Yo, el Gremlin

por Fer Población

Aacabo de leer, por aquello de que en internet te encuentras de todo, que hoy hace 31 años que se estrenó la película los Gremlins. ¿No había otra que eran los Critters? ¿Los Critters son los Gremlins de mercadillo? Bueno, pues eso, que hoy hace 31 años que se estrenó esa peli. No la he visto. Como muchas películas que se suponen que todos tenemos que ver, pues yo no. Me da pereza la verdad. Y sí he visto la segunda parte, y si me preguntáis que por qué la segunda parte sí y la primera no… Pues es sencillo, porque la segunda fuimos el grupo de amigos cuando teníamos unos 14 años al cine. Con 14 años no puedes excluirte de esos planes o puedes quedarte fuera del grupo. Quedarse fuera del grupo en verano supone terminar más de un día dando paseos sólo por la playa y que las madres te vean como un “chico especial”.

Pues eso, que fui al vine a ver la segunda parte. Y me llamaron la atención las normal para cuidar del bichito. Bueno, lo primero que me llamó la atención es ése enorme problema que tienen los padres americanos con los regalos. En serio, no es tan complicado. Todos tienen que salir en el último segundo a por algo y acaban en gasolineras, Seven Eleven´s (versión yanki de las tiendas de los chinos) o similares comprando lo primero que pillan al módico precio de 9,99 (dólares, claro). Aquí, de toda la vida, ha habido dos recursos para despistados. A saber: el sobre con dinero y el “dime qué quieres”. Y punto, nada de regalar mascotas compradas con nocturnidad que pueden acabar con la raza humana.

Porque el regalito tenía tela. Como las madres que ven al pequeñín jugando con algo caro y empiezan… Lo vas a romper… Lo vas a romper… Lo vas a romper… ¡Hala ya lo has roto! Señora le han sobrado tres lo vas a romper, pero claro es más sencillo criticar desde el sofá y por eso en España, en general, cada vez tenemos el culo más gordo y las piernas más débiles. Pues lo mismo con la mascotita, tenía menos peligro haber nombrado a Pocholo en sus buenos tiempos ministro de defensa.

El caso es que viendo esas tres normas básicas de cuidado, esos tres mandamientos (que diez eran muchos), pues oye que me siento algo identificado. Porque el primero era nada de Sol. Lo comparto, vaya que si lo comparto, Sol malo. Primero porque siempre he sido más nocturno que diurno, lo sabéis. Vale, últimamente me van gustando más los planes de día, pero eso es fruto de mi avanzada edad y de que poco a poco estoy perdiendo la forma. Como los futbolistas, si no estás para Champions, pues tee vas a Qatar. Y el Sol de día pues tampoco es que me siente muy bien. Primero porque por el despeje de mi azotea si me da el sol puedo parecer una cerilla, e incluso puedo llegar a arder. Aparte porque con lo blanquito que soy el sol no es que me ponga moreno, es que me deja un maravilloso tono rosado tipo cerdita Peggy que se transforma en hombre lagarto a los dos días al perder la piel. Vamos que Sol no.

Segunda norma: Nada de agua. Bueno, vamos a ver. Esto con matices eh, que yo soy muy limpito. Es más recuerdo un tiempo en unos torneos de debate que un profesor se me acercó y me dijo que creía que tenía un trastorno con el tema de las duchas porque me duchaba cinco veces al día. Lo hacía, sí, pero es que era el único rato en el que me dejaban en paz. Pero beber agua… Es una pena. Si el hombre desde el principio de los tiempos se ha empeñado en fabricar otras bebidas. Años de trabajo, de sacrificio, de ardua investigación, de sudor… ¿les vamos a hacer ese feo? No, hombre no. El agua es para ducharse, o bañarse, para lo demás tenemos de todo… Desde alguna rarita que come con manzanilla (infusión), hasta los que no paran de brindar con vodka (Gaumaryos), pasando por las clásicas cervecitas o vino.

Tercera pero no menas importante: no dar de comer después de las doce. Esa norma siempre me ha sonado a los camareros bordes de las cafeterías. Pero de España eh, que en España parece que nos gusta que nos maltraten en los bares, vamos que les llamamos jefe a los camareros simplemente porque mandan ellos y nos jodemos. Esa mítica frase de “es que acabo de apagar la plancha”, pues eso, enciéndela otra vez que fijo que aún está caliente. No, no se puede. Y a Gizmo le pasa igual, si le das de comer después de las doce se pilla tal cabreo que brota, que le dan los cuatro malos, que saca su mal interior. Vamos como el camarero.

Y yo, en mi caso, no es que saque mi lado maligno a las doce, es que si a las doce estoy por ahí es que ya lo he sacado, me he aliado con el indio Cacique y lo máximo que puedo llegar es a cenar en vaso (y no hablo de gazpacho).

Algo de Gremlin sí que tengo…

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