Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: diciembre, 2015

Dos tipos de personas

Para mí sólo hay dos tipos de personas. No hay más. Y no hablo de blancos o negros (que dejaríamos fuera asiáticos y árabes), no hablo de hombres o mujeres, de fans de los perros o de los gatos (gatos caca Candy Candy), no me refiero a si son del Madrid o del Barcelona… Para mí, insisto, sólo hay dos tipos de personas: los que sujetan la puerta de las estaciones de Metro y los que no.

Y ya está. No hay más. Porque de verdad que eso dice mucho de alguien. Últimamente me dedico a apostar conmigo mismo. Según me acerco a la puerta del Metro y veo que llevo alguien delante voy pensando si será de los que sujetan la puerta o no. Debo decir que no soy capaz de encontrar el perfil de aquellos que la abren o no. Que un señor mayor bien vestido me ha dado con la puerta en las narices y un perroflauta (si un perrolobo es un cruce de perro y lobo… Entonces ¿un perroflauta? En fin cosas mías) ha esperado pacientemente para que yo pasara. Que hay de todo en la viña del señor (uy, creo que me ha poseído mi alabaré interior).

Son tonterías, pequeños gestos, detalles de educación que se están perdiendo y que, la verdad, me da pena que destaquen cuando aparecen y que no sean simplemente lo habitual. Y no, no me refiero a los detalles algo rancios de educación para las mujeres. Esas cosas de abrirles la puerta, pagar la cuenta, ceder el abrigo… Que el que los haga me parece bien, aunque yo creo que se trata de algo de sexismo. Porque a mí, pero ya sabéis que yo no ando muy bien de la cabeza, me gusta invitar a un amigo a comer, si tiene frío le presto mi abrigo y lo de la puerta… Bueno, eso ya me parece pasarse.

Pues eso, que hay dos tipos de personas. Las buenas personas, y las que no sujetan la puerta del Metro. Y dentro de nosotros, las buenas personas que sujetamos la puerta del Metro (insisto por si no ha quedado claro), hay algo que, al menos a mí, me indigna, cabrea, molesta…

Te he sujetado la puerta ¿no? Y no soy tu mayordomo ¿no? Pues da las gracias. Es sencillo, es sólo una palabra, no cuesta dinero, no duele, no te quitan puntos del carnet ni te van a meter en la cárcel por eso. Y ya, si de paso sonríes, ya lo bordas eh.

Voces calentitas

Ya lo sé, que nadie se escandalice que sé que esa expresión se la he robado a Rosario Flores. Espero que ella me la preste y no se enfade conmigo. Pero es que es verdad, es que hay gente que tiene una voz especial, una voz dulce, cálida, que te hace sentir arropado y abrazado aunque apenas conozcas al dueño (o dueña) o esté mucho más lejos de lo que te gustaría.

Y yo ayer oí una de esas voces. Y no, no tiene nada que ver que fuera una conversación dulce, melosa, acaramelada… Era una telefonista de mi banco llamado para ofrecerme no sé qué producto financiero. Y a mí… Si lo poco que tengo de dinero lo tengo en una hucha en forma de cabina de teléfonos y creo que sólo me daría para una llamada local.

El caso es que cuando te llaman y dicen que es de tu banco te da cierto miedo, vamos que te acojonas, y por eso escuchas. Porque si en vez de ser de mi banco hubiera sido de cualquier otro, o de una compañía de teléfono o algo similar, seguro que habría colgado en menos de un minuto. Y habría sido una pena, porque no me habría dado cuenta de la preciosa voz que me habría perdido.

Pero era de mi banco, así que primero oí y más tarde escuché. Me daba igual lo que me estuviera contando, yo sólo quería recrearme en cómo me lo estaba contando. Cómo el final de sus eses quedaba en el aire y daban pie a una sonrisa. La sonrisa telefónica de la que hablar, aunque se suelen referir a la sonrisa del “parlante” y en este caso era yo el que la tenía clavada en la cara.

Y ella terminó de contarte lo que me tenía que ofrecer. Y yo no pude más que decirle que no, que no estaba interesado, pero que tenía una voz preciosa.

Eres salmantino y no lo sabes

Te lo digo yo, tú en el fondo eres salmantino y no lo sabes, no te has dado cuenta. Porque si los de Bilbao nacen donde les sale de los huevos, todos tenemos un poco de salmantinos (bueno yo más).

Porque te gusta poder cruzar la ciudad andando, sin tener que aparcar, sin tener que usar transporte público, sin meterte en atascos, sin perderte. Nada está demasiado lejos y si piensas que es un trecho largo, pues paras a mitad de camino a tomar una caña, que Salamanca es la segunda ciudad de Europa en densidad de bares por habitante.

Y en eso también eres salmantino, porque te gusta que te den de comer con tu caña, pero gratis eh. Pero nada de que te pongan cualquier cosa que se le esté pasando al camarero, no. Que te dejen ver lo que hay, que ya eliges tú.

Te gusta conocer los bares, restaurantes, locales que tienes cerca, que sepan quién eres, que te traten como si fueras de la familia, que te sirvan “lo de siempre” o te comenten que “tienes que probar” algún plato.

Te encanta presumir de ciudad, que sea Patrimonio de la Humanidad, que tenga una de las universidades más antiguas de Europa. Que la Plaza Mayor sea una Torre de Babel a ras de suelo y gente de todo el mundo venga a decir lo bonito que tienes.

Y pagar las cosas en su precio, no tener que pedir un crédito personal para una copa, ni una hipoteca para una comida. Que la cuenta venga “poco hecha” y te digan “gracias mi niño”.

Encontrarte con tu alcalde tomando algo, o paseando, sin que haya cinco maromos alrededor con pinganillo y cara de mala leche.

Por todo esto, y por mucho más, sé que en el fondo, eres salmantino.