Píldoras de felicidad

por Fer Población

La felicidad es tan diferente como cada uno de nosotros. Para unos es una genial rutina, para otros una meta inalcanzable, para aquellos un mito y para estos una mentira de los anuncios de Coca Cola. Lecturas para todos los gustos, colores y sabores. Así somos nosotros, o así no somos, depende de cómo se mire.

En mi caso la felicidad es algo que vive a la vuelta de la esquina. Que te encuentra cuando no quieres y juega contigo al escondite si te empeñas en buscarla. Que corre a tus brazos si te pones de espaldas y puede llegar hasta darte miedo cuando se te encarama.

La felicidad va por píldoras, por chupitos, en pequeñas porciones. No hay que atragantarse de felicidad, todo en su justa medida, todo con mesura. Y hay pequeños momentos que ayudan a que el nivel de felicidad aumente, por lo menos a mí me pasa. Y como es Navidad os los voy a contar, porque se supone que es una época de compartir, de querernos, de ser mejores unos con otros… se supone.

Me gusta subir por la escalera de mi casa y que huela a comida. No la comida de mi casa, ya que si no estoy yo dentro difícil que nadie cocine ahí, vivo solo. Hablo de las demás casas. Me gusta imaginar la escena. Las familias sentadas en la mesa comentando el día. Vale, tiendo a idealizar todo estilo Cuéntame, cuando es probable que estén cuatro personas engullendo con su universo centrado en el plato y con la tele de fondo para que alguien hable.

Me gusta tener noticias de alguien que hace tiempo no sé nada. Me gusta más si me las da él (o ella). Me gusta saber que alguien invierte, aunque sea un segundo de su tiempo, para decirme que sigue vivo. Y es verdad que no hace falta, que hay mucha gente que, por más que pasen años, siempre sé que están ahí. Vale, no hace falta, pero me gusta. Normalmente las cosas que nos gustan son las que no necesitamos. Porque un me gusta es una elección, es más profundo, más intenso. Recuerdo que una vez dije “puedo vivir sin ti, pero es que no quiero”, luego no fue así, me equivoqué, pero es que… en el fondo… también me gusta equivocarme. Soy así.

Me gusta sumar las matrículas de los coches. No sé cuándo empecé a hacerlo. No, no fue un juego de esos que inventan los padres para que los niños viajaran en el coche. Un día empecé a hacerlo y no he parado. Sumo los números, los vuelvo a sumar y así hasta que sólo queda un número de 0 a 9. Y tiendo a pensar que las personas que tienen el mismo número de matrícula son los que mejor encajan entre ellos. Yo no tengo coche, quizá ése sea el problema.

Me gusta encontrar tesoros escondidos en los bolsillos de abrigos o chaquetas. Unas veces me dan una alegría, otras me hacen pensar en momentos que ya he pasado, pero no sé si superado. Pero ese momento de notar que algo está ahí, de sacarlo despacio a ver qué es y pensar en cómo ha llegado ahí… ese momento sí me gusta.

Me gusta seguir soñando. Con mis 35 años aún sueño por las noches. Y me despierto tratando de organizar ideas y deducir qué es real y qué no. Dos minutos después es algo muy evidente, pero ese ratito de duermevela, de confunsión en la frontera entre lo consciente y lo inconsciente, esos dos minutos sí que me gustan.

Me gusta tener unos días para no hacer nada. O para hacerlo todo. Depende, pero que dependa de mí. De lo que mi yo me pida en cada momento, en cada segundo, a cada salto de vida. Me gustaría poder hacerlo más y que más gente siguiera mi ritmo o mi falta de él.

Me gustas.

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