Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: julio, 2015

Tonto, pero obediente

Hoy me he dado cuenta de hasta qué punto soy obediente, o hasta qué punto soy tonto, o las dos cosas. Hoy a eso de las cuatro de la mañana, cuando me he despertado para mi habitual parada en boxes (lo que viene a ser baño y agua), me he dado cuenta de que estaba empapado en sudor. Que vale, que es normal por el caloret (je je je) que hace estos días, pero normalmente no sudo tanto.

Ya sabéis que me encantan los enigmas tontos, así que me he puesto a pensar. Llegué a casa y puse el aire, a 23 grados, a lo Beckam, a lo Jordan, como los buenos. Me puse a cenar en lo que se enfriaba la casa. Nada agresivo eh, no os penséis mal, no me lancé a la panceta, a la hamburguesa… no no, me limité a un yogur, un yogur griego. El yogur me miró muy serio y me gritó ¡no! y yo, por más que intentaba explicarle que tenía que abrirse y darme lo que yo había pagado, él se cerraba en banda. Incluso vi la sombra de una coleta que me miraba desafiante desde detrás del sofá. La verdad es que me dio algo de miedo, que vivo sólo y soy algo cagón. Vamos que cuando me metí a dormir cerré mi cuarto con pestillo, por si acaso.

Bueno, pues eso que la casa ya estaba fresquita, vi un rato la tele. De esas cosas que me gustan a mí, de las de no pensar, de las que si me quedo dormido, o me pongo a jugar con el móvil, no pasa nada. Que lo mismo mezclo Masterchef con El Hormiguero, La que se Avecina con una películo o el telediario con los Lunis. Me da igual, no me importa.

Siguiente paso: Me puse mi pijama (lo que viene a ser ninguno) y me metí en la cama. Con la radio, por supuesto. La sintonía de El Partido de las Doce tiene en mí un efecto mucho mayor que el “duérmete niño” e incluso que Rajoy contando chistes (este punto viene sacado de mi amplia imaginación, no he podido observar ese fenómeno).

Pues parece que todo ha sido normal, o bueno, al menos todo ha sido como siempre. Entonces… ¿por qué he sudado tanto?

Nota para el lector (vamos, para ti): Todo este razonamiento se produjo mientras yo estaba sentado en la cama y hablaba en voz alta con Eurastio (lo sé, estoy así de mal).

Y por fin, tras minutos de silencio, de darle vueltas, de pensar en los matices… por fin lo vi. Ahí estaba, había estado delante de mis ojos. Muchas veces nos pasa eso, tenemos la solución delante de nuestras narices y no nos damos cuenta. También nos pasa con las personas, que muchas veces damos poco valor a los que están (y siempre han estado) muy cerca nuestro.

Pues eso, que lo vi. Ahí estaba el edredón. A 35 grados por la noche y yo sigo durmiendo con el edredón. Mi asistenta no lo ha quitado y yo, que soy obediente, sigo durmiendo con él. Tonto, pero obediente.

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Días que no son normales

¿Nunca os ha pasado que os levantáis un día y notáis que las cosas no son como siempre? A mí sí, a mí me ha pasado hoy. Y no es que haya grandes cambios, no es que estés de vacaciones, o sea un día festivo, o tengas que viajar a algún lado por trabajo. No, porque eso tendría un motivo, tendría una razón para el cambio. Hablo más bien de muchos cambios pequeños que consiguen que, sumando todos, sea un cambio grande. Yo siempre he sido muy fan de las cosas pequeñas. Quizá porque yo mismo soy pequeño.

Porque hoy se ha ido poniendo rebelde desde primera hora de la mañana, vamos lo que para otros es última hora de la noche. Hoy me ha dado por pensar que los días son como una cama caliente, cuando unos nos lanzamos (o arrastramos, según el caso) a por ellos, otros se retiran a ponerse en stand by.

El caso es que hoy no me ha despertado la persiana del bar de abajo, no he escuchado las obras del piso de al lado, no me he cruzado con ninguna de esas caras conocidas con las que comparto unos segundos al día de lunes a viernes, no he venido escuchando la radio con el programa deportivo que dormí ayer. No ha habido nada de eso hoy.

Y vas pasando las horas sospechando del día de hoy, que encima es lunes y no es mi día preferido, bueno, ni el mío ni el de casi nadie. La oficina está en calma tensa o guerra fría. Hay pequeños indicios de guerras pendientes y caballos de batalla que, sin duda, cojean.

No me fío, lo siento, pero no me fío de este día.

El zapato izquierdo

Esta mañana me he dado cuenta de que siempre me pongo primero el zapato izquierdo. Y me ha dado por pensar… ¿seré yo el único que se pone primero el zapato izquierdo? Quizá es que el mundo se reparte entre los que se ponen primero el zapato izquierdo y los que se ponen primero el derecho. No sé, me da a mí que eso de la izquierda y la derecha nos marca más de lo que pensamos. Porque yo, que tiendo a derecha, como creo que ya sabéis, doy el primer paso con la izquierda, o bueno, al menos es el primer zapato que me pongo, que a lo mejor no tiene nada que ver.

Hay muchas cosas que hacemos sin darnos cuenta, o que no nos damos cuenta que hacemos. Son tics, manías, aquellas cosas que nos definen precisamente porque no las controlamos. Y eso está bien, que vamos tan estirados últimamente que parece que nos han metido un palo por el culo.

Me pongo primero el zapato izquierdo, cierro con llave la puerta, hago siempre la misma ruta al venir a la oficina viendo a la misma gente y sonriendo a los mismos. Suelen devolverme la sonrisa, o eso quiero pensar yo y como así soy más feliz pues lo sigo pensando. Hala.

Me gusta poner el grifo hacia la derecha, uso el sofá más alejado de la tele, como en la mesa baja, me gustan las camisas de manga larga, me afeito antes de ducharme, me pongo colonia en el cuello y detrás de las orejas, duermo escuchando la radio… Manías, lo sé, pero son las mías. Son parte de mí y vienen conmigo.

Quizá una de mis peores manías es plantearme estas cosas. Porque sí, he tenido que estar un rato pensando para darme cuenta de que es siempre el zapato izquierdo el que me pongo primero. Y no, no es algo que me aporte nada, ni que me haga mejor persona, o más listo, o más guapo. Es sólo un detalle pequeño, simple, nimio, como muchas de estas cosas que pienso, y a pesar de ello digo.

La sonrisa hipotecada

Hace tiempo que invertí mi sonrisa a plazo fijo. Busqué las opciones que más me convencían y lancé un órdago al mercado pensando en el éxito seguro y en, más adelante, recoger mis beneficios. Pero el mercado, la prima de riesgo, o vaya usted a saber qué, me dejaron en bancarrota y sin más activo que yo mismo y pocas ganas de reconstruir (me).

Porque la vida es así, confías, apuestas, inviertes tiempo, ilusión y ganas y no siempre vas a recibir nada a cambio. En el mundo de la inversión vital los valores fluctúan más que en bolsa y suben y bajan como una montaña rusa pilotada por Fernando Alonso. Bueno, mejor Fernando Alonso no, por razones evidentes.

Yo he hecho muchas apuestas, en muchas personas, en muchos proyectos, en muchos momentos de mi vida. He apostado a camas, que la vida ya me ha llevado por once. He apostado a echar raíces y me he mutado en planta rodante. Las apuestas son eso, apuestas. Con su factor de riesgo disparado que nos acerca más a la ruleta rusa, que es como la montaña, pero con final más drástico. Más espectacular también.

Quizá he apostado poco por mí, quizá he debido hacerlo más, quizá es el momento adecuado para hacerlo, quizá deba pensar en recoger mis fondos y replantear mis operaciones. Escasa liquidez para tantas ganas de comprar, pocos activos para sueños tan altos.

Puede que dé un giro de tuerca y lance un brindis al sol, porque, como alguien mucho más listo que yo (como casi todos) me dijo ayer: si alguien piensa en irse, es que ya se ha ido.