En frente de mis narices

por Fer Población

Llevo varios días, por no decir semanas, pensando por qué mis calcetines tenían pelos blancos… y no lo entendía. Porque no tengo perro, porque no tengo pelo, porque no suelo andar en calcetines por casa… Y ahí estaban esos pelos. No lo entendía. Aunque la verdad es que tampoco es algo que me obsesionara, muchas veces si hay algo que no entiendo y no me afecta demasiado, ni me va la vida en ello, simplemente lo dejo pasar, lo aparco y pienso que en otro momento seguro, seguro que voy a entender lo que estaba pasando.

Pues ayer ya me di cuenta, meses después entendí qué es lo que estaba pasando. Y no, no es que tuviera ningún tipo de ser viviendo bajo mi cama que campara a sus anchas siempre que salgo de casa. Es algo más triste, más sencillo y que demuestra mi despiste vital. Simplemente lo que ocurre es que la alfombra de mi cuarto es de piel de vaca blanca sin curtir… Blanca… Con pelos… Blancos… y claro al pisar la alfombra algún pelo se queda en el calcetín. Misterio resuelto. La verdad que cuando me di cuenta no pude evitar reírme de mí mismo, de lo poco que me fijo en según qué cosas y la poca importancia que les doy.

No me hace falta saberlo todo. De verdad que no. Hay muchas cosas que prefiero que mantengan su misterio, o simplemente que no las entiendo y decido poner mis esfuerzos en otros temas. Que mi cerebro ya está suficientemente tocado para obligarlo a horas extras. Que hace años nos decían eso de “dos ojos para toda la vida”, pues cerebro tenemos sólo uno.

No quiero saber cómo os ponéis tan guapas. Que si la sombra realza la mirada, que si el pantalón hace las piernas más largas, que si tal color de labios queda mejor con cual tono de piel… pues no tengo ni idea, pero me gusta sorprenderme.

No sé cómo se compone una canción. Una poesía más o menos me lo puedo imaginar, pero una canción ni idea. No sé en qué momento se te ocurre una melodía, y piensas en dónde entra qué instrumento… pero sí que me gusta escuchar la canción que tú creas. Y algunas me alegran, otras me ponen melancólico, unas me dan ganas de irme a comerme la noche (o beberme más bien) y otras me apetece escucharlas haciendo un pacto de estado entre mi sofá y mi manta.

No sé cómo elegimos a los amigos, o cómo los amigos nos eligen, o porqué algunos son nuestros amigos y otros no. No sé cómo surge esa complicidad y esa confianza. Pero está ahí.

No sé muchas cosas, no sé si demasiadas. Sé lo justo, sé lo necesario, sé lo que me hace falta. Sé que los pelos que aparecían en los calcetines venían de la alfombra de vaca.

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