Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: agosto, 2015

Tururú

Ya no se dice, y lo echo de menos. Porque siempre me ha hecho gracia. Porque me parece que decirle tururú a alguien con una sonrisa tiene mucho más arte que mandar a tomar por culo. Y es más efectivo, y a la persona la dejas con un palmo de narices porque no te pones a su nivel. Ya sabéis aquello de nunca discutas con un idiota porque te llevará a su terreno y te ganará por experiencia.

Yo quiero recuperar el tururú, lo pido desde aquí. Y hay muchas opciones, muchas personas, muchos momentos en los que el tururú viene que ni pintado. Es un arma increíble, una forma genial de quedar en todo lo alto. Para muestra, un botón:

A tu ex que quiere volver… tururú

A tu jefe que quiere hacerte currar el fin de semana… tururú

A tu amigo el tacaño que te pide dinero… tururú

Al que se quiere colar comprando en el súper… tururú

A lo que te miran por encima del hombro… tururú

A los que quieren robar comida de tu plato… tururú

Tururú, pero así, de cara, de cara dura. De verdad os propongo a todos que hoy se lo digáis a alguien. En serio, si alguien lo hace y no se queda más a gusto que en brazos, yo le invito a una caña. Prometido.

La caja de zombies

Las mañanas han cambiado. Al menos las mías. Y vaya si han cambiado. El proceso desde que suena el móvil ejerciendo de despertador (¿alguien sigue usando un despertador de verdad?), hasta que salgo de casa sigue siendo el mismo. Pero desde ahí ya las cosas son muy diferentes. Porque antes tenía mi paseo de veinte minutos hasta la oficina. Podía ir mirando, pensando, despertándome poco a poco. Me gustaba estar en mis nubes, ir viendo lo que me rodeaba y hacer, a mi manera, una transición suave de dormido a despierto.

Pues ya no, ya no es así. Ahora salgo a pisar por los pelos la calle, para meterme en un agujero. En una caja de zombies que se mueven con los ojos entrecerrados a la voz neutra de un líder femenino que marca las paradas al estilo que antaño se marcaba el ritmo en las galeras. El metro, ese lugar donde coincidimos, pero jamás convivimos.

Porque en el metro hay de todo, como en botica. Hay varios tipos de personas que a mí me llaman mucho la atención y yo, que soy así de generoso, pues os las cuento.

Siempre me ha llamado la atención la gente que va dormida en el metro. Deben tener un don, porque yo estoy seguro que si me quedo dormido me paso la parada fijo. Pero se les ve tan a gusto, tan cómodos… dan ganas de echarles una mantita por encima y desearles buenas noches, o buen viaje, o ambas. Es verdad que antes los que tenían este don solían ser sudamericanos, pero poco a poco los españoles estamos aprendiendo esta técnica. Oye, que está muy bien eso de aprender lo bueno de los que vienen de fuera. Que una “niña bien” sin comer sushi se queda algo coja.

Además hay otro especímen que me llama la atención. Vale que no se pueden ver en todos los metros, que dependen mucho del entorno. Me refiero a aquellos hombres o mujeres que se dedican a pasearse por los vagones del metro. Los ves cómo van caminan en una u otra dirección hacia un final que no entiendes. Porque no lo entiendes. ¿Acaso dan un premio a los primeros en caminar un metro de cabo a rabo? Tiendo a pensar que son runners que son incapaces de estarse quietos (cómo odian los runners a los sofers, vamos los que somos amantes del sofá). Puede ser que estas nuevas aplicaciones para el móvil les chillen… oye, que me debes dos mil pasos hoy, y claro, ellos, que no pueden llevarle la contraria a un móvil, pues a andar se ha dicho.

Capítulo aparte son los que entran a tocar algo de música. En la mayoría de los casos son personas que entran a asesinar algo de música. Y claro, a primera hora de la mañana, pues no apetece. Y encima tienes en frente esa persona que duerme tan plácidamente y te sale el instinto maternal y les espetas airado… ssssssh que me despierta al niño.

Los que más gracia me hablan son los que bailan o cantan sin sonido. Que van tan metidos en su música, en su flow, su swing y su respect, que se olvidan que tienen gente alrededor. Ole por ellos, se molan tanto que no hay quien les tosa.

En fin, que prefería ir andando a trabajar, pero ya que tengo que ir en metro… ¿alguien sabe dónde dan clases de siesta en vagón?

Vuelta y revuelta

Pues sí, ya estamos aquí, ya hemos vuelto, ya he vuelto a poner el culo en la silla. Pero no es la misma silla, ni la misma oficina, aunque sí la misma empresa. Debo decir que el primer cambio reseñable es haber dejado atrás el color pistacho. tantos años (cinco) de pistachismo. Tantas horas de cara a la pared con el color clavado en la retina. Mi vida no era gris, ni rosa, simplemente era pistacho.

¿Los paseos matutinos a la oficina? Pues se acabaron, porque una de las cosas en las que más he perdido es en el tema de que ya no puedo venir andando a la oficina. Ya no. Ya soy un usuario más del Metro de Madrid. Uno de tantos zombis que vamos cual rebaño sin pastor por las mañanas. Sin mirarnos, ni escucharnos, ni vernos. Diría sin tocarnos, pero algunos se pasan con el tema del roce. En el Metro el roce no hace el cariño. O eso o que yo soy un rancio, pero la verdad es que a mí que me toque quien yo quiero. Y a ella también. No es no, eso que quede muy claro.

Porque desde que vamos al cole, o más bien desde que fuimos al cole, los años no empiezan en enero. Los años realmente empiezan en septiembre. Ahí es cuando organizas lo que te viene por delante. Cuando miras al futuro y sacas pecho o escondes la cabeza, eso depende de quién.

Yo, por mi parte, tengo muchas ganas de ganar y esperanzas de que lo mejor está por venir. El tiempo da y quita razones, lo que tengo claro es que, como siempre, os iré contando.