Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: mayo, 2015

¿Qué pasará mañana?

Me pasa muchas veces, incluso creo que ya os he hablado de ello. Pero muchas veces cuando termina una película, o cierro un libro, me queda la duda de qué pasaría al día siguiente. No sé si es por curiosidad enfermiza, que muchos pensarán que lo que soy es un cotilla o por las ganas de ir más allá, de saber más. Bueno, también hay otra opción, no sé si a vosotros os pasa, a mí sí, pero cuando termino un libro (esto sólo me pasa con los libros) que realmente me gusta, echo de menos a los personajes. Porque hemos vivido muchas cosas juntos, porque ya son casi de mi familia y porque, en algunos momentos, me he imaginado a mí mismo rodeado de ellos y siendo uno más en sus aventuras o desventuras.

Todos queremos dar un paso más, saber un poco más. A veces vas sentado en el tren y escuchas las conversaciones de la gente que te rodea. Creo que todos hemos jugado a adivinar quiénes son, a qué se dedican, qué les pasa… y te encantaría poder completar el puzzle y te da cierta rabia cuando llegas y se alejan. Porque quieres saber más, quieres ver el próximo capítulo, como una serie cuando se termina y te encuentras el mismo día, a la misma hora, pero una semana más tarde, sentado delante de la tele pensando en qué les habría pasado a los personajes hoy.

Y no sólo nos pasa con las conversaciones. Siempre pensamos que hay algo que nos ocultan. Las grandes conspiraciones, la fórmula de la Coca Cola, el triángulo de las Bermudas, el área 51… Nos encanta pensar que hay más de lo que pensamos. Con muchas personas es cierto, son mucho más de lo que parecen y yo tengo la suerte de conocer a muchas de ellas.

Puede que sea yo, que siempre busco tres pies al gato, que me asomo por las rendijas. De pequeño me gustaba desmontar cosas, ver lo que tenían dentro. Nunca entendía nada, pero me gustaba las tripas de las cosas. Es más, una de mis mayores decepciones fue al ver un ordenador por dentro… Yo pensaba que iba a encontrar algo estilo ciencia ficción y en su lugar lo que vi fue espacio vacío y cables cutres. Eso pasa por mirar, eso pasa por preguntar. Como me dijo alguien un día, lo peor que puede pasar si preguntas, es que te respondan.

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Mis elecciones

El día después del domingo, que suele ser lunes, tenemos en los periódicos, las radios, las televisiones… Mil y una opiniones de lo que pasó ayer. Para los despistados: Ayer se celebraron elecciones autonómicas en España. Y el curioso balance, más allá de lo típico de que ningún partido pierde, es que muchos no elegimos. No elegimos en general. No elegimos.

Pues yo sí, yo sí voté y sí elijo. Y elijo muchas cosas. Elijo el Cola Cao antes que el Nesquick. Elijo una caña antes que un café, elijo las raciones en la barra antes que las comidas de mantel de hilo. Elijo tomar siempre la penúltima, reírme de mí mismo, pensar en los amigos.

Elijo sonreír antes de seguir enfadado. Elijo los casual mondays, las miradas cómplices, las sábanas limpias, el olor a Nenuco. Elijo que me llames, que te acuerdes de mí, que sepas que me tienes y que decidas usar ese derecho adquirido.

Elijo echar de menos a los que no están. Duele, pero prefiero recordar que olvidar, eso también es una elección. Elijo las cosas sencillas, pequeñas, sin alardes ni estridencia. Lo cotidiano que no es que sea lo normal, lo extraordinario de nuestro día a día.

Los desayunos algo esconden

Desconfía de la gente que desayuna bacon por las mañanas. Y huevos, y hamburguesas. o sandwiches, o pizzas… Algo esconde. Algo están tramando. Nadie necesita tanta energía para empezar el día. Seguro que tienen un perverso plan para dominar el mundo (como los gatos), quizá nunca sean capaces de ponerlo en práctica, pero ellos lo piensan y se ríen y mientras llenan el buche con lo que para los demás seres humanos es una comida.

Desconfía de los que desayunan café y churros. Van de tradicionales, de señoritos. Mirando por encima del hombro a todos los que han roto con el saber estar español. Se sienten en posesión de la verdad y están anclados en un pasado que ya ha pasado y del que no van a volver.

Desconfía de los que toman cereales con leche. Odian España, se creen que todo lo de fuera es mejor y lo echan en cara a golpe de cuchara entre crujido y crujido. Sus malas madres, cuando eran pequeños, no les dedicaban tiempo suficiente, no les hacían el desayuno y las torpes manos de estos individuos no podían ir más allá de echar unas cosas marrones y leche por encima. Están resentido y se les nota.

Desconfía de los que toman una barra de pan con aceite y tomate. Saben que están más en forma, son más altos, más listos, más sanos que tú. Se ríen de ti con cada mordisco y sienten lástima de ti.

Desconfía de los que no desayunan. Son los peores. Van de sobrados por la vida, de que ellos pueden con todo. No les hace falta nada ni nadie para vivir y rechazan a todos y todo lo que les rodea.

Desconfía.

Un cerebro prófugo

Hay días que tu trabajo merece toda la atención, que cinco sentidos no te bastan y te duele la cabeza te mirar intensamente a la pantalla. Como si tuvieras super poderes, como si fueras capaz de mirar dentro del ordenador, ver todas esas filas de números verdes que Matrix nos ha asegurado que existen y poner algo de orden para que todo salga bien. Hay días de esos.

Pero hay días que son todo lo contrario, días en los que tienes que hacer un trabajo mecánico, repetitivo, como el padre de Charlie que se pasaba horas poniendo el tapón a los tubos de pasta de dientes. Al menos en mi trabajo tengo diferentes tipos de días. Puede que tú no, pero yo sí. Hoy es de los segundos, de los que soy más robot que persona y por más que empuje las agujas del reloj el tiempo su tumba a la Bartola y no le da la gana de moverse.

Y estos días son los que, a veces, mi cerebro se va de viaje. Pone el piloto automático y se pega una vuelta por un país multicolor con su abeja bajo el sol y todo. Salta de un lado a otro sin prisa ni sentigo. Mi cerebro hace zapping. En algunos momentos me acuerdo de personas, de lugares, de cosas que hice, de las que no debí hacer, recuerdo canciones y olores. Los olores, qué fuerza tienen los olores para hacernos recordar. Un día una chica me dijo “hueles como mi ex”, pues no, él olía como yo, porque el que está aquí, delante tuyo soy yo. El pasado hay que guardarlo, pero el presente a vivirlo.

Mi cerebro corre por las azoteas y huye de los baños de realidad. Esquiva las líneas rectas y me recorta en seco cuando le llamo al orden y trato de traerlo de vuelta. Porque mi cerebro no es alemán, es español, español, español… Aunque eso ya lo decimos mucho menos.

Porque sí, yo sí puedo. Yo sí puedo soltar a mi cerebro a que se dé unas carreras y seguir trabajando, yo sí puedo hacer dos cosas a la vez. Y sé que es raro, pero nunca he dicho que no lo sea, es más muchas veces me he mostrado orgulloso de ello.

Mi cerebro ahora va de plato en plato y mi cuerpo, porque el cuerpo suele quedarse atrás cuando el cerebro huye, nota las consecuencias y gruñe de envidia. Hoy es un día para sacar el cerebro a pasear, si lo veis por ahí saludadle de mi parte y decidle que vuelta, si puede ser antes de Navidad mejor que mejor.

Se regalan años de vida

Voy como loco, con el mundo por montera y sin frenos que me paren. Voy sobrado, regalando, presumiendo de cuerpo serrano porque son los Serrano los que van a acabar con mi cuerpo. Nada de cuerpo latino, que esas son otras, yo soy más de postura fija y trabajo constante. Voy tirando años de vida y a este paso se va va la vida en pocos años.

Porque no aprendo, no me centro ni me centran. No sé decir no y no creo que quiera decirlo. Y entre día y día y noche y noche las anécdotas se empalman y los días se confunde. La noche me confunde, pero el día también.

Siempre se puede dar un paso más, forzar un poco más, jugar a la ruleta rusa y soñar con que la bala se ha ido por vacaciones a algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme. Porque las balas también necesitan vacaciones. Su corta vida puede ser el final de la tuya y mantienen su duermevela con el cargo de conciencia de saberse cargadas. Mala vida la de la bala.

Las cañas va creando las canas y los años regalados se pierden por el desagüe de más de cuarenta cervezas hoy. Los tiempos pasados no siempre fueron mejores, pero el presente se plantea borroso y la cabeza clama por retornar al encefalograma plano. Los ruidos se clavan como agujas y un escalofrío recorre la espalda con los golpes de martillo. Vamos, que tengo resaca.

El pijama de arriba

No sé si os he comentado esto ya, es que os he contado muchas cosas (es mi pequeña manera de presumir de que ya llevo 500 posts, ataque de ego modo on), pero me he dado cuenta de que tengo un pijama condenado a trabajos forzados. El de arriba del cajón. Porque claro, tú llegas, abres el cajón y ¿qué pijama eliges? Pues el de arriba, el fácil, total es un pijama… Pero claro a base de ir repitiendo, el pobre va teniendo mala cara, es un viejo prematuro, le van pesando los años.

Es más, ahora que los domingos son días que los suelo sufrir en silencio… Bueno, vale, no tan en silencio, que soy mucho de quejarme, aunque es más aburrimiento que dolencia real, que los que vivimos solos tenemos mucho tiempo libre y pienso en tantas cosas que a veces me asusto de mí mismo. Pero eso es otro tema. Como iba diciendo, ahora que los domingos son días de poca actividad, cuando alguno de mis amigos tratan de arrancarme de mi magnífico sofá para pisar eso tan terrorífico que llaman calle, les mando una foto de mí mismo tirado en pijama. Y claro, muchas veces es el mismo pijama, y claro ellos piensan que es la misma foto que se la mando muchas veces, y claro el efecto de “es evidente que no me voy a mover” se va perdiendo.

Por eso se me ha ocurrido una nueva modalidad. Mando la foto con el periódico del día, al estilo prueba de vida de las pelis de secuestros, pero en mi caso es más bien una prueba de la poca vida que me queda a esas alturas de la semana. Pero también tiene un problema. Si no quiero salir de casa, es difícil tener el periódico del día. Al menos en mi caso que no estoy suscrito a ninguno en Madrid. Claro, este domingo sí ha funcionado, porque estaban mis padres y salieron a desayunar (ir a desayunar pudiendo perrear en casa es una mala idea), pero es un caso aislado.

Mi pobre pijama no sólo está explotado, sino que encima me aprovecho de sus derechos de imagen. Quizá un día haga rotación de cajón y pase al ostracismo, seguro que también por eso se queja. El caso es protestar.

Yo pensaba que no era tan mayor, pero…

De verdad que no pensaba que fuera tan mayor. Es más, no me siento mayor, me sorprendo a mí mismo con mis despistes, mis locuras, mis pajas mentales y mis saltos sin paracaídas. Pero hay algunas pistas que me van diciendo que algo mayor sí que me he hecho, que las cosas han cambiado.

Me sé el padre nuestro en latín. Vale, tan tan mayor no soy, lo que pasa es que a un hermano de mi colegio, que en mi colegio no había curas, había hermanos, decidió que teníamos que aprenderlo. Pues nada, a aprenderlo, qué le íbamos a hacer. Es de esas cosas que guardas en la cabeza y que no hace más que ocupar espacio. Que no sirven para nada, que si me hiciera falta espacio seguro que las borraba. Todos hemos oído eso de que usamos menos del 20% de nuestro cerebro. Pues nada nos queda un 80% para usar de trastero y guardar tonterías. Como el padre nuestro en latín.

Mi mochila no tenía ruedas. Son tonterías mías, pero cuando veo ahora a las niñas entrando en el colegio me parecen viajas prematuras que van a la compra. Tonterías mías. Y encima, como había que ser “guay” llevaba la mochila cargada (porque de verdad que iba cargada) en un hombro. Luego te dolía la espalda, pero para presumir hay que sufrir (que se lo digan a las mujeres). No entiendo bien que en pleno siglo XXI los niños sigan cargando libros. Ebooks, tables, portátiles, archivos en la nube…

Esperar diez minutos en la calle no era un problema. Tampoco teníamos mucha opción. Si habías quedado confiabas en que la otra (u otras personas) llegarían. Éramos más puntuales y más confiados. No hacíamos eso de mandar mensaje cinco minutos antes avisando que llegamos quince minutos después. Ni nos retrasábamos a propósito para que esperara el otro. Y hablábamos más. Fijo. Ahora usamos el whatsapp hasta para discutir. Con los malentendidos que eso crea, pues nada, nosotros empeñados. Con una llamada se tarda menos, se explica más y se entiende mejor, pero preferimos poner emoticonos.

Me he jugado la vida en el coche muchas veces. Íbamos sin cinturón, sin sillita, sin casco, sin rodilleras… Íbamos a pelo, a tope, estábamos muy locos. De todos los viajes que he hecho de pequeño con mis padres, lo más parecido a una protección era el pijama-manta. ¿Sólo me lo ponían a mí o alguno más se acuerda?

Las cosas han cambiado. No sé si a mejor o a peor, pero han cambiado.