Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: marzo, 2015

En frente de mis narices

Llevo varios días, por no decir semanas, pensando por qué mis calcetines tenían pelos blancos… y no lo entendía. Porque no tengo perro, porque no tengo pelo, porque no suelo andar en calcetines por casa… Y ahí estaban esos pelos. No lo entendía. Aunque la verdad es que tampoco es algo que me obsesionara, muchas veces si hay algo que no entiendo y no me afecta demasiado, ni me va la vida en ello, simplemente lo dejo pasar, lo aparco y pienso que en otro momento seguro, seguro que voy a entender lo que estaba pasando.

Pues ayer ya me di cuenta, meses después entendí qué es lo que estaba pasando. Y no, no es que tuviera ningún tipo de ser viviendo bajo mi cama que campara a sus anchas siempre que salgo de casa. Es algo más triste, más sencillo y que demuestra mi despiste vital. Simplemente lo que ocurre es que la alfombra de mi cuarto es de piel de vaca blanca sin curtir… Blanca… Con pelos… Blancos… y claro al pisar la alfombra algún pelo se queda en el calcetín. Misterio resuelto. La verdad que cuando me di cuenta no pude evitar reírme de mí mismo, de lo poco que me fijo en según qué cosas y la poca importancia que les doy.

No me hace falta saberlo todo. De verdad que no. Hay muchas cosas que prefiero que mantengan su misterio, o simplemente que no las entiendo y decido poner mis esfuerzos en otros temas. Que mi cerebro ya está suficientemente tocado para obligarlo a horas extras. Que hace años nos decían eso de “dos ojos para toda la vida”, pues cerebro tenemos sólo uno.

No quiero saber cómo os ponéis tan guapas. Que si la sombra realza la mirada, que si el pantalón hace las piernas más largas, que si tal color de labios queda mejor con cual tono de piel… pues no tengo ni idea, pero me gusta sorprenderme.

No sé cómo se compone una canción. Una poesía más o menos me lo puedo imaginar, pero una canción ni idea. No sé en qué momento se te ocurre una melodía, y piensas en dónde entra qué instrumento… pero sí que me gusta escuchar la canción que tú creas. Y algunas me alegran, otras me ponen melancólico, unas me dan ganas de irme a comerme la noche (o beberme más bien) y otras me apetece escucharlas haciendo un pacto de estado entre mi sofá y mi manta.

No sé cómo elegimos a los amigos, o cómo los amigos nos eligen, o porqué algunos son nuestros amigos y otros no. No sé cómo surge esa complicidad y esa confianza. Pero está ahí.

No sé muchas cosas, no sé si demasiadas. Sé lo justo, sé lo necesario, sé lo que me hace falta. Sé que los pelos que aparecían en los calcetines venían de la alfombra de vaca.

Una y otra vez

Estoy seguro que os pasado. Es que no lo podemos remediar. Pones la tele, así, por tener algo de fondo, por tener la sensación de que no estamos tan solos, y ves que ponen algún capítulo de alguna serie que ya has visto. Que te sabes de memoria. Y piensas… Uff otra vez este capítulo, qué pereza… no me apetece nada verlo… pero lo ves.

Eso es así, por alguna extraña razón no puedes evitar el acabar viendo una y otra vez capítulos de series. Con los Simpsons ya es el colmo, muchos nos sabemos partes de diálogos de memoria. Es más, creo que hay mucha gente en España (me incluyo) que ha comido más veces con los Simpsons que con su familia.

Con las películas nos pasa lo mismo. Hay algunas que hemos visto “cienes y cienes de veces”, pero siempre damos el sí quiero para darles otra oportunidad. Quizá es que nos guste lo conocido, quizá es que lo predecible nos haga sentirnos cómodos. Qué sé yo.

Ahora que se plantea el mundo de la televisión a la carta, peleamos con la costumbre tan nuestra de plantarnos delante de la televisión (que ahora que es plana habrá que dejar de llamarla la “caja tonta”) y dejar el tiempo pasar simplemente para “ver qué ponen”.

Es muy curioso, o al menos a mí me lo parece, pero vamos que puede ser una de esas tontería en las que sólo yo me fijo… En fin que es muy curioso que justo ahora que la televisión “a la carta” pretende lanzar la oferta de contenidos hasta el infinito y más allá, las cartas de los restaurantes son cada vez más pequeñas.

Aquellas cartas de hace años que parecían El Quijote, que tenías que dedicar un par de días para leer, que te mareabas con todo lo que te ofrecían y pedías con la seguridad de que al final habrías preferido otra cosa. Y ahora, cuatro cuatro, tres cócteles y dos postres. Eso sí con muchos diseño y dibujitos.

En fin, voy a ver qué ponen en la tele.

¿Y si me dices que no?

Los dos lo sabemos, los dos nos miramos, nos observamos, nos espiamos y tratamos de entendernos o descifrarnos. Los dos nos intuimos o tratamos de hacerlo. Sin red y sin pistas. Jugamos al mus sin señas, al tute sin contar cartas, al Cluedo sin preguntas. Apostamos a la vida y no sabemos si poner 1-x-2, pero sí sabemos que tenemos que poner algo, decir algo, pensar algo, aportar algo.

Yo voy con lo que soy, con lo que tengo, con lo que te doy. Y el pulso, tembloroso y escondido en el bolsillo se apoya en la risa nerviosa para dar un paso más. Sin saber si lo notas, si lo sabes, si lo sientes, si lo compartes.

La conversación se emborracha con las vueltas de la vida jugando al escondite y sin ganas de correr una maratón, ni media aunque la lleves regulín. Porque giramos en la rueda de la vida tratando de encontrar mi verdad en tus ojos que a veces se empañan o se cierra. Y me pierden, me asustan por ausencia, por dejadez.

Porque cuando quieres decir algo, a veces no te sale nada, porque cuando te sientes pequeño tratas de hincha el pecho con el aliento ajeno. Y quieres pedirlo, quieres tenerlo, quieres sentirlo. Calculas un sí o un no. Te asomas al precipicio y andas tanto por la cuerda floja que se aflojan las ganas de abandonar la cuerda y vives como un estúpido funambulista. Pero de los malos, de los que andan atados y no reciben aplausos. Y la miras cuando te mira por no romper el mirar. Y entre mirada y mirada tratas de entender el morse de sus párpados con menos éxito que un pigmeo en la NBA.

Y sientes que mueres de ganas de darle un beso, pero ¿y si me dices que no?

No me chilles que no te veo

¿Tiene sentido preguntar por un partido de fútbol a un ciego? Pues mire usted, yo creo que no. Y que nadie me tire piedras, ni me abuchee, que estoy ya un poquito harto de ser tan correctitos y pensar que todos valemos para todo. Pues no, lo siento, pero no. Llevo bastante tiempo intentando entender una sección del programa de radio de deportes que oigo por las noches. Me explico, en “El Partido de las Doce” hay una sección donde unos ciegos comentan las actualidad deportiva. El nombre de la sección parece puesto a mala leche “¿Cómo lo ves?”.

Pues sencilo… Es que NO lo ven. Que no digo que no sean aficionados, que no tengan derecho a opinar, disfrutar del fútbol y hacer eso tan español de llevar un entrenador dentro, pero es que no lo ven. Escuchan, leen… Se formal una idea con lo que los demás les dicen. Es como jugar al teléfono escacharrado.

Que estoy a favor de la integración y seguro que todos ellos en sus trabajos son buenísimos, grandes profesionales, mejores personas… Pero justo de comentaristas deportivos, justo de eso, pues no los veo, lo siento, pero no.

Poner un ciego a comentar el deporte es como pedir consejos sexuales a un cura, como mandar a un vegetariano a comprar carne, como tener a un DJ sordo, como que L´oreal contrate al calvo de la lotería… No tiene sentido.

La sonrisa es gratis

Parece que a mucha gente se le ha olvidado, pero en serio, que es gratis, que no duele, que no cuesta… Que tenemos barra libre y podemos lanzar todas las que nos dé la gana. Pues nada oye, no hay manera. Debe ser que la gente va como las famosas, de botox hasta arriba y por eso no pueden mover un músculo. La misma cara para alegría, para tristeza, para susto y para estar indignado. Dicen que se llama cara de poker, yo prefiero decir cara de gilipollas. Porque de verdad que hay que ser muy gilipollas para pasarte el día sin soltar una sola sonrisa.

Por cierto ¿os habéis fijado lo a gusto que se queda uno cuando suelta un taco? El otro día en el programa de Jesús Calleja oí decir a David Muñoz que era un defensor de los tacos. Pues yo también. Pero con mesura. Que lo primero que hacen los latinoamericanos para imitarnos (que sí, que ellos también nos imitan a nosotros) es decir muchos tacos. Haz el español: joder, coño, cojones.

En fin que me voy por las ramas, pero ya me conocéis que tengo el cerebro de mudanza dando más vueltas que la baticao dentro de una lavadora (uys de pensarlo me he mareado). Que me parece mal que hoy al ir a comprar unas mediasnoches (por cierto creo que mis compañeros de oficina deberían ponerme un piso… cómo les cuido) el tío borde me ha atendido con una cara que daban ganas de ponerle un vídeo de Los Morancos (qué buenos son). A ver señor borde de mierda de la panadería de la esquina. Que yo voy a darle dinero. Yo le pago. Euros. Lo que le pido es gratis. Creo que no es para tanto, vamos digo yo.

En fin, peor para él. Yo sigo con mis locuras y mis sonrisas. Hala os regalo una para todos.

Me da rabia

Me da rabia la gente que resta, las envidias ajenas, las miradas torcidas, los falsos deseos, las ganas de nada, el tú tampoco. Me da rabia el mal de muchos y el mundo reflejado en un espejo roto. Me da rabia la patada al cojín y pensar que piensas demasiado para que yo piense menos. Me da mucha rabia.

No lo entiendo. No entiendo la gente que tiene como objetivo en la hacer nada, pero que no se note. Que se dedican a pisarte a ti para poder subir ellos. Que viven de rumores y se alimentan y parasitan el éxito ajeno. Y os suena. Claro que os suena. Me encantaría que no, pero me temo que sí.

Porque todos hemos tenido este perfil de gente cerca. Muy cerca. Son como los piojos en los niños, pero con final feliz. Para los piojos claro. Son la rémora, la lacra, la peste de este mundo. En época de crisis sería un buen momento para hacer criba. Pero no vamos a poder hacerla. Lo siento, pero no. Porque ellos, como buenos piojos que son, están en la cabeza, arriba. Bien asentados y afianzados. Chupando sangre fresca y causando estragos y enfermedades.

Hay tantos que se camuflan con el ambiente, con la sociedad. Que se mezclan y son reconocidos y premiados por sus deméritos. Patético, triste y real. Como la vida misma. Al menos esta vida.

Lo sabemos, pero de vez en cuando tienen el detalle de recordarnos que están ahí. Como hoy.