Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: enero, 2015

Pensó

Pensó que ya estaba todo dicho. Que la cara era más dura y el viento se colaba por los jirones de su alma. Que la vida se paraba en un instante para dar vuelcos sin control y saltos sin sentido. Pensó que el final era el volver a empezar en una noria sin sentido. Pensó en no pensar, sin darse cuenta de que ya estaba pensando.

El día uno no pasaba al dos, sino que se escondía viciado por el aire enrarecido de pulmones y ajenos y verdades a medias. Vió cómo mil y una noches, carentes de días, hacían surcos en su infancia con funestas consecuencias para guardar bajo tierra.

Creyó. Creyó en todos y cada uno de los dioses. Los propios, los ajenos, los grandes, los pequeños. Sin respuesta evidente más que una verdad relativa que no le valió de dogma de fe. Patadón y paso adelante en la rutina de su vida que se torna del revés vista por el ojo ajeno. Sin sol, sin luna. Con un yo en interrogaciones y un tú ausente reconcomiéndose en silencio tratando de escuchar nada.

No supo quién era, hasta que no le importó. No supo a dónde ir, hasta que no podía llegar. No supo de dónde venía, hasta que no quería volver. En la vida inerte del que bebe sin sed y come sin hambre, aprendió a dar pasos de espaldas y a mirar a otro lado.

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No era necesario

Tuve un profesor en la carrera que me decía que lo peor que te puede pasar si preguntas es que te respondan. Y tenía razón. Porque hay veces que preguntamos más de la cuenta y nos enteramos de lo que no queremos. Todos hemos recibido algún comentario que nos ha dado una imagen mental poco agradable, de esas que te dan un escalofrío, y es que la imaginación es lo mejor, pero también lo peor, que tenemos las personas.

Pero no hablo de esos casos, porque ahí te la has buscado. Te has metido en un charco, en camisa de once varas (¿alguien sabe de dónde viene esta expresión?) y te han dado con la puerta en las narices. Hablo de otros casos, de aquellos en los que alguien se viene arriba (por cierto no me acaba de convencer esa campaña de Aquarius, pero la de Mercedes con David Muñoz me parece muy buena) y te da más información de la cuenta.

Cosas de esas bonitas y agradables del estilo “mi perro tiene diarrea y ha puesto la casa hecha un cromo”. En serio, hay cosas que no necesito saber, de verdad.

Todo esto viene por algo que me pasó ayer. Yo en mi sofá, tranquilo, haciendo zapping (que eso de zapear no me convence), relajado… y veo que ponen un programa de Gordon Ramsey. Pues me quedo viéndolo.

Respecto a Gordon Ramsey debo decir que poco a poco me voy alejando de él, Se nos rompió el amor de tanto usarlo. Primero porque este nuevo programa ya no se dedica a juzgar restaurantes, que de eso algo debe saber, sino hoteles. Y de verdad que no creo que sea un experto en el tema. Y además… ¿chorizo en una paella? pero de qué vas. Sé de buena tinta de varios valencianos que aún no lo han superado… vamos del estilo de mi amigo Nacho que el sábado al hacer la foto de una paella tiró la mitad al suelo.

El caso es que Gordon Ramsey se despierta por la mañana, se va a la ducha ¡y se baja los pantalones! Hala, el culo al aire. Vamos a ver… qué necesidad tengo yo de ver el culo a este señor. Así gratuitamente. Todos sabemos que ver el culo a un británico cincuentón repercute en conseguir que el hotel funcione. Señores pasen y vean, aquí, en esta ducha, fue donde Gordon Ramsey enseñó el culo… de verdad, no era necesario.

El lenguaje extraño de la Policía

Vaya por delante mi cariño y admiración a los Cuerpos de Seguridad del Estado, precisamente en estos tiempos complicados son ellos los garantes de nuestras libertades y, mucho me temo, que tienen una labor poco reconocida y menos apreciada. Pero siempre he sido de poner a las cosas un poco sentido del humor para ver las cosas algo menos grises, es este el motivo de mi texto.

Hay algo que de pequeño siempre me confundía. Bueno, en realidad de pequeño me confundían muchas cosas, pero esta es una de ellas, y es que en ese ratito de los sábados que teníamos el telediario de fondo esperando que empezaran los dibujos, de vez en cuando nos quedábamos con alguna frase suelta. A mí lo que me llamaba la atención era eso de que la Policía había hecho “una redada” y había detenido a no sé cuántas personas. Y yo, pues claro, me imaginaba a los agentes lanzando unas redes enormes y los cacos (que todo niño pequeño sabe que llevan antifaz) aprisionados por la red como si fueran sardinas. Oye, aquello tenía su sentido. Poco a poco cuando fui creciendo y ya prestaba atención a las imágenes y veía cómo entraban en las casas o locales, siempre me preguntaba ¿pero dónde está la red?

Después me llamó la atención lo de las “lecheras”. Eso sí que no tenía sentido ninguno. ¿Vienen a detener o a dar de desayunar? ¿tan cara es la leche que la protegen con rejas en las furgonetas? Y sobretodo… ¡son peores  que mi madre para que me tome la leche en el desayuno! Ahí decidí que la leche era un bien escaso y preciado. Vamos que Popeye tenía que estar confundido, las espinacas eran un fraude al lado de la leche.

Después salí de otro de mis errores y vi que las porras no eran sólo eso que yo tomaba para desayunar (volvemos a la leche), que las sirenas son sólo cosas que hacen ruido y no mujeres con cola de pescado, porque claro, en mi mente de niño pequeño todo tenía sentido… pones una mujer con cola de pescado encima del coche que atrae a los del antifaz y luego les lanzas la red y los pescas.

Los niños pequeños somos así, ahora he crecido, pero no mucho, y sé que todas estas cosas no son reales, pero me divierte imaginármelas así.

Comienzos de una nueva relación

Todos, o bueno casi todos, hemos tenido una relación. Cuando hablo de relación no me refiero a algo de un par de días, algo esporádico, sino a algo más serio, algo que haya durados al menos unos meses.

El caso es que cuando tienes una relación vas aprendiendo, vas creando rutinas, te vas acostumbrando a hacer las cosas de cierto modo y no te planteas que haya otros. Y así va pasando el tiempo y tú estás cómodo en tu espacio de comfort.

El problema es cuando la relación se acaba y empiezas otra. Todo cambia, todo se confunde. Las rutinas que tenías ya aprendidas se te van a la mierda y te sientes un completo inútil teniendo que volver a empezar de cero.

A mí me está pasando. En esta nueva relación que estoy ahora empezando, me estoy dando cuenta de lo mucho que me queda por aprender, y de lo torpe y bruto que uno puede ser en los principios. Que vale que es con ilusión, sin mala fe, pero torpe y bruto.

Veréis, tengo que contaros que he empezado una nueva relación… con un iPhone… después de casi dos años con un Samsung ahora me he cambiado. Y lo noto. Estamos en proceso de adaptarnos el uno al otro.

Primero es el idioma. Después de tanto tiempo con samsunés, pasar al ifonés es difícil. Que el corrector me trae loco. Cada vez que pongo algo sin mirar él lo interpreta a su manera y la persona al otro lado del whatsapp se encuentra con un genial diálogo de besugos con poco sentido o menos. Del estilo de aquella poesía de pequeños que decía:

– Buenos días camarada

– No me gusta la ensalada

. Doña liebre está usted sorda

– Usted sí que está bien gorda

– Hay que avisar al doctor…

– Siempre corro sin motor

Luego tenemos el tema de los menús. Te sientes como después de una mudanza. Sabes que está. Lo has visto. Pero no sabes dónde y te vuelves loco abriendo todos los cajones durante horas para encontrar mil y una cosas que son interesantes, pero sin duda no es lo que buscabas. Es un ejercicio de prueba error que te puede convertir en Marta (muerta) Sánchez, vamos que puedes estar desesperada (o desesperado, cada uno que se aplique lo que proceda).

¿Y los sonidos? Esa es otra. Somos auténticos perros de Paulov y lo sabes (y sino que te lo explique Julio Iglesias). Con cada sonidito ya sabes lo que pasa. Silbidito es whatsapp, pitidito es mail, vibración llamada… pues no, ya no. Te quedas delante del teléfono como un padre primerizo oyendo ruiditos de su bebé y gritando desesperado… qué te pasa, cuéntamelo!! Te asustas por las mañanas con un ruido de despertador que no es el tuyo y miras a todos lados a ver si es que alguien se ha colado en tu cuarto. Dejas que suena tu teléfono tan tranquilo pensando que es el de otro. Porque todo va por modas y ya no hay ni politonos, ni canciones ni nada, ahora ya simplemente dejamos el tono que viene por defecto y al final el defecto lo tenemos nosotros que somos capaces de reconocer cada marca de teléfono por su sonido.

Y te dicen que si cambias de móvil no pierdes las fotos, los contactos, los whatsapps… vale, si no cambias de marca de teléfono todo son ventajas y facilidades (mejor que teletienda), pero ay como seas trasfuga al estilo político y pases a dar tus votos (matrimoniales, que a veces tu contrato de permanencia dura más que algunos matrimonios) a otro. Entonces la cosa se pone peliaguda. Vamos que si quieres recuperar tu info ya puedes llamar a Liam Neeson en misión venganza, acompañado de Harrison Ford en plan Indiana Jones (pero hace veinte años), y a pesar de eso tienes menos posibilidades de recuperarlo todo que de ver a Paquirrín leyendo en una biblioteca un sábado a las nueve de la mañana.

Pero pasa el tiempo. Te vas acostumbrando a sus ruiditos, vas creando una historia de fotos, mensajes, videos… poco a poco aprendes sus rincones, sus manías… y a base de roce surge el amor.

Bofetadas de realidad

No lo voy a negar, sé que hay muchos que lo hacen, pero yo no. Cuando llego a casa al salir de la oficina me pongo un rato a ver la tele. La verdad es que no me importa mucho lo que pongas, puedo saltar de cadena o simplemente dejar algo y llegar al punto en el que se me olvida lo que estaba viendo. Realmente lo que busco es esa falsa ilusión de que alguien me habla, de una conversación. Cuando vives solo y sales del trabajo y mil cosas en la cabeza, y cada una de ellas te deja peor cuerpo que la anterior, es mejor cambiar de tema por no tener pesadillas. A falta de una persona a la que hablar… me conformo con la tele.

Pero bueno, que me voy por las ramas… ayer, en ese ejercicio que antes os he descrito, acabé con el Hormiguero. Vaya ego que tiene Motos. Es inversamente proporcional a su tamaño, y mira que yo no soy alto, pero algunas veces que me he cruzado con él por la calle, entre lo esmirriado que es, y las pintas que lleva, te asalta la duda de si pedirle un autógrafo o darle dos euros. Porque es que no hay manera de que el tío haga una entrevista. Lleva a personajes que se venden solos… para no dejarles hablar. Y por otro lado,  tiene su grupo de amigos que aparecen por el Hormiguero tanto, que para mí que ya les ha hecho contrato de colaboradores. Uno de ellos es Ferrán Adriá.

Ferrán Adriá es un genio entre fogones. Su capacidad de innovación en la cocina, su apuesta por nuevos técnicas e ingredientes, su simpleza y cercanía a la hora de trabajar por y para el comensal es un hecho. Un genio, pero entre fogones. Tenemos la absurda idea de pensar que alguien que es muy bueno en algo, lo es en otros campos. Pues no necesariamente, no tiene por qué. Cada uno en su cuadrado. Porque no pienso que Punset sea la mejor opción para preparar una paella para 50, no creo que Amancio Ortega sea un gran conocedor de las moléculas, ni Adriá es la referencia para hablar de empresas. Pero sí que lo hizo, o lo hace, Adriá, por ejemplo ayer.

Lo malo de sacar a alguien de su ámbito profesional es que hay riesgo de meteduras de pata, de que el personaje se sienta como un pulpo en un garaje, o que de lo sublime pase a lo ridículo. Por eso, cuando ves a un personaje al que siempre has respetado y admirado comentando, varias veces, que le gusta mucho el “pograma”… te llevas una bofetada de realidad.

Cosas que no se me dan bien

Debo ser raro, no digo diferente, digo raro. Raro porque en lugar de esconder mis defectos soy más de airearlos, de enseñarlos. Hay muchas más cosas que se me dan mal, que cosas que se me dan bien. Lo siento, pero es lo que hay, no puedo cambiarlo. Para aquellos que no me conocéis mucho os paso a detallar muchos de mis defectos, que seguro que hay más, pero en este momento sólo me acuerdo de estos, la mala memoria es uno de mis defectos.

Se me da muy mal dibujar. Pero muy mal, lo que vendría a ser horroroso. Si me da por hacer la típica tontería del 6 y el 4 me da a mí que habría varios que ni siquiera iban a reconocer los números. Encima tengo tan mala letra que a veces no la entiendo ni yo, ríete de los médicos. Ellos al menos tienen gente que les entiende, vamos los farmacéuticos, que yo siempre he sospechado que en la carrera de Farmacia hay alguna asignatura que les ayuda a eso. Primero de letra de médico. Pues a mí no.

Soy pésimo con los nombres. Malísimo, y más que con los nombres situando a la gente. Lo malo es que me suenan las caras, sé que los conozco, pero hasta que caigo… y es una faena, porque estoy seguro que habré quedado muy mal muchas veces. Veo a alguien, me suena, pero no caigo… y claro saludar así no me resulta cómodo. Y no lo hago. Me ha llegado a pasar incluso en Chile en un acto de la embajada de España, que vi a una chica que me sonaba. Pues sí que era ella, y no, no saludé.

No se me da nada bien entender canciones. Pero nada. Hasta que pillo la letra me cuesta horrores y ya si es en inglés ni te cuento. Y sí, hago trampas, las canciones que me gustan busco la letra para ver qué narices dicen, que siempre me ha resultado curioso que los españoles nos volvemos locos con canciones que lo mismo hablan del amor, de los impuestos o de las verduras de temporada… pero nosotros felices oye.

Soy muy malo haciendo planes. Bueno, para ser más concreto soy muy malo cumpliéndolos. Planes hago diez mil al día, conmigo, con otros, de día, de noche, de diario, de fin de semana… pero de todos los que pienso muy pocos al final salen. Puede que uno de los problemas es que hago demasiados planes y luego no tengo tiempo, ganas o compañía para hacerlos.

Soy muy malo olvidándome de la gente. Puede que alguno caiga en el error de pensar que eso es una virtud, pero no, no lo es. Porque no todo el mundo que ha pasado por tu vida te ha aportado, y no todos merecen la pena para estar entre los tuyos. Aún así no los olvido. Y al revés, personas que me han dado mucho y que ahora están lejos (o alejados) me acuerdo de ellos a diario y los echo de menos con cierta nostalgia.

Soy un desastre haciéndome caso. Porque suelo saber lo que hay que hacer en cada momento, pero no lo hago. Porque suelo saber cuál es la peor elección en cada encrucijada, y es la que tomo. Porque puedo ver detrás de qué puerta se esconde el final menos feliz, y es la que abro. Algo gilipollas, sí.

Soy tantas cosas, tantos días, tan extremos… que a veces ni soy.

¿Dónde quiero estar mañana?

Conozco una persona, Macarena, que suele colgar muchas mañanas en su perfil de FB una de esas frases motivadoras. La verdad es que casi todos los días me saca una sonrisa, me da un empujón, me hace ponerme las pilas para afrontar un día nuevo. Es algo así como mi equivalente a una taza de café, ya que el café, pues no me gusta.

Eso es lo que me suele pasar casi todas las veces, pero hoy no. Hoy me he quedado algo pensativo. Dando vueltas a mil cosas que no acaban de encajar, haciendo como la rubia del chiste que quiere montar un puzzle a base de corn flakes. Y no, no encajan. La frase es cuestión decía “pregúntate si lo que estás haciendo hoy te acerca al lugar en el que quieres estar mañana”. Pues vaya.

Primero porque no sé dónde quiero estar mañana, sé dónde no quiero estar, pero no creo que eso de construir en negativo sea muy útil. Además que, de un tiempo a esta parte, mucho tiempo, sé que no estoy avanzando. Me limito a sumar días de la marmota mirando cómo el calendario corre y me meto años entre pecho y espalda. Es cierto.

Es complicado ganar una carrera si no sabes dónde está la meta. Creo que tengo una conversación pendiente conmigo mismo.

Platos por estaciones

Estoy indignado, enfadado, cabreado, dolido, encabronado… vamos de mal humor. Que hay cosas que no entiendo, de verdad que no. Vamos a ver ¿por qué narices no me puedo tomar un gazpacho en enero? Vas a un restaurante, lo ves en la carta, lo pides y te sueltan eso de “es que no es temporada” y de remate te dicen que si quieres hay salmorejo, pero vamos a ver… me estás diciendo que puedes espachurrar unos tomates con pan y aceite, pero no puedes hacer lo mismo con tomates, cebolla, ajo y pimiento (a mí el gazpacho me gusta así)…. tienen mucho sentido, sí señor.

Vale, es un plato frío, en verano con el calorcito entra fenomenal, pero que yo sepa el salmorejo se sirve igual de frío. Esto es un complot. Lo mejor de todo es que te paseas por el súper y tienes ahí toooooodos los ingredientes que hacen falta para el gazpacho y sí, sé lo que estás pensando, que me lo haga yo, pero si de algo me conoces ya sabes que lo que más soy es cabezota. Pero qué les cuesta hacerlo a los restaurantes ¿será que hay alguna secta gazpachista que prohíbe la fabricación de gazpacho si el termómetro no pasa de veinte grados? Porque vamos que yo sepa todos los restaurantes tienen calefacción, y los que no la tienen no es que estén muy llenos. Bueno, esto también es un decir, porque ahora a la gente le ha dado por pasar frío en las terrazas con tal de ver y que te vean. Sí, es muy cómodo eso de comer con bufanda, guantes, abrigo y orejeras, que si te da por pedir marisco la que puedes liar es parecida a la matanza de Texas.

Pero vayamos a lo que importa, yo quiero gazpacho, que no es tanto pedir, que la ensaladilla rusa también está fría y nos la comemos todo el año. Vamos que los gin tonics van hasta arriba de hielo y que yo sepa cuando es invierno no nos ponen consomé en los bares. Si tenemos helado todo el año ¿quién ha decidido que no podamos tomar gazpacho también?

Yo quiero gazpacho, no sé dónde, pero lo conseguiré.

Pase sin llamar

Adelante, pase, pase. Siéntese ahí ¿Qué tal está? ¿Se siente cómodo en sus primeros días? Verá, tiene que tener claro que todos esperamos mucho de usted, que en los últimos días de su predecesor nos hemos puesto mil objetivos, soñado mil planes y planteado mil dudas y depende de usted llevarlas a buen puerto.

Vale, que no todo depende de usted, que también nosotros tenemos que poner mucho de nuestra parte, pero debe tener claro que necesitamos su ayuda. Los dos, o tres que han ocupado su cargo antes no han acabado de convencernos. Es verdad que hay opiniones para todos los gustos, pero tengo la sensación de que el poso en general no ha acabado de convencer. No han sido como para recordar, pese a detalles o destellos que siempre van a quedar ahí.

No tengo mucho más que decirle, querido 2015, ya puede marcharse, le seguiré viendo durante más de 350 días desde hoy, tenemos tiempo para muchas cosas. Sé que nos vamos a reír, vamos a llorar, vamos a celebrar y vamos a fracasar, sólo espero que cuando usted salga por esa puerta, como ha salido el 2014 hace pocos días, podamos recordarle con una sonrisa, de usted depende. Buenos días.