Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: noviembre, 2015

Derecho al horterismo ocasional

Ayer iba yo andando por la calle tranquilamente de camino a mi casa. Vale, seamos sinceros, iba encogido como un periódico de hace un mes porque mi cerebro de mosquito había elegido el abrigo más fino y nada de bufanda. Y claro, a finales de noviembre hace frío, y sí, hasta hace nada estábamos en manga corta por la calle, pero eso ya ha cambiado, eso no era lo normal, lo normal es que a finales de noviembre haga frío.

Pues eso, que iba yo por la calle y pasé por delante de una tienda de decoración y me fijé en el escaparate. No es que sea yo muy fan de las tiendas de decoración, tampoco es que fuera buscando algo especial, lo que soy es curioso así que me suelo fijar en las cosas. Y me sorprendí y me enfadé al mismo tiempo. Porque ya había puestos los adornos de la Navidad y todo era blanco, tonos tierra, suaves… ¿Pero qué narices nos pasa? ¿Dónde han metido el rojo chillón?

Las navidades es la época en la que podemos ser horteras y no pasa nada. Nos ponemos gorros de Papá Noel, diademas con cuernos, jerseis con renos, corbatas con luces… ¡Y a la gente no sólo no le molesta, si no que lo celebra!

Pues nada, vienen estos señores y deciden que nos van a quitar esa diversión… ¡No me da la gana! Las navidades es esa época en la que dejamos nuestra casa hecha un payaso. Las navidades para las casas son el carnaval de la decoración, es la fiesta del orgullo gay con colorines, luces de colores, espumillón… Lo siento, pero no pienso renunciar a mi derecho a ser hortera durante dos semanas al año.

Las casas, las pobres casas, ahora van desnudas, todas paliduchas con tonos neutros, con muebles repetidos de nombres dificilísimos y estancias semi vacías. Las casas también tienen derecho a darse un alegrón, vamos, digo yo.

Piquetes informativos

Esta mañana al llegar a la oficina me han comentado que mañana hay huelga de Metro en Madrid. Vamos que mañana estaremos todos más juntitos, con más amor, con más roce… dicen que el roce hace el cariño, pues yo debo ser más raro que un perro verde (eso me lo dijeron cuando tenía 14 años y creo que no me he mejorado, aunque no sé si me duele más lo de perro o lo de verde. Quizá lo de verde, porque a fin de cuentas el perro es el mejor amigo del hombre) porque cuando me siento como como una loncha de queso en un sandwich (no digo fundido y cremoso, si no bien apretado) me suelo poner de mal humor.

Que no soy yo mucho de tocamientos, me gustan más las personas que son capaces de tocarme el alma (comentario cursi de la mañana). En fin, el caso que al pensar en la huelga de mañana, me ha venido a la cabeza uno de mis miedos de cuando era pequeño, porque los que somos más raros que un perro verde (recuerdo que eso me lo dijo una niña que se llamaba Sandra en un campamento en Irlanda ¿qué habrá sido de ella?) tenemos miedos para dar y tomar. Hasta me daba miedo miedo pedir un vaso de agua en un bar (también se puede llamar vergüenza), pero eso es otra historia.

Pues eso que cuando era pequeño siempre que había huelga, pero siempre, mi madre me mandaba al colegio. Debo decir que era un día que no me importaba ir, porque al final en clase éramos cuatro gatos y nos pasábamos la mañana haciendo nada. Era como un recreo, pero en sala VIP. Aunque sí que había algo que me preocupaba, vamos, que me daba miedo: los piquetes informativos.

Porque yo oía hablar de ellos, de que rompían cosas, de que daban miedo… Y yo, que estaba en época de David el Gnomo (aunque nunca he sido siete veces más fuerte que nadie) pues me los imaginaba como los trolls de la serie. Con cachiporra en mano y moco colgando (el moco era esencial). Mientras estaba en el colegio no había problema, que los muros de mi colegio eran dignos de Topas (para los no iniciados en salmantinismo, una prisión), pero cuando bajaba del autobús iba corriendo desde la parada a casa por si venían los malvados piquetes.

En fin… Uno de mis muchos defectos, o de mis muchas tonterías.

No te vayas todavía

A veces somos un poco egoístas, o mucho, depende del momento, de la forma de verlo. Quizá no nos damos cuenta al serlo, quizá pensamos que buscamos lo mejor para la otra persona, cuando en el fondo lo que queremos es aquello que nos cueste menos a nosotros, que nos sea más sencillo de asimilar. Porque no nos engañemos, los cambios cuestan, aunque sean cambios a mejor necesitamos unos días (u horas, puede que meses, depende de cada cuál) para asimilar lo que nos está pasando.

¿Quién no ha dicho u oído la frase de “déjame un rato que tengo que asimilar lo que ha pasado”? Y es verdad. Porque muchas veces, cuando nuestros esquemas se rompen, nos quedamos en jaque sin saber qué ficha mover para defender nuestro rey. En algunas ocasiones, no muchas, al romper estos esquemas que llevamos prefabricados, dejamos que se escape nuestra verdadera forma de ser. Y eso es bueno. Yo no soy quien tú crees, escondo muchas cosas por el miedo a qué dirás o porque ni a mí mismo me gusta lo que llevo. Pero no me regañes, porque tú haces lo mismo conmigo. Somos las sombras de nosotros mismos que bailan a media luz para no verse tan feos.

Y sí, a veces somos egoístas. No queremos que nadie nos deje, que nadie se vaya. Y más cuando es un alguien con mayúsculas, una persona con todas las letras, que las personas son las que forman el mundo, pero no todos los hombres son personas. Siempre he sido de decir hasta luego, pero ahora me ha tocado decir adiós, y no me gusta, y me enfado, y pataleo, y me lanzo a la noche como la sombra que ya he dicho que soy como mi peor enemigo y la mala influencia que soy para conmigo. Porque soy egoísta, porque no quería decir adiós a pesar de que sabía que el final es la mejor opción para el que no soy yo.

Porque seguimos pensado, igual que cuando éramos niños, que los monstruos no pueden colarse debajo de nuestars sábanas, y nos tapamos con ellas tratando de no escuchar, no oír, no sentir… Ni siquiera estar. Pero el mundo sigue dando pasos ahí afuera y se cuela por las rendijas de la persiana para recordarte que tu egoísmo y tú os teneis que mirar al espejo, aunque sólo sea para lavarte los dientes.