Yo pensaba que no era tan mayor, pero…

por Fer Población

De verdad que no pensaba que fuera tan mayor. Es más, no me siento mayor, me sorprendo a mí mismo con mis despistes, mis locuras, mis pajas mentales y mis saltos sin paracaídas. Pero hay algunas pistas que me van diciendo que algo mayor sí que me he hecho, que las cosas han cambiado.

Me sé el padre nuestro en latín. Vale, tan tan mayor no soy, lo que pasa es que a un hermano de mi colegio, que en mi colegio no había curas, había hermanos, decidió que teníamos que aprenderlo. Pues nada, a aprenderlo, qué le íbamos a hacer. Es de esas cosas que guardas en la cabeza y que no hace más que ocupar espacio. Que no sirven para nada, que si me hiciera falta espacio seguro que las borraba. Todos hemos oído eso de que usamos menos del 20% de nuestro cerebro. Pues nada nos queda un 80% para usar de trastero y guardar tonterías. Como el padre nuestro en latín.

Mi mochila no tenía ruedas. Son tonterías mías, pero cuando veo ahora a las niñas entrando en el colegio me parecen viajas prematuras que van a la compra. Tonterías mías. Y encima, como había que ser “guay” llevaba la mochila cargada (porque de verdad que iba cargada) en un hombro. Luego te dolía la espalda, pero para presumir hay que sufrir (que se lo digan a las mujeres). No entiendo bien que en pleno siglo XXI los niños sigan cargando libros. Ebooks, tables, portátiles, archivos en la nube…

Esperar diez minutos en la calle no era un problema. Tampoco teníamos mucha opción. Si habías quedado confiabas en que la otra (u otras personas) llegarían. Éramos más puntuales y más confiados. No hacíamos eso de mandar mensaje cinco minutos antes avisando que llegamos quince minutos después. Ni nos retrasábamos a propósito para que esperara el otro. Y hablábamos más. Fijo. Ahora usamos el whatsapp hasta para discutir. Con los malentendidos que eso crea, pues nada, nosotros empeñados. Con una llamada se tarda menos, se explica más y se entiende mejor, pero preferimos poner emoticonos.

Me he jugado la vida en el coche muchas veces. Íbamos sin cinturón, sin sillita, sin casco, sin rodilleras… Íbamos a pelo, a tope, estábamos muy locos. De todos los viajes que he hecho de pequeño con mis padres, lo más parecido a una protección era el pijama-manta. ¿Sólo me lo ponían a mí o alguno más se acuerda?

Las cosas han cambiado. No sé si a mejor o a peor, pero han cambiado.

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