, cuando ya asomabas por el horizonte, no le voy a dedicar al nuevo una sonrisa. Porque a ti te recibí con los brazos abiertos y esperaba más de ti. Seguramente he sido yo el culpable, por no haber sabido tratarte, o llevarte, o gestionarte. Seguro que he sido yo el que me he perdido sin moverme, esperando un movimiento que no llegó a suceder. Porque el movimiento se demuestra andando.

Lo siento, pero esta vez va a ser diferente, esta vez si el 2015 quiere abrazos que se los gane, que se los busque, que se apañe. Cansado de arco iris de colores prefiero una buena escalera para llegar un poco más arriba. No es tan glamurosa, ni tiene tanto encanto, pero sí que ayuda de verdad a subir un poco más.

Feliz Navidad

Bueno… pues creo que ahora sí, que hoy sí toca mandaros unas palabritas. Lo primero que quiero deciros es que, hoy que es el día en el que estamos todos pendientes de si nos ha tocado algo, yo ya he ganado el gordo. No os estoy llamando obesos, lo que quiero decir que conoceros y teneros en mi vida es, sin duda un premio. Y yo eso no lo cambio por nada. Porque sé lo que valéis, sé lo especiales que sois, sé que sin vosotros mi vida no sería la misma (sería una mierda) y no sé si he sabido cuidaros todo lo que os merecéis. Hago propósito de enmienda porque no puedo soportar la penitencia de perderos.

Y este año empezó raro, empecé no siendo ni yo, con la vida a medias, destino incierto y más miedo que vergüenza. Pero ahí habéis estado, como siempre.

Los hay que los tengo cerca, como Edu, como Ramón, como Camilo, los hay un poco más lejos, los malos, mis malos, con Kike, Jose, Sergio, Eliseo, Diego, Patris ambas dos… los hay lejos como Jaime, Marcelita o Georgi, Levan, Nina, Seryi…

Algunos son de toda la vida como Carlos, L.A. y otros flamentes fichajes de invierno como Elena, Tako… a algunos no les veo tanto como me gustaría como Chemari, Maider…

Sí me gustaría mencionar muy especialmente a varias personas, a Carlos y Pelanchis por su nueva aventura, toda ella en su conjunto, porque de verdad algo se muere en el alma cuando un amigo (dos) se va, a Teka por que por fin tiene lo que se merece, a Georgia en general porque nunca me he sentido tan en casa estando tan lejos.

Para todos y cada uno, para Idoia, Marta, Sara, Lu, Rosita … para los que no pongo cara como jueves, tejetintas o Cecilia y para todos los que me dejo (y que no se me enfade nadie).

Y para mi familia. Para Reyes (tío Fer… qué emoción), Juan, Maca, Emilio, mis padres, mi primo Josina… para todos os deseo una Feliz Navidad. Porque para mí sois lo más importante, de eso no tengáis dudas.

Cuando la fecha no encaja con el ánimo

Hora el día. Hoy tenía decidido lanzaros a todos mi mensaje navideño. Como todos los años. Y no sé si habría sido algo ñoño (que de un tiempo a esta parte parece que llevo un empacho de nubes de algodón en este blog), o si habría sido algo divertido, o algo irónico… no lo sé. No lo sé porque no he llegado a pensarlo, porque no me he lanzado a escribirlo, porque no estoy con espíritu navideño. El reno Rodolfo ha colgado el cartel de cerrado por vacaciones y ha salido pitando de más de un jersey. De esos que pican y que huelen a naftalina.

Porque en estas fechas la tele, la radio, los carteles, las personas… parecen haberse convertido en una clase de ética que se te cuela hasta en los sueños y vas marcando con lápiz rojo todo lo que has hecho para ver si eres bueno o malo. Pero si con este bombardeo algo te queda totalmente claro, es que es una época para estar con los tuyos.

Desde hace mucho tiempo os he comentado que quizá mi concepto familia es algo distinto al de los demás. Compartir sangre no es un requisito imprescindible. Prefiero a aquellos con los que he compartido vida. Y en ese grupo hay gente con galones. Capitanes generales que destacan entre mis tropas y con los que me alistaría a cualquier batalla. Hasta el infinito y más allá.

Y sé que uno de ellos, con mando en plaza, se enfrenta a una encrucijada. Que está intranquila, nerviosa, asustada. Que su cerebro vuela de punta a punta de la habitación a una velocidad que marea. Que el todo o nada no pinta grises y sí interrogantes.

Para. Deja que las cosas lleguen, que el destino dicte veredicto antes de tener que pensar en mil caminos que fijo no vamos a tener que recorrer, que ya lo dijo el poeta: “se hace camino al andar”. Espera. Pero no esperes sola, deja que ese baúl de incertidumbres nos lo carguemos entre todos a la espalda, que así es más sencillo. Soy el peor ejemplo, lo sé, pero muchas veces ya he comentado que hay que hacer lo que yo digo, no lo que yo hago.

Cuando una de las personas que más me importan está asustada yo no puedo celebrar la Navidad, al menos aún no. Eso sí, cuando lleguen las buenas noticias, que sé que van a llegar, que se prepare el indio que voy a acabar con él. La fecha no me importa, la compañía sí.

Patinajes navideños

Hay cosas de riesgo extremo. Nos jugamos la salud así a lo loco y luego tenemos que aguantarnos con las consecuencias. Pues qué le vamos a hacer. Lo que más me preocupa es los patinazos que solemos dar, o los que nos hacen dar, o los que dan otros. La imagen de la navidad con las familias patinando sobre un estanque helado con bufandas de color rojo es igual de bucólica que irreal. Porque, al menos yo, no la he visto nunca y aparte que por mucho frío que haga no me la juego yo a dar saltitos por encima del hielo.

Pero patinar, patinamos. Esta mañana sin ir más lejos. La combinación de frío mañanero, hojas de los árboles y cuesta abajo es perversa. Si a eso añadimos el sueño de ir a trabajar ya todo se complica. Venir a trabajar es una misión suicida y por más que pido voluntarios por mi casa, Eurastio se hace el remolón y entona eso de cinco minutos más. Y otro cinco, y otros cinco…

Patinamos por las calles, patinamos con algunos regalos, patinamos con algunas personas a las que vemos demasiado, o a las que vemos demasiado poco. Patinamos con más o menos gracia, pero entre desliz y desliz vamos pasando los días.

Porque ya es Navidad, ahora ya sí. Desde que Bea ha puesto su árbol ya es oficialmente Navidad, que la experta en la materia es ella y no se me ocurre llevar la contraria.

Por mi parte, como soy algo torpe, trataré de pedir ayuda con los regalos, intentaré no pisar las hojas, ni los pasos de peatones, ni las alcantarillas de metal, pensaré en una lista de mental de personas a llamar y deberes por hacer. Aún así fijo que patino, pero espero al menos hacer con estilo.

Receta para una gran noche

Lo he vuelto a hacer. Algún día me van a denunciar por crueldad con los animales. Vale, es verdad que ya está muerto, pero debo reconocer que me recreo que el bicho. Y es que algunos amigos ya saben que a mí lo que de verdad me gusta es tener el pollo más de quince horas en el horno. Me da por pensar que el pollo se asa por indirectas, por pesado, porque a él le da la gana vamos.

Es curioso. No soy una persona que tire de clichés, pero algo de cierto sí que tienen. Cuando conté a dos amigas mi receta de tortura de pollo tuve dos respuestas muy diferentes…

andaluza: eso tiene que estar de arte!!

catalana: y eso no gasta mucha luz?

Sinceramente, nunca me había planteado la electricidad que gasta un horno por hora. Igual tenía que habérselo dicho a mis amigos… os invito a un pollo asado, unas patatitas, unas setas y quince horas de horno, que oye parece que no, pero todo suma.

El pollo entró en el horno legañoso. El pobre a las seis de la mañana no sabía dónde narices iba y me miraba pensando si no estaría mejor en la cama. Después lo saludé en el desayuno y él no estaba tan mal, estaba montando una buena fiesta haciendo largos entre el vodka y el limón… el pobre pensaba que eso era una fiesta y no se vio venir el final. A la hora de la comida la cosa había cambiado. No se encontraba bien, estaba mareado, pálido, con sudores que se caían en su piscinita donde luego, sí o sí, habría de caer algún barco. Ya por la noche estaba rígido (o crujiente), vive rápido y deja un bonito cadáver… pues era precioso.

Y con el cuerpo aún caliente (recién salido del horno), no hubo más remedio que hacer la autopsia. Querido pollo… descanse en paz.

Muérete de envidia Mayumaná

Hay gente que le da por hacer cosas raras, pero eso no es lo peor. De verdad que no lo es. Lo peor es la gente que le da por aplaudir a los que hacen cosas raras. Eso sí que no lo entiendo, porque ellos, los que hacen cosas raras, los pobrecitos, está claro que muy bien de la cabeza no están. Pero encima vas tú y les animas… la culpa al final es tuya.

Cosas raras podemos ver todos los días, pero yo hoy hablo de las cosas raras gratuitas y porque sí. Pongamos un ejemplo. El otro día vi a unos chicos que estaban en la televisión haciendo música con verduras. Toma ya. Las verduras dicen que son muy buenas, pero chicos, para hacer música no. Aquello sonaba como un gato atropellado. Y diréis… hombre tiene mucho mérito, la flauta era una zanahoria… pero ¿no se trataba de tocar música? pues coge una flauta normal y cúrrate un poco la interpretación. Vamos que eso de complicarse la vida porque sí no lo veo.

Me suena a eso de más difícil todavía… que eso si lo ves en el circo pase, pero en la vida real no lo entiendo. Es como las mujeres que tratan de meterse en una talla menos, los hombres que invitan a su novia al fútbol, los políticos que van a programas de la tele, los perros que les da por mear haciendo el pino, los equipos que sólo quieren jugar con gente de su tierra, las canciones que quieren durar algo más que un verano… son ganas de complicarse, de buscar los difícil, de querer vivir más allá del sofá.

En cierto modo la culpa de todo la tiene Mayumaná. Cuatro cubos de basura y hala, a girar por todo el mundo. Y claro salen competidores e imitadores, pero vamos, el día que alguien descubra el talento sobrenatural que tienen para hacer ruido los obreros de al lado de mi casa… esos se forran fijo.

Dakota

Hay padres que son demasiado originales. Demasiado. Ella nunca supo por qué se llamaba Dakota, pero sí que sabía que no había otra como ella. Bueno ella pensaba que no había otra que se llamara igual que ella, pero lo que no sabía es que, de verdad, no había otra igual que ella. Ella era especial. Sí que notaba algo, era muy lista. Sí que pensaba y sentía que no veía el mundo de la misma manera que los demás, que no tenía las mismas respuestas a las mismas preguntas. Por eso ella prefería pensar y responder después, por el qué dirán, por no ser diferente, por no destacar.

Y Dakota se escondía detrás de sus gafas de pasta negra. Con su sonrisa a medio gas, escondida del mundo, pero disfrutando su mundo. Sus libros, sus sueños y recitando las lecciones en alto aunque seguía sin conseguir hacerlo sonriendo.

No sabía qué hacer con su vida, o mejor dicho, no sabía lo que la vida iba a hacer con ella, pero es que tampoco sabía si encararse con la vida y marcar normas o simplemente dejar que la llevara de la mano. A los dieciséis años hay tantas cosas que no sabes, que lo único que sabes es que no sabes nada.

Dakota creía que los demás no la entendían, o puede que simplemente asumiera que eso era así porque ella no entendía a los demás. Le gustaban otras cosas, otras formas, otros modos, otros temas… en un mundo gris Dakota quería pintar de rosa, pero en su cuarto. Tumbada en el sofá con los pies encima de la mesa, como a ella le gustaba.

Siempre pensé que Dakota era mucho más de lo que enseñaba. Siempre tuve claro que debajo de esa superficie tranquila había mil y una dudas e inquietudes que acabarían por salir. Gente como ella es la que nunca sobra, nunca molesta, nunca está de más. Gente como ella es la que hay que cuidar, animar y dar confianza. Porque ellos, ella, van a marcar la diferencia en el mundo que pisamos, pero temen dar un paso fuera de la norma. Espero que Dakota se encuentre y nos marque el camino.

Fecha de caducidad

Todo tiene un principio y un fin. Nada es para siempre. Quizá uno de los atractivos y de los elementos esenciales para disfrutar de algo es el hecho de saber que no va a estar ahí siempre. Mi bisabuela solía decir “tú cuando veas comida come, que nunca sabes cuándo habrá más”.

En la vida vamos quemando etapas. Todo tiene su momento y aquellos que se aferran a compartamientos del pasado, o que se encasillan en formas del futuro, suelen ser o bien pretenciosos o, simplemente, patéticos.

La clave es saber terminar con estilo, dejando un buen recuerdo y un pelín de regusto amargo con ganas de una cucharada más.

Porque noto que ya no lo hago con las mismas ganas, noto que ya no me llena tanto, noto que necesito algo nuevo. Voy viendo la fecha de caducidad. Primer aviso.

Los sueños en la cama

Hoy me he despertado observando los sueños de la noche desperdigados entre mis sábanas. Estaban ahí tranquilos y relajados. Quizá algo molestos por mi poco decoro de haberlos despertado y viendo poco a poco cómo iban pereciendo. Porque los sueños suelen morir al despertarse.

Con torpes movimientos he llegado hasta la noche, quitándome de encima a base de agua y jabón algunas ensoñaciones que aún se resistían a dejarme marchar. El agua de la noche te planta sin remedio en la rutina del día y las preciosas vistas con los ojos cerrados se quedan en el escritorio de windows y te muestran las imágenes grises de tu paseo al matadero.

Como ovejas, como borregos, dando un paso tras otro teniendo muy claro que haces lo que no quieres y sueñas, y ansías lo que no debes. Pero no paras. Un paso, un paso, un paso… porque todos los pasos parecen el mismo, pero cada uno te acerca más al paso final.

Ves en la calle la ropa apagada que hace juego con las caras, mustias de vida y marcadas de intentos de buscar una sonrisa en aquél enorme baúl de los recuerdos que perdiste en alguna mudanza. Perdiste el baúl, perdiste los recuerdos, perdiste las ganas de buscarlos a ambos y te perdiste con ellos.

Estás condenado a sentencia de vida, perpetua de sin sentidos que encima te permiten soñar. Nada más cruel que ponerte el caramelo a un centímetro, pero que siempre esté a ese centímetro.

Y hoy volveré a soñar, volveré a sentir, a pedir, a rogar, a pensar, a imaginar… y volveré a dejar mis sueños muriendo en mi cama, mientras me visto para pasar un día más.