El camino de las excusas

por Fer Población

Normalmente hace un tiempo, cuando empecé todas las mañanas a contaros mis cosas, usaba el ratito que tenía que anda de casa al trabajo para pensar qué iba a escribir. A veces era muy sencillo, a veces desde el día anterior ya lo tenía muy claro y, mentalmente, por el camino lo iba armando. Otras veces no, otras por la calle me fijaba en alguna cosa absurda. Alguna de esas cosas que suelen pasar inadvertidas, que casi nadie se da cuenta y que simplemente no le prestan atención. No es que yo tenga una capacidad especial para fijarme en las cosas, ni que sea más listo que nadie. Lo que pasa es que el aburrimiento te hace estar más atento. Cuando el demonio no sabe qué hacer mata moscas con el rabo, o eso dicen.

Otras veces me costaba mucho pensar en qué os iba a contar. Llevo bastantes más de 400 posts, casi 500, cuando mi compañera, y cada vez más amiga, de la oficina se enteró de la cifra me dijo algo así como “qué cansino eres ¿no?”. Ella es así de cariñosa, pero en el fondo tiene algo de razón. No es fácil sacar adelante esto tan a menudo, no siempre uno tiene el ingenio, las ganas, las palabras… pero bueno se intenta. He de reconocer que a veces simplemente lo hago por coger soltura. Al final yo, que soy periodista, si quiero tener soltura escribiendo, lo que tengo que hacer es escribir. Es una verdad que supongo que alguno de los que me leéis sabéis ya.

Hace poco alguien me preguntó qué podía hacer para escribir bien. Pues escribe mucho, de muchas formas, en muchos momentos… Y poco a poco vete buscando tu propio estilo.

Ahora suelo ir oyendo la radio por la calle. Lo malo de poner la radio es que te vuelves un ser pasivo. No piensas, sino que te limitas a recibir la información y, si acaso, a sonreír si es que el comentario que has oído lo merece. La que sí me aporta la radio es que me meto en mi mundo y el camino se me pasa más rápido. El camino al trabajo un lunes por la mañana podría equipararse al “walk of shame” de un domingo.

Pero como un desastre, creo que a estas alturas ya nadie duda de ello, hay días en los que me dejo los cascos. Y no puedo oír la radio. Me he dado cuenta de que ya no voy fijándome en las cosas que me rodean. Me he acostumbrado a meterme en mi mundo y sin radio, mi mente empieza a pensar en todo lo que podría pasar para no tener que ir a la oficina.

Lo primero que a todos se nos pasa por la cabeza es estar enfermo. Tarde, ya estoy en la calle y no lo estoy. ¿Estar enfermo compensa por el hecho de quedarse en casa? Pues no lo creo la verdad. Ay aquellos tiempos de “me duele la tripa”, de termómetro en la bombilla, de la cara de risa de tu madre si veía que tenías 45 de fiebre (lógica de niño, más fiebre, más malito, menos cole), de poner la tele bajita en el cuarto y apagarla corriendo y hacerte el dormido si oías pasos…

Pues no, no estamos enfermos, descartamos esa opción. Poder ir andando al trabajo es un lujo, es calidad de vida, es comodidad, pero para lo que nos importa nos quita muchas posibilidades. No hay atascos, no hay cortes de carreteras ni retrasos en el transporte. “Lo siento, voy a llegar la tarde a la oficina porque ya han pasado los zapatos de las 8:30”. Queda un poco raro ¿no?

También he pensado en un aviso de bomba, bueno, para ser sincero lo pensaba. Porque ya ha pasado y el resultado no me gustó. Porque al final me mandaron a casa (como vives cerca) a trabajar desde mi ordenador mientras ellos… ellos desayunaban. “¿Cómo va el informe Fer? Pasame la mantequilla”. Pobre de mí (se buscan abrazos).

Entonces pensé ¿y si hay algún gas tóxico? Pues… Más o menos… También ha pasado. Estuvieron barnizando el piso de al lado. ¿Alguien ha pasado ocho horas al día oliendo el barniz? Si los obreros van con mascarilla una de dos, o son todos chinos, o es que respirar eso no es sano. Tiendo a pensar en la segunda opción. Fue un día productivo de trabajo con nuestros nuevos compañeros, el elefante rosa, el dragón que escupía flores, la abeja Maya haciendo calceta…

En fin, que a base de ir pensando excusas me veo en la puerta de la oficina. Y se me pasa por la mente la última. Mi última oportunidad. ¿Y si llamo y nadie me abre? Nunca ha sucedido.

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