Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: julio, 2015

Cerrado por vacaciones

Señoras y señores, niños y niñas, mascotas y plantas… Me es grato comunicarles que desde hoy hasta la última semana de agosto me encuentro en periodo vacacional. Mi cuerpo me pido apagar el despertador, olvidarme qué día de la semana es, salir a rienda suelta los martes (o miércoles), vamos lo que es la vida contemplativa.

Nos vemos a la vuelta. Sed buenos (o malos), echadme de menos y pasadlo muy bien.

Besos

Fer

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Cantando, me paso el día cantando

No lo puedo evitar… Mi mente salta de canción en canción. Oigo una frase, una palabra y ya se me mete una canción en la cabeza. Y no sale eh, voy andando, o estoy en la oficina, o en mi casa, tarareando la cancioncita. Tarareando si hay suerte, sino me puede dar por cantar tan tranquilo. Es curioso, muchas veces pensamos que porque nadie nos ve, nadie nos oye. Y no es así. Yo puedo ir en el bus todo feliz cantando, dando un concierto entregado, y de repente darme cuenta de que mi público me mira con una mezcla de sorpresa, descojone y lástima. Y lo notas, y te pones rojo, pero la canción no se va. La sigues cantando, mentalmente vale, pero la sigues cantando.

Y no tiene que ser una gran canción, de hecho suelen ser las canciones más absurdas, las más sencillas, las de los dibujos animados, o los anuncios o algo así… Las que suelen colarse por una rendija y hacer acto de presencia. Sin que nos enteremos. De repente alguien, no tú, alguien, te mira y te dice… ¿Qué haces cantando la abeja Maya? Pues no sé, me ha dado por ahí.

Lo más divertido es cuando contagias tu locura, cuando ves que alguien tiene la misma tara mental que tú, que la enfermedad mental compartida se disfruta más. Y lo mejor es cuando tú, con tu canción entre dientes, miras hacia el lado y ves que alguien te sigue. Os sonreís e incluso muchas veces lo mejor que puedes hacer es encogerte de hombros. Sí, estamos fatal de la cabeza ¿qué le vamos a hacer?

A veces te pasa con desconocidos, a veces con conocidos. Lo segundo es mejor, porque creas precedente y si ves que estás dando un concierto tiendes a mirar a ver si la otra persona se sube al carro. Y suele hacerlo, y te ríes, y tienes esos tres segundos de felicidad que tanto me gustan. Yo tengo esa suerte, tengo una gran cantante a mi izquierda. Estamos fatal, pero ¿qué le vamos a hacer?

Siempre pensé

Que las llamadas perdidas eran gritos de socorro. Que las medias sonrisas eran icebergs en la cara que enseñaban sólo la superficie de lo que había. Que los abrazos eran demasiado escasos, demasiado cortos. Que lo que nos morimos de ganas por decir suele morir con nosotros. Que una voz más alta no es más profunda, sino que suele ser más aguda, más incómoda, más hiriente.

Pensé que las personas pensamos demasiado. Que hablarnos debería ser como respirar, algo fluido y espontáneo. He pasado muchos años convencido de lo que puedes hacer tú a de lo que puedo hacer yo. Y te lo he dicho. te he contado lo que veo, lo que enseñas y lo que se entrevé. No me cuesta decirlo, no me cuesta pensarlo.

He animado a grandes personas a encarar varios problemas, ha plantar cara al mundo y salirse con la suya. Muchos, demasiados, tenéis en la cabeza que sois soldados, cuando vuestro rango está disparado y os sobran estrellas para dirigirnos en la batalla del día a día.

He creído en los Reyes Magos, en las hadas madrinas, en el ratoncito Pérez… He incluso he añadido recientemente al repertorio un tronco que caga regalos, cosas de los catalanes. Pero lo importante es que he creído. Sabiendo que es imposible, pensando en lo que van a pensar y mirando al de al lado para estar a su lado. Porque también he creído en él.

He sabido saber que sabiéndolo todo no sabemos qué hacer. Y es de sabios dudar, pero más de sabios es dar, que el que da es el que siembra, aunque sean vientos para recoger tempestades. Guarda, que el que guarda siempre tiene.

Pasarse de la raya

Tendemos a ponernos rayas, a ponernos fronteras, a trazar una línea imaginaria a partir de la cual las cosas están bien o no. Con un 5 aprobamos, con determinada altura puedes montarte en las atracciones de la feria, a partir de una edad, vamos los 18, puedes beber (aunque esto es España y somos algo precoces en ese sentido).

Yo tengo mi teoría, que no quiere decir que sea la buena, pero sí es la mía. Hay varios momentos claves en la vida. Primero es cumplir los 18, vamos tener la mayoría de edad. Creo que a todos, todos, nos han hecho la típica broma de “cuidado que ya puedes ir a la cárcel”. Es tan típica como cuando el 31 de diciembre tomas algo con los amigos para quedar para veros después de las uvas y alguien dice “hasta el año que viene”. Pero es verdad, es verdad que de repente se supone que eres un hombre (o una mujer) y en el fondo sigues viendo dibujos animados, comiendo chuches y poniéndote colorado cuando hablas con chicas (yo aún lo hago, pero ése es otro tema).

Es cierto que en seguida llegan los 20, que es pasar de cifra, pero como los 18 han estado cerca quedan un poco light. Pero los 30, ay los 30. Porque a los 30 se supone que eres alguien de provecho, que tienes tu vida encauzada, que eres todo un adulto, alguien que se visto por los pies… O no. Y vas viendo llegar la frontera de los 30. Te vas mirando en el espejo de lo socialmente correcto y sientes que alguien que no encaja, que puedes ser tú. Porque desde los 18 hasta los 30 pasan como los recreos en el cole, demasiado rápido. Has hecho mil planes que has ido aparcando. Los 30 llegan para algunos, como el día del exámen para un mal estudiante. Y te tienes que aguantar.

Y dicen que los 30 son los nuevos 20. Ja. Las resacas te duran más, los fines de semana no empiezan los jueves, no puedes escaparte del trabajo para ir a jugar al mus a la cafetería (al menos no todos) y esas marcas que te van saliendo en la cara se llaman arrugas.

Y a pesar de eso… Yo, que tengo amplia experiencia en el tema, que estoy ya más cerca de los 40 que de los 30, os digo que merecen la pena. Que es verdad que no he llegado ni tengo lo que me planteé a los 18, pero tengo otras cosas. Yo, que juré que jamás saldría de Salamanca, he acabado en Madrid pasando por Chile. Que me quiten lo bailado. Y es verdad que la vida no es un camino recto, pero a la vuelta de cada esquina hay mil sorpresas que hay que vivir sí o sí.

Y me sé de una que se ha pasado de la raya, que se ha cambiado al 3, que ya no es una veinteañera y que tiene muchas esperanzas depositadas tanto en el día de hoy (que espero se cumplan) como en los días que siguen. Y aunque ella se empeña en tener el no siempre en la boca, pero siempre, yo sé que sí que puede y que sí lo va a conseguir… Felicidades.

Al pan, pan

Este fin de semana me he subido… Por cierto ¿os habéis dado cuenta de que para lo que algunos decimos subir otros dicen bajar? Me explico, por ejemplo yo en unos días me subiré a Santander de vacacione. Que sé que está mal dicho, porque realmente lo que estoy haciendo es bajar desde la meseta hasta el nivel del maro. ¿Mi criterio? Pues que en el mapa de España Santander queda más arriba que Madrid. Pues eso, que yo suele decir que subo a Villanueva de la Cañada y mis amigos siempre me preguntan que a ver cuándo bajo a Villanueva.

Bueno, pues como decía este fin de semana me he subido a Villanueva y el domingo, cuando ya me bajaba a Madrid (y no voy a volver a lo mismo, que entramos en bucle), el bus paró a eso de las siete en el Aquópolis. Madre mía, había más gente que en la guerra, parecía que regalaban oro por ir ahí. Lo estamos dando, lo estamos regalando, le toca la chochona, le toca el payasete. El caso es que te la marea de gente que entraron en el bus, que no pudieron entrar todos los que había (qué faena ver el bus pasar y quedarte en tierra), me tocó al rededor un grupo de niños de 20 años (la frase joder colega que ya tenemos 20 tacos a mí me hace gracia). Aparte de tener que gruñirles un poco por mis pocas ganas de oír reggaeton de móvil durante una hora, me di cuenta de algo.

Hace años, en todo grupo, clase, pandilla… Siempre había tres personajes, era como aquello de que para considerar a una ciudad como tal tiene que tener un restaurate chino, un italiano y una taberna irlandesa, eso es así y punto. Pues bien para que una pandilla fuera pandilla tenía alguien tenía que ser el chino, alguien el moro y alguien el negro.

Lo que pasa es que nuestros chinos, negros y moros eran falsos, cutres, de mercadillo. Nuestros personajes daban más el cante que las zapatillas Kike, las sudaderas Fuma o las gafas Taly Ban. De pequeño a alguno le caía en san benito de tener que llevar el mote y era imposible resistirse.

Pero la cosa ha cambiado. Desde mi punto de vista para bien. Porque ayer también había un negro y una mora (el chino debía de haberse quedado en casa). Y al negro le llamaban negro y a la mora la llamaban mora. Igual que otro era el pelos, otro el paella (entiendo que por los granos) y a otro le llamaban rata. Y el moro llamaba al rata y el rata llamaba al moro. Porque no se trata de las palabras que usemos, si no del sentido que les demos.

La mora contaba cómo había pasado el Ramadán, y me sorprendió. No porque no sepa de qué va el tema, porque lo he leído, lo he visto en las noticias… Pero no lo he vivido. No de ese modo, no en el tú a tú. Pero este grupo sí. A esto lo llamamos globalización y sinceramente que estos chicos, con sus 20 años y sus alardes de jim (que no gym), están haciendo un master en ella, aunque no se den cuenta.

Medios de transporte

Vaya por delante el recordaros algo a algunos, y confesaros algo a otros: no tengo carnet de conducir. Eso es así, no le deis más vueltas, no le busquéis tres pies al gato. No lo tengo y ya está. Por eso precisamente una de mis grandes ventajas es poder venir andando a trabajar (sé que acabo de generar mucha envidia), pero eso parece que es algo que se va a terminar pronto (sé que muchos habréis pensado un “te aguantas”). Por eso de venir andando a trabaja no uso mucho el transporte público en Madrid, quizá es el motivo por el que cuando lo uso me fijo más en las cosas. Muchas veces cuando pasamos muy a menudo por delante de algo, ponemos el modo zombie on y ni nos enteramos de lo que nos rodea. Queremos comer cerebros, pero me temo que a las nueve de la mañana, todos nos hemos olvidado el nuestro en casa. El cerebro suele llegar a eso de las diez, él es así.

A saber los tres grandes medios de transporte en Madrid (públicos) son tres: Metro, autobús y taxi. Empezaré hablando del autobús, simplemente porque me apetece. Es verdad que nunca he usado el bus para moverme dentro de Madrid, pero sí que lo he usado para ir a ver a mis amigos a Villanueva de la Cañada. Hay dos cosas que me sorprenden mucho de algunas personas que suben en el bus. A ver, aviso a usuarios de la línea 627 (la que me afecta, claro) existen unas cosas redonditas con un cable que se llaman auriculares (o cascos). Ese ramalazo de DJ que te ha dado para tener a todo el bus oyendo lo que sale de tu móvil (que según qué móvil podría ser Mozart o Kiko Rivera y se iba a oír igual de mal) mejor te lo guardas para el botellón, que ahí por lo menos, al estar en espacio abierto la gente puede huir.

Lo curioso es que con estos personajes conviven los dormidores profesionales. Los ves cómo suben, se sientan, y a los dos segundos ya están en un placentero sueño. Y da envidia, porque claro así el viaje se les pasa volando, pero a mí me asusta pensar en quedarme dormido y acabar en Cuenca. No sé cómo lo hacen, de verdad, parece que tienen un GPS interior que les va avisando… porque es estar a cien metros de su parada, abrir un ojo y bajarse como si ahí no hubiera pasado nada.

Después tenemos el Metro. Propongo nuevo lema para este servicio, bueno más que un lema una petición, un ruego… Más ducha y menos lucha. Creo que no es necesario explicarlo más. Recordatorio: estamos a 40 grados. El Metro es la manera perfecta de moverte por Madrid sin conocer Madrid. No me refiero a que es sencillo de usar, que también, me refiero a que te meten en una caja de zapatos y vas apretado y sin poder ver lo que te rodea hasta que deciden soltarte. Me recuerda al momento en que las pelis encierran a alguien en el maletero de un coche. Pues eso.

Y ya, rematando, tenemos los taxis. Ahora que hace calor los taxistas se dividen en dos grupos. Los que según entras saludas al pingüino que tienes sentado al lado, y los que te bajan la ventanilla y tienes que asomar la cabeza como un perro por ella para tratar de sobrevivir. Entre animales anda el juego.

Lo dicho que, para mí, ir andando es lo más cómodo, pero no siempre puedo, así que tengo que lanzarme a vivir nuevas aventuras.

Tú a lo tuyo

Hay gente que quiere contarte su película, su historia. Les da igual si te interesa o no, ellos llegan, lo sueltan, y se quedan tan contentos y tan campantes. Es algo que en los últimos días me ha pasado dos veces. Bueno me pasa muchas, pero ha habido dos que me han llamado la atención.

La primera ha sido en un supermercado, se supone que no se deben decir marcas, pero como este blog es mío, pues yo las digo, era un Carrefour Exprés. El caso es que estaba yo ahí tan tranquilo comprando cosas esenciales para la vida moderna (patatas fritas y papel higiénico) y de repente se fue la luz. Bueno, teniendo en cuenta que eran las siete de la tarde en principio podéis pensar que no es un gran problema… Pues sí. Os lo explico en dos palabras: puerta automática. Vamos que sin electricidad pues la puerta no se abría. Y claro la chica de la caja, que estaba bastante apurada, empezó a comentarme que claro, que es que tenían un problema con un congelador que hacía saltar los plomos, y al saltar los plomos se iba la luz en toda la tienda, y ellos ya se lo habían dicho un montón de veces al jefe, pero no les hacía caso, y claro ellos de electricidad no sabían nada, y estaban esperando a que llegara el técnico y…

Son de esos momentos en los que yo tengo algo, pero sólo algo, de lucidez, y pensé ¿cuando venga el técnico cómo va a entrar? Porque claro la puerta si no se abre, no se abre. La chica me miró despacio cuando le lancé mi duda y me respondió: pues es verdad. Y se dedicó a empujar la puerta hasta que se abrió algo más de la mitad y pude salir por ahí. Toda la explicación anterior, sobraba bastante, pero como digo hay veces que la gente se siente en la necesidad de contarte su historia, quieras o no.

El domingo me volvió a pasar algo parecido. Me subí en un taxi (yo me paré un taxi) y el señor taxista, bueno más bien el taxista, le quitamos lo de señor porque era más joven que yo, aunque muchas veces he pensado que la edad no es un buen motivo para considerar o no a alguien un señor. Bueno, el caso, que según entré me empezó a hablar de Juego de Tronos. Lo siento, soy un bicho raro, soy una excepción a la regla, pero no he visto ningún capítulo de esa serie. Ninguno, cero, nada. Y se lo dije, pues nada, él a lo suyo. Que si no sé qué de un enano, que si un bastardo, que si una bruja y unos zombies… Yo con mi cerebro en off iba pensando a ver si llegábamos ya de una vez, que se me estaba haciendo eterno. Era la versión taxi de aquellas clases que el profesor se lanzaba a soltar su rollo y tú te pasabas una hora pensando en los mundos de Yupi.

Lo dicho, que a más de uno me gustaría decir eso de tú a lo tuyo, aunque me temo que no me iban a hacer ningún caso.

Los rumores

Me acuerdo de pequeño cuando jugábamos al teléfono escacharrado. No era de mis juegos favoritos, siempre nos apetecía más eso de jugar al conejo de la suerte, o la botella, o beso, verdad o atrevimiento… Vamos esas cosas que el cóctel de hormonas que llevas a eso de los 14 años llevas encima y que de alguna manera tienes que sacar. Muchas veces era la forma de poder acercarte a esa chica que realmente te gustaba, pero que sabía que no te iba a hacer ningún caso.

Porque la vida de un niño de 14 años en esa época era muy dura. Más en lo que a chicas se refería, porque ahora es sencillo con facebook, whatsapp… Pero antes no, antes si querías hablar con la chica es cuestión no tenías más remedio que echarle narices (por no decir pelotas), lanzarte a los medios y tratar de hablar con ella.

Y el teléfono escacharrado sigue presente en nuestras vidas, muy presente. Lo vemos a diario con los rumores, las leyendas urbanas. Todos tenemos un amigo que conoce a alguien que nos ha contado algo. Y eso es así, es prueba irrefutable de que es cierto. Las leyendas urbanas son las que han llegado más lejos, pero los cotilleos diarios no desmerecen en absoluto.

De siempre se ha dicho que lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien, pues en este santo país no hay nadie que se prive de lanzar su punto de vista, aunque la conversación vaya sobre astrofísica y la persona en cuestión sea peluquera canina. El caso es hablar.

Los seis sentidos

Seguro que a muchos os han dicho en el trabajo eso de “pon los cinco sentidos”. Bueno si no os lo han dicho igual se lo habéis oído a alguien, o vosotros mismos sois los que lo habéis dicho… el caso es que conocéis la expresión. Cuando te dicen eso suelen querer opinar que esperan que des tu mejor opción, que des lo mejor de ti, que hagas un gran trabajo, que estés muy atento. Pues se equivocan, bueno más que equivocarse yo creo que se quedan cortos. Porque mi mejor versión, mi mejor trabajo, como la tuya, necesita de algo más que de cinco sentidos. Necesita seis. Porque para dar el máximo necesitamos el sentido del humor.

Muchas veces se olvida, se deja de lado, pero ese sentido es fundamental. Vamos, yo diría que más que el sexto debería ser el primero. Porque el sentido del humor te predispone a trabajar, te hace estar a gusto y centrado, tener ganas de empezar lo que tienes en frente, te hace pensar que puedes hacerlo y que quieres hacerlo y ya sabes que muchos dicen que querer es poder (expresión con la que estoy casi de acuerdo).

Ese mismo sentido del humor te hace más ágil y más listo. Que tengas la mente más despierta, que seas capaz de relacionar temas rápidamente y puedas ver en profundidad lo que otros sólo tocan en su superficie. Buceas en los datos, en la información y la agrupas y construyes a partir de ella, porque estás acostumbrado, porque lo haces a diario.

Además con tu sentido del humor consigues fomentar el de los que te rodean. Y eso suma, claro que suma. Suma porque la gente tiende a acercarse a aquellos que les hacen sentir bien. Por tanto es más fácil que quieran ayudar, porque sin duda pueden. Todo el mundo siempre tiene algo que aportar, aunque sea poco, pero granito a granito se hace las playas más grandes.

Y yo, con mis mil defectos, creo que de sentido del humor voy bien. Me río de ti, me río contigo y, por supuesto, me río de mí. No siempre pongo mis seis sentidos en las cosas que hago, pero el del humor va conmigo 24 horas al día 7 días a la semana.

Reencuentros

¿Os gusta cuando de repente alguien del que hace mucho tiempo que no sabéis nada os llama? A mí sí. Bueno, creo que en el fondo eso nos gusta a todos. Nos hace ilusión pensar que alguien ha dedicado un minutos, o diez segundo a pensar en nosotros. En nosotros eh, no en nuestras madres. Y quien dice que te llama puede decir, te escribe un mail, un whatsapp, o te manda una nota de voz. Por cierto ¿os dais cuenta de que todo vuelve? Hablar a base de notas de voz es la versión 2.0 de los walkie talkies que todos de pequeños pensamos que eran la mejor idea del mundo cuando nos los regalaban por nuestra primera comunión, pero que nunca jamás sirvieron para nada. Hay gente que es igual, te hace ilusión que te llamen, aunque luego no te aportan nada.

Pero hay más reencuentros. Claro que los hay. Ahora mismo yo acabo de tener uno. Con una canción, una canción de esas que eran mis “prefes”, que podía oír una y otra vez, no me cansaba, y de repente un día, simplemente porque sí, se me olvidó. Con algunas personas pasa lo mismo, de repente un día, porque sí, desaparecen.

Reencontrarse con una canción te hace acordarte de otra época, de otro tú, o de otro yo. Porque las personas cambiamos, que nadie te diga lo contrario, aunque sólo sea a base de sumar vivencia, lucir cicatrices o esconder señales de guerra.

También puedes reencontrarte con olores. Aún recuerdo el olor de la primera chica que de verdad me gustó, no puedo decir que fuera mi novia, no lo fue. Quise que lo fuera, pero ella no, cosas que pasan, qué le vamos a hacer… Siempre que me cruzo con alguien que lleva esa colonia (o perfume, no sé) no puedo evitar recordarla.

Los sabores están en esta lista también, pero el olor llega antes, el sabor es el segundo plato, y esperemos que el segundo plato de hoy sepa bien, que tengo antojo pendiente de ayer lunes que estaba cerrado. Los gamberros son así, cierran los lunes.

Aunque sin duda, lo más mejor, lo que más mola, lo que marca tendencia y crea escuela, es reencontrarse con uno mismo.