Las cartas que nunca envié

por Fer Población

Siempre he sido una persona tímida. Los que me conocen ahora no se lo creen, pero es verdad. Hay muy poca gente con la que me suelte, con la que me sienta cómodo, con los que puedo ser yo y no ponerme mil disfraces. Y es una faena porque uno se ha ido lejos y los hay que me han decepcionado. Pero si ahora me pasa esto, cuando tenía la mitad de años era exagerado.

Siempre pensé que el mundo no me entendía, que no iban a aceptar mis ideas, mi forma de hacer las cosas, mis locuras. Pero tenía muchas cosas dentro. Mi cabeza era una olla a presión por donde saltaban ideas de todos los colores y sabores. Y necesitaba sacarlas. Pero no me atrevía.

Un día, cansado de no poder dar salida a todo lo que tenía dentro, decidí escribir una carta. No era para nadie en especial, simplemente era una carta al mundo. Y conté lo que pensaba, lo que quería, lo que sentía… y la guardé en un cajón. Pero me sentí bastante bien. Sentí un gran alivio, una sensación de bienestar. No entendí muy bien el motivo, porque realmente nada había cambiado, nadie sabía nada y mis ideas seguían encerradas. Esta vez en un cajón.

Pero me gustó poder tener ese momento de liberación y seguí haciéndolo. Poco a poco las cartas eran más largas, más profundas, más extensas. Tenía ya cierta dependencia de estas cartas y vivía buscando el momento en que llegara mi momento en frente de una hoja de papel, porque me gustaba hacerlo así, en papel.

Un día empecé a escribir cartas a personas. Todo lo que no me atrevía a decir en voz alta lo dejaba en esas manchas preprogramadas de tinta tejida (esto lo he robado). En esas cartas contaba lo que pensaba de estas personas, lo que sentía por ellas, lo bien o mal que me lo habían hecho pasar. Muchas veces cuando no dices lo que sientes la gente duda si lo haces, y claro que lo haces.

Poco a poco ese cajón se fue llenando. Pero nunca salieron las cartas de ahí. Del cajón pasaron a una caja. Una caja de cartón que ha ido rodando de casa en casa siempre conmigo, más por el miedo a que nadie la abra que por el orgullo de su contenido. Una caja que sabe de mí más que yo y que es a veces fuente de la vida y a veces caja de Pandora.

Nunca mandé esas cartas, pero hace unos días volví a leerlas. Me sorprendí. Mucho. Me sorprendió lo acertado y equivocada que estaba a la vez, los grandes errores que he seguido cometiendo y aquellas cosas en las que he asomado la cabeza, las verdades que he escondido y las mentiras que he lanzado.

Me sorprendí por las personas que habían salido de mi vida por la puerta de atrás. Por lo acertado y confundido que estaba con ellos. Por los grandes dramas de entonces que ahora sólo eran anécdotas. Me sorprendí de ver alguien que se parecía a mí, pero que sin duda no era el mismo.

Y pensé ¿qué habría pasado si hubiera mandado esas cartas? ¿si le hubiera contado al mundo, a cada persona todo lo que allí dejé por escrito? ¿si hubiera sido capaz de hablar, en lugar de esconder en papel lo que tenía en mí mismo?

¿Habría sido una buena idea? ¿habría sido mi vida diferente? Nunca lo sabré. Pero sí hay algo que ha cambiado y, creo, que para bien, igual que antes escribía para meterlo en un cajón, ahora lo hago aquí abierto a quien me quiera leer. Al menos en eso sí he ganado, en seguridad.

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