Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: febrero, 2015

Fiestas populares

Hay cosas que no entiendo, no voy a decir que me pase la vida tratando de descifrarlas, sería mentira, mentir es feo, yo soy niño bueno y no miento. Bueno pues eso, que no entiendo muchas de las fiestas populares que tenemos en España.

Y el motivo de que todas mis dudas me hayan saltado así, de repente, ha sido el post de una niña, valenciana ella, que exaltaba las Fallas y todo lo que ello conlleva. Pues yo no las entiendo. Un año trabajando para quemarlo. Me da pena oye. Luego pensando me he dado cuenta de que en el fondo los cocineros hacen un poco lo mismo. Que se pasan horas preparando algo que nosotros nos vamos a comer en menos que canta un gallo. Siempre y cuando no sea el gallo lo que tienes en el plato, que si entonces se pone a cantar yo, al menos yo, me asusto y claro, por supuesto que no me lo como.

Pero aún así me da cierta pena. Y mira que tengo fascinación por el fuego. En cierto modo todos la tenemos. No conozco a nadie que no se haya pasado un buen rato en frente de una chimenea dejando las horas correr. Si no lo has hecho deberías. Por cierto, sigo queriendo tener una chimenea, es uno de mis sueños que espero poder cumplir algún día, aunque esa es otra historia. Y ojo, que no digo que todos seamos pirómanos y queramos que arda Roma, pero el fuego tiene un punto sensual que nos atrae (fans de 50 sombras de Grey con fuego no eh, que bastante tenéis con lo que tenéis).

Pero no me pasa sólo con las Fallas, que no se me enfaden los valencianos que yo no discrimino eh. ¿La tomatina? Un desperdicio. Con lo que a mí me gusta el gazpacho y ahí están despilfarrando tomate ¿Nadie les ha dicho que con las cosas de comer no se juega? Pues si se lo han dicho se lo han pasado por el arco del triunfo vamos. Lástima de cosecha. El agricultor de tomates pro tomatina debe tener el mismo sentimiento que el constructor de monumentos para las fallas. Bueno hay una pequeña gran diferencia, el tomate se puede comer (o beber en gazpacho mmmm), pero el monumento no. Es curioso pensar que venga gente desde Australia a darse de tomatazos. Señores que son tomates, to ma tes, que recorrer medio mundo para liarse a tomatazos no tiene mucho sentido. Es como viajar a un restaurante de un rincón escondido del Perú… Para tomar un vaso de agua.

Lo de los San Fermines debería estar patrocinado por una de tantas casas de apuestas. Porque eso es una apuesta constante. Apuesta por cuánta gente se puede meter dentro de una ciudad, me comentan que han sido bien asesorados por los chinos que construyen esos hoteles a base de nichos y por los payasos que se meten doce en un seiscientos. Luego apuestas a cuánto tiempo aguantas sin dormir, a cuánto eres capaz de beber, a con cuántas eres capaz de ligar (entre una y ninguna por lo mucho que has bebido)… y lo peor de todo es que el único que gana esa apuesta es tu padre que puede entonar orgulloso el “ya te lo dije” a ver tu lamentable estado a tu vuelta.

Si vamos para abajo la cosa no mejora. Las niñas, estupendas ellas, lucen sus mejores galas, con sus lindos tacones y su mejor maquillaje… Para recorrer las calles de arena y meterse en una tienda de campaña. Grande y con lunares, vale, pero es una tienda de campaña. Después llega lo que a mí más me intriga… Con todo ese despliegue de vestido que más que mujeres parecen mesas camilla… ¿Cómo narices hacen para ir al baño? Hay obras de ingeniería más sencillas que eso. Lo de las mujeres ir de dos en dos al baño nació ahí, porque sino no van dos no hay manera de aliviarse con todos esos volantes, que en la F1 les tienen envidia.

En fin que no entiendo las fiestas populares, al menos muchas de ellas, pero vamos, que me apunto a la que sea, que tampoco entiendo los trucos de magia y no por eso me dejan de gustar.

La ventaja de saber idiomas

He oído alguna vez que saber un idioma es igual que tener una carrera, que te aporta lo mismo. Pues puede ser, porque uno no se da cuenta de lo bien que viene saber idiomas hasta que ve a alguien que se maneja con soltura en varias lenguas a la vez (que nadie piensa mal). Eso de saber idiomas te puede sacar de más de un apuro. Pero me refiero a saber idiomas de verdad, no pensar que lo sabes, que eso te puede meter en más de un apuro. Que todos tenemos, o sabemos, de ejemplos de anécdotas de lo que pensábamos que estábamos diciendo o haciendo, que no tenía nada que ver con la (puta) realidad.

Idiomas hay muchos. Los gestos ayudan en caso de necesidad, que dicen que el hambre agudiza el ingenio y no tengo dudas de que todos en China seríais capaces de preguntar por un restaurante. Hambre no ibais a pasar, puede que asco sí, porque a saber lo que os ponen en el plato, pero de toda la vida se ha dicho que con hambre no hay pan duro. Pues eso.

Y pensando en todo esto me he dado cuenta de algo… que al final, lo que de verdad importa, es que los dos queramos entendernos. Nada más cansado y frustrante que dos personas que se hablan, pero no se escuchan. Es como un partido de frontón en el que nadie gana el punto. Es oír esa frase, tan femenina, de “yo me entiendo”. Bien, pero yo no.

Dos personas que hablen el mismo idioma no tienen necesariamente que entenderse. Es más, hay muchos casos de personas que hablan el mismo idioma y les cuesta entenderse. Quizá simplemente porque no quieren. O porque no pueden.

Sabes idiomas es una gran ventaja, si, pero saber escuchar es una más grande aún.

Pido el divorcio

Ahora que San Valentín está a la vuelta de la esquina, que nos bombardean con bombones, corazones, canciones (y nos tocan mucho algo que también termina en ones), ahora que nos pintan la vida de rojo pasión y la cuenta del banco del mismo rojo, pero con distinto significado… ahora, justo ahora, ni más ni menos que ahora… yo quiero el divorcio.

Lo siento, pero estoy harto. De mí el primero. Estoy harto de discutir conmigo mismo para ganar y perder a la vez, que darle tantas vueltas a todo primero marea mucho y no permite avanzar nada. Estoy harto de verme diferente en el espejo cada mañana y no decidir si sí o si no, si blanco o si negro, si zurdo o diestro.

Me divorcio de esta ciudad. Puede que la culpa no sea tan suya como mía, que no la he sabido entender, mimar, adaptarme a sus necesidades o a su forma de hacer. Sí, seguramente es culpa mía, que se dice fácil, pero llevo cinco años aquí y no acabo yo de pillarle el punto. Pero bueno ya he dicho que me quiero divorciar primero de mí…

Mi relación con Eurastio está en crisis. Más que nada porque siento pura y fea envidia. Todas las mañanas. Cuando salgo por la puerta y pienso que él se queda, pienso en algo tan feo, pero tan español como qué cabrón. Y claro llego a casa con rencor acumulado y cualquier cosita hace que tengamos que discutir.

Mi divorcio con carrerilla continúa con mi sofá. Ya nada es como antes. Ya las horas se marchitan entre sus brazos y yo tengo a otros (sofás) en la mente. Ya no salto a verle, ni es mi primera opción. Se ha convertido en una excusa para matar el tiempo al tiempo que muere la sonrisa.

Quiero el divorcio de mi trabajo, de mi vida, de lo que debo hacer, de lo que nunca hago, de los que sé que no están, de los que no han llegado, de los que miran mal y los que no me miran. Divorcio, pero ya. San Valentín tú no me casas y Cupido métete las flechas en el… carcaj.

El lado libre de la cama

Yo no sé tú, pero yo sí. Conozco gente que no lo hace, pero yo sí. Qué le voy a hacer, las cosas son así y es lo que hay. Yo dejo la mitad de la cama vacía. No es que mi cama sea enorme, no está mal, pero no es de esas que son más cuadradas qe rectangulares. Mi cama tiene sus 135 cm todos para mí. Bueno para mí y para Eurastio.

Me sobra media cama. Es un solar en espera de construcción, en búsqueda de un futuro que no sé si vendrá a ser mejor, pero al menos sí diferente. Pero la crisis, la burbuja inmobiliaria, mi yo mismo o vaya usted a saber mantiene el solar en obra y sin grúa a la vista.

El lado derecho de la cama, el que ahora es el mío. Antes era el izquierdo. Si alguien me preguntara el motivo no sabría qué decirle. Bueno, puede que sí. Es el lado más cómodo, el más cercano, el que hace ir menos lejos… sólo hay que sentarse en el borde de la cama y dejar caer la espalda. No hay que explorar, ni invadir, ni hacer el esfuerzo de ir más allá. Aquí me quedo, en mi rincón conocido y confortable y pare usted de contar. Puede que por eso siga teniendo un solar en construcción a centímetros de mí. Eso es algo que nunca sabremos ¿o sí?

Pero nos gustan las camas grandes, los platos de más, los metros cuadrados para coleccionar. Nos gusta que sobre. Caballo grande ande o no ande. No queremos estrecheces, menos en nuestra tarjeta. Y la realidad viene con el mazo a ponernos de rodillas y ver lo que hay más allá del espejo. Me sobra media cama y ya he pasado media vida.

Siempre está ahí

Siempre. No se cansa, no tiene dudas, no te cuenta películas ni te explica excusas tontas. Siempre está. Por más que falles, te confundas, te equivoques. No puede evitarlo, está y va a estar.

Te miras en el espejo cada mañana y ves cómo se asoma por ahí abajo. Asúmelo, no se va a ir nunca, aunque en realidad tampoco quieres que se vaya. Porque forma parte de ti. De ese tú que llevas tan dentro que a duras penas dejas que salga a la superficie, pero ay, cuando haces Pop ya no hay stop. Y te desbordas, sueltas todo en un torbellino que no puedes sujetar.

Es tu amiga más fiel, tu confidente, tu compañera. Tu paño de lágrimas, tu apuesta segura y tu patada a seguir. La sientes cerca, dentro. Y hablas con ella a diario o le niegas el saludo perpetuo. Porque las personas somos así de caprichosas e incoherentes, nos comemos en el mundo en el desayuno y horas más tarde, con el plato delante, decimos que ya no tenemos hambre y empezamos un régimen forzado.

A cada paso que das te sigue, la oyes y lo sabes. Puede que te des la vuelta a sonreír. No le importa demasiado porque va a seguir tus pasos donde quiera que vayas. No hay montaña suficientemente alta, ni valle suficientemente profundo que pueda alejarla de ti.

Con un guiño te quita todos tus males, te resta tus miedo y te pone en órbita. Reconócelo, tu familia siempre va estar ahí.

Para los auténticos luchadores

Hay algo que me molesta, y por eso lo voy a decir. Me molesta que digan que hoy es el “día mundial del cáncer”, es la frase que oyes por la calle. Y no es así, nada más lejos. Primero porque hoy es el “día mundial CONTRA el cáncer”, pero aún así no estoy de acuerdo con eso.

Porque hoy es vuestro día, no quiero hablar de esa puta enfermedad, quiero hablar de personas. De personas que han vivido, viven o vivirán con esta lacra. Personas que cuelgan la sonrisa en la cara con el cuerpo entre escombros, y te dan un abrazo y te preguntan ¿cómo estás? Con dos cojones.

Esa enfermedad que todos tenemos cercana, que a todos nos ha susurrado ponzoña en el oído, tratando de convencernos del no. Y no le hacéis caso. Vosotros, los protagonistas, los héroes, los auténticos luchadores, no compráis su verdad, y dais un paso adelante, dais lecciones de vida, y un vuelco en el pecho a aquellos que os acompañamos en vuestro camino tratando de empujar, pero en realidad siendo arrastrados, por vuestra fuerza arrolladora de rompe y rasga.

Todos vosotros estáis pensando en alguien ahora mismo. Uno de esos luchadores de los que hablo. Uno de esos héroes anónimos que han plantado cara y le han dicho a la enfermedad que no puede pasar. Puede que seas tú mismo, o tú misma la que tiene que empezar la pelea. Y hay héroes caídos en combate, héroes licenciados con honores que han dejado su huella en este particular paseo de la fama. Pensemos en ellos en lo que fueron y no en lo que terminaron siendo, porque se lo merecen,

Pero yo quiero mirar a los ojos a aquellos que estáis en mitad de la pelea, expresar mi cariño, mi admiración, mi apoyo. Copiar vuestras ganas de vivir, vuestro coraje, vuestra visión del mundo mucho más realista y desprovista de las absurdas imposiciones que nos hacemos día a día. Yo quiero miraros a los ojos y ver ese brillo de rabia y de valor, que sé que está ahí. Porque vais hacia adelante, porque vais a por ellos, porque cuando la vida se pone cuesta arriba, puede que se tarde un poco más en llegar, pero vais a hacerlo.

Hoy es vuestro día, el de gladiadores del siglo XXI. Mañana es vuestro día, porque mañana seguiréis ahí. Y llegará el día en el que os den la medalla al valor o veáis al enemigo vencido. Apostemos todos por ello.

Mi despiste vital

Soy algo despistado. Lo siento, pero un poco sí que lo soy, no lo puedo remediar, o puede que no quiera hacerlo, eso es algo que nunca me ha quedado muy claro. Sí que es verdad que no me preocupa mucho ser despistado, vivo con ello y lo disimulo bien. Tengo trucos para tratar de reducir mi desastre propio… del estilo de poner alarmas en el móvil, dejar las llaves de casa encima de los papeles que tengo que llevar a la oficina o ponerme delante de la puerta lo que no se me puede olvidar.

Mi primera bofetada me la dieron con 14 años. De esas a mano abierta que te marcan los cinco dedos en la cara. Mi duda es… ¿las mujeres nacéis preprogramadas para saber cruzar la cara o aprendéis más tarde? ¿Quién imparte primero de bofetada… Las madres, en el colegio, las amigas? Porque armáis el brazo más rápido que CR7 la pierna… curiosamente el gesto suele ir rematado con un golpe de pelo, debe ser por la inercia, y una salida por la puerta grande si dejar derecho a réplica.

Lo que decía, mi primera bofetada me la dieron a los 14 años en Irlanda, pero no fue una bofetada importada, más bien exportada, porque fue una aragonesa la que me dejó la cara como un semáforo (en rojo claro, que en verde no tendría mucho sentido). ¿La culpa? Pues mi despiste, ya es lo he dicho. Yo, que estaba en mis mundos de Yupi, estaba hablando de una irlandesa que me parecía muy guapa (sí, guapa, que en esa época yo era inocente). Pues la aragonesa se levantó, cargó el arma y hizo pleno en mi mejilla. Mi despiste había impedido que me diera cuenta que ella quería ser protagonista de esa admiración que yo estaba expresando hacia otra. Vamos que le gustaba.

Años después mi despiste me llevó a otra situación curiosa. Tenía que enviar unos discursos a un profesor de la universidad porque al día siguiente tenía un torneo de debate (sé que suena muy yanqui, que no yonqui). El mail del profesor era eprodríguez, de Emilo Pedro… pero yo, con mis cosas, pues en vez de poner el dominio de la universidad, puse @hotmail.com. Yo soy así.

Lo curioso es que al poco rato recibí un mail, en él una chica que se llamaba Esther Pérez me explicaba que me había confundido, y que quería avisarme porque había visto que era algo urgente. Sigue habiendo gente buena. El caso es que fuimos mandándonos mails y al final Esther y yo vivíamos en Madrid, teníamos edad similar… así que decidimos quedar un día. Lo que pasó ese día es otra historia que debe ser contada en otro lugar.

Mi despiste sigue en mí. Son esas situaciones que hacen que te pares en medio de la calle y te rías. Me ría. Me ría de mí porque me lo merezco, o me lo he ganado. El mundo no es perfecto, nosotros menos, pero son esas pequeñas imperfecciones las que nos definen y nos hacen especiales. Yo os enseño las mías.

Las cartas que nunca envié

Siempre he sido una persona tímida. Los que me conocen ahora no se lo creen, pero es verdad. Hay muy poca gente con la que me suelte, con la que me sienta cómodo, con los que puedo ser yo y no ponerme mil disfraces. Y es una faena porque uno se ha ido lejos y los hay que me han decepcionado. Pero si ahora me pasa esto, cuando tenía la mitad de años era exagerado.

Siempre pensé que el mundo no me entendía, que no iban a aceptar mis ideas, mi forma de hacer las cosas, mis locuras. Pero tenía muchas cosas dentro. Mi cabeza era una olla a presión por donde saltaban ideas de todos los colores y sabores. Y necesitaba sacarlas. Pero no me atrevía.

Un día, cansado de no poder dar salida a todo lo que tenía dentro, decidí escribir una carta. No era para nadie en especial, simplemente era una carta al mundo. Y conté lo que pensaba, lo que quería, lo que sentía… y la guardé en un cajón. Pero me sentí bastante bien. Sentí un gran alivio, una sensación de bienestar. No entendí muy bien el motivo, porque realmente nada había cambiado, nadie sabía nada y mis ideas seguían encerradas. Esta vez en un cajón.

Pero me gustó poder tener ese momento de liberación y seguí haciéndolo. Poco a poco las cartas eran más largas, más profundas, más extensas. Tenía ya cierta dependencia de estas cartas y vivía buscando el momento en que llegara mi momento en frente de una hoja de papel, porque me gustaba hacerlo así, en papel.

Un día empecé a escribir cartas a personas. Todo lo que no me atrevía a decir en voz alta lo dejaba en esas manchas preprogramadas de tinta tejida (esto lo he robado). En esas cartas contaba lo que pensaba de estas personas, lo que sentía por ellas, lo bien o mal que me lo habían hecho pasar. Muchas veces cuando no dices lo que sientes la gente duda si lo haces, y claro que lo haces.

Poco a poco ese cajón se fue llenando. Pero nunca salieron las cartas de ahí. Del cajón pasaron a una caja. Una caja de cartón que ha ido rodando de casa en casa siempre conmigo, más por el miedo a que nadie la abra que por el orgullo de su contenido. Una caja que sabe de mí más que yo y que es a veces fuente de la vida y a veces caja de Pandora.

Nunca mandé esas cartas, pero hace unos días volví a leerlas. Me sorprendí. Mucho. Me sorprendió lo acertado y equivocada que estaba a la vez, los grandes errores que he seguido cometiendo y aquellas cosas en las que he asomado la cabeza, las verdades que he escondido y las mentiras que he lanzado.

Me sorprendí por las personas que habían salido de mi vida por la puerta de atrás. Por lo acertado y confundido que estaba con ellos. Por los grandes dramas de entonces que ahora sólo eran anécdotas. Me sorprendí de ver alguien que se parecía a mí, pero que sin duda no era el mismo.

Y pensé ¿qué habría pasado si hubiera mandado esas cartas? ¿si le hubiera contado al mundo, a cada persona todo lo que allí dejé por escrito? ¿si hubiera sido capaz de hablar, en lugar de esconder en papel lo que tenía en mí mismo?

¿Habría sido una buena idea? ¿habría sido mi vida diferente? Nunca lo sabré. Pero sí hay algo que ha cambiado y, creo, que para bien, igual que antes escribía para meterlo en un cajón, ahora lo hago aquí abierto a quien me quiera leer. Al menos en eso sí he ganado, en seguridad.